Vacaciones: el viaje fuera de la jaula de oro

Hace un par de meses vi este vídeo que me jodió la vida (“Pequeño: 15 días en agosto”) y ya es momento de poner las cartas sobre la mesa. La cuestión es simple, mundana y pragmática: ¿Me estoy disfrutando la vida? ¿Cómo sería la vida si estuviera haciendo exactamente lo que quiero hacer y no lo que creo que me “te toca”? ¿Qué sería de mi vida si no tuviera miedo? Las vacaciones se parecen a una sentencia de libertad condicional dictada por un juez.

Aparece el dilema de la libertad y luego me tropiezo con el problema de las elecciones, de las metas que me había planteado, del pasado en el que había construido este presente, y me sorprendo al darme cuenta de que en realidad estoy viviendo una vida diseñada en una época en la que yo era otro “yo” muy distinto al “yo soy” que soy ahora. Jugaba el juego con unas credenciales diferentes. Por eso es que el presente ya no encaja en la idea anterior.

¿Cuáles son los cuentos que me creí? Pues casi todos los que tenían que ver con el trabajo, la posición, los resultados, el éxito, el dinero, la estabilidad, el futuro y mil cosas más, que incluso ni yo mismo entendía, pero que seguía ciegamente porque veía que eran la “verdad comúnmente aceptada”. En esos tiempos no tenía la impresión de que el mundo podía ser diferente. De hecho creía que pensar distinto era una forma de “conformismo”.

Ahora que pude desenmascarar el juego, me doy cuenta de que compré un conformismo sutilmente disfrazado. Ya no es útil o necesario culpar a nadie. De nada sirve hacerlo. Simplemente lo acepto y vivo con las lecciones que eso me ha dejado.  También vienen a mi mente algunos “gruñidos”, pero ¿Cuáles son? Y encima de todo ¿Por qué gruñir si todo esto fue producto de una cadena de elecciones y caminos que tomé?

En el vídeo dice que los adultos hacemos todo por dinero. Me pregunto qué he hecho hasta acá por dinero. Creo que mucho y lo sigo haciendo… Me temo que también, a mediano plazo, lo seguiré haciendo.  Creo que aquel que esté libre de pecado con relación a la necesidad de hacer dinero que lance la primera piedra; en estos tiempos que vivimos decir lo contrario es mentira, es querer tapar el Sol con las manos.  ¿Qué estamos dejando de hacer por dinero? ¿Cuál es la vida que estamos vendiendo? ¿Cuál es el sueño que estamos postergando? ¿Qué es aquello a lo que estamos resistiendo?

Últimamente me pregunto con insistencia cuál es la vida que viviría si el dinero no importara, y no porque no haya que pagar las cuentas y seguir comiendo, sino porque la respuesta se torna confusa y me confronta con la tensión entre el mundo que conozco y otro mundo desconocido que tendría que arriesgarme a conocer. Este es un mundo que me obliga a poner en juego mi poder personal. En el mundo conocido es complicado conocer los límites de ese poder.

Alguna vez me encontraba diciéndome que “el año laboral es el tiempo que transcurre entre un periodo de vacaciones y el siguiente”. Hablo de aquellos mágicos, escasos, acelerados y cortos “quince tristes días” de vacaciones. Digo tristes porque se van rápido y me confrontan con el “ser que quiero ser” y que en el tiempo “normal” no puedo ser.

Lo acabo de decir: las vacaciones son un tiempo “anormal”. Son un tiempo en el que vivimos una vida que no sabemos vivir, y por eso la vivimos mal y regresamos más cansados a la vida del tiempo “normal”. Esos días me ponen frente al desafío de verme como dueño de mi tiempo. Durante las vacaciones yo decido que hacer. Es una vida bien especial, pero también muy corta. Es como ese sueño delicioso poco antes de despertar, en el que soy consciente de que el amanecer llegará pronto.

Para mí es inevitable pensar en las vacaciones como las migajas de tiempo que admito recibir por haber decidido vender mi tiempo. Se me hace que este es un intercambio desigual, asimétrico. Por eso no dejo de rumiar la idea de cómo cambiar las reglas y jugar un juego diferente. ¿Cómo sería mi vida si pudiera ser libre? El vídeo habla de ser un borrego… los borregos por lo menos son inconscientes de lo que les pasa. Lo más ácido de este asunto es que me siento como un esclavo bien alimentado, metido en una jaula de oro, con vista panorámica. Así es fácil acostumbrarse y pensar que la única vida es esa, la del encierro ¿Y qué tal que decidiera salir y explorar el mundo?

Esa exploración destapa muchos miedos relacionados con la supervivencia. ¿Qué tendría que llevar para el viaje? ¿Y qué tal si no me alcanza lo que llevo? ¿Qué tal si en el camino no encuentro dónde dormir o dónde comer? No tengo la respuesta a ninguna de esas preguntas, pero la incertidumbre engendra el miedo y ese miedo me paraliza.

El pequeño que vive en mí sólo piensa en la aventura, en los descubrimientos que haré, se imagina quedándose en una cueva, o en lo alto de un árbol, o simplemente en la cima de una montaña bajo la luz de las estrellas.  También me dice que podríamos encontrarnos un castillo mágico hecho de mazapán, con ríos de limonada y puertas de galleta. Al pequeño no se le acaba la imaginación. Al adulto lo invade el miedo y el apego a la seguridad de lo conocido.

¿De qué me olvido en las vacaciones? Estos quince días son como un escape; una pequeña ronda por el campo y las flores, con un grillete puesto y amarrado a las rejas de la jaula. Sea como sea habrá que volver a ella. ¿Qué pasaría si no regresara y no importara nada? ¿Qué tal si rompiera la cadena, los grilletes y simplemente saliera caminado al encuentro del lugar en el que quiero estar?

No me interesan las vacaciones en el sentido convencional: entretenimiento desenfrenado, intoxicación, muchas fotos, multitudes y playa. Me gustan las vacaciones para volver a ser dueño de mi tiempo y hacer lo que quiera en cualquier momento. Me gustan las vacaciones para escapar de la tiranía del horario, de la tiranía de no tener opción de ir y volver.

El pequeño que vive en mí crea el mundo en su imaginación y luego lo vive, no al revés.

El pequeño que vive en mí se cae, se raspa la pierna, se limpia la tierra y sigue jugando.

El pequeño que vive en mí sabe que el tiempo es una ilusión.

El pequeño que vive en mí cultiva tomates y cebollas, pesca en el río, recoge naranjas y se sienta en las tardes a leer, escribir y compartir desinteresadamente con otros.

El pequeño que vive en mí olvida rápido y sabe estar aquí y ahora con lo que viene.

El pequeño que vive en mí mira el cielo en las noches y se deleita con las estrellas.

El pequeño que vive en mí cree en otra versión del éxito basado en la libertad genuina.

El pequeño entiende que el verdadero éxito es ser libre, pero que la libertad empieza y termina dejando al alma ser lo que ya es y nada más.

¿Con qué me quedo? Me quedo con la vida simple. Insisto. Me quedo con la vida de pequeño. ¿Y tú con qué te quedas?

3 comentarios en “Vacaciones: el viaje fuera de la jaula de oro

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