Por qué la mitad de mis amigos quiere matar a su jefe (P1)

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Algunas características del desencanto con los líderes

Los encuentros para tomar cerveza inevitablemente aflojan la lengua y terminan poniendo sobre la mesa la conversación sobre esos pseudo–líderes que se encargan de alimentar el desencanto alrededor de la idea del liderazgo y el deseo de picarlos en pedacitos y nunca más tener que volverles a ver. Sin más preámbulos, conversemos en esta entrada de las características en el estilo de liderazgo de estos caraduras que en vez de dejar huella en nuestras vidas… solo dejan cicatrices.

Son capataces, no líderes

Estos seres posiblemente lo harían mejor en un hato lechero dirigiendo vacas. No tienen ni un ápice de idea de cómo orientar el trabajo de otras personas. Lo más claro que tienen es que ellos están “por encima” de alguien y que los demás son como sus “sirvientes” que deben obedecer a lo que les “mandan”.

Lo normal es que solamente den órdenes, maldigan de todo lo que se hizo mal, traten a las patadas a sus colaboradores, que un día digan una cosa y al otro día digan otra porque administran según su estado de ánimo. Esto son los especímenes que mejor disfrazan su fracaso como líderes porque suelen ser buenos para dar resultados…porque los logran a toda costa, así den pérdidas o destruyan valor, así muestren altos índices de rotación de personal que sorprenden a todo el mundo y que nadie se explica por qué ocurren…

Puro discurso y nada de ejemplo / cero “walk the talk”

Esta es una versión más sofisticada y difícil de detectar. Saben vestirse de un discurso envolvente sobre el “deber ser del liderazgo” e incluso se dedican a impartir cátedra y a decirle a otros cómo liderar. Adicionalmente, y más rimbombante aún, me he encontrado a varios de estos dando conferencias en foros donde con su supuesta modestia se ufanan de su propio estilo de liderazgo, cuando en realidad, en el día a día, actúan de una forma distinta. Sus palabras van por un lado y sus actos van por otro.

Este estilo de caraduras, cuando tienen el poder suficiente, también imparten órdenes precisas: “el liderazgo en esta organización debe ser así… y no se permite que nadie… lidere de tal o cual manera…”, pero la evangelización es para los demás porque ellos mismos son el primer ejemplo del discurso contrario. No caminan el discurso, they don’t walk the talk.

Estresan a todo el mundo / inestables emocionalmente

Estos líderes cambian de estado de ánimo en cuestión de minutos y esta es una tendencia constante, no tiene que ver con un evento fortuito o una situación concreta. Estos líderes en una reunión perfectamente pueden trapear el piso con alguien y al poco tiempo volver a estar felices y sonrientes mientras le piden a la misma persona que prepare algo para la siguiente reunión.

Adicional a esto, tampoco tienen reparo en irse lanza en ristre criticando duramente la capacidad, el compromiso y la velocidad de sus colaboradores. Para rematar, si se trata de algún jefecillo de estos que en sus casas no los querían y que necesitan capturar atención desesperadamente, entonces harán el pequeño show de berrinche infantil en medio del corredor donde todo el mundo les pueda ver y de seguro se harán escuchar a pulmón herido.

Como en un momento pidieron una cosa y horas después cambiaron de opinión súbitamente, se pueden volver en tremendos generadores de confusión, inestabilidad y estrés para sus colaboradores porque sencillamente nadie sabe qué esperan de ellos y porque cualquier cosa que se haga o que se entregue será sometida al endeble y estrepitoso escrutinio que acompañe el acto de fanfarronería de nuestro temido “líder”.

 

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Más preocupados de cuánto se ganan que de cuánto contribuyen

Es común la obsesión por el salario, más allá de la contribución personal consecuente con el salario. No quiere decir que ahora nos dediquemos a regalar el trabajo, pero con frecuencia he encontrado gente que asume que liderar es condición sine quanon para ganar más y más dinero, así sea que lideren a las patadas y en realidad no contribuyan en nada.

Adicionalmente, hay una tendencia a sentirse “producto terminado” porque ya se ha logrado una posición de liderazgo, como si por el hecho de ser nombrado o “investido” ya fuera declaración suficiente de que “se sabe todo lo que hay que saber”. Ya sea que hayan hecho un esfuerzo extra o por esas cuestiones del destino, el poder o la política solo corrieron con suerte y cayeron de sorpresa en una posición de liderazgo, creen que “ya están arriba” y solo ven el mundo que se mueve abajo.

Andar al lento ritmo de la organización

Estos líderes corren al decepcionante ritmo del área más lenta, el proceso más complejo, la norma más burocrática y en general de la mejor versión del statu quo y de la zona de confort de la que puedan disponer. Como no les interesan ni el hábito ni la cultura del mejoramiento continuo, entonces estancan todo lo que tienen a cargo, frenan a todo su equipo de trabajo y con facilidad se convierten en la piedra en el zapato para todo lo nuevo que se quiera emprender en la organización.

Una forma de identificarles es a través de su predicamento frecuente: es que eso no se puede hacer. Muy rara vez los encontrarás preguntándose cómo hacer que las cosas sea posible hacerlas. Retarse de esa manera puede ser, o más trabajo, o una amenaza a su comodidad.

Dificultad para tomar decisiones

Cercano al caso anterior, está el líder que no toma decisiones y que frente a los temas críticos que exigen un manejo ágil, contundente y sobre todo oportuno, los postergan y los postergan hasta que logran convertirlos en verdaderas bombas de tiempo que luego le delegan a alguien más para que lo resuelva y para que sea ese otro la pobre víctima de todas las chiflas cuando realmente se haga algo con eso.

Estos líderes, dada su misma dificultad para tomar decisiones, cuando finalmente actúan, hacen algo torpe e inesperado que deja confundido a todo el mundo. Esta clase de líderes también puede estar relacionado con esas personas excesivamente afiliativas o que evitan el conflicto a toda costa y que buscan mantener contento a todo el mundo, cosa que casi siempre es imposible de lograr.

Problemas para fijar el rumbo

En la misma línea de la dificultad para tomar decisiones está la dificultad para fijar el rumbo. Como le temen a decidir, simplemente postergan. Como no saben qué quieren, pues no toman acción ni deciden hacia dónde encaminar su atención y sus esfuerzos, y mucho menos saben cómo encaminar el talento del equipo que dirigen.

Es común que esta clase de líder vaya algún foro o espacio para conocer la misión, visión y estrategia de la organización, pero tenga luego una tremenda dificultad (o también poco interés) por impregnar esa línea de sentido a su propia gestión y a la de su equipo. Como no fijan el rumbo, tampoco organizan o coordinan la gestión. En el mejor de los casos se vuelven reactivos y en el peor de ellos terminan ellos solos haciendo todo o atrasándose en los compromisos porque no saben cómo repartir el trabajo entre su gente y entre las prioridades que atienden.

Puede ocurrir también que, si se enredan diciendo que ‘no’ (o por lo menos negociando), entonces terminarán diciéndole que ‘sí’ a todo hasta que poco a poco se van reventando ellos y revientan a su equipo de trabajo y a todo el mundo alrededor. He visto casos de líderes que siendo excelentes seres humanos, terminaron saliendo por la puerta de atrás porque no sabían decir que ‘no’ cuando había que hacerlo.

Hasta aquí llegamos con la primera parte. En la segunda nos centraremos en los problemas para conformar el equipo, hacerse cargo del desarrollo de la gente, comunicarse adecuadamente, velar por la ética, conectarse con el mundo y contribuir a la simplicidad.

 

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