El mito de “felices por siempre”

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Temporada de clichés

Es natural que este mito se asocie con las relaciones amorosas y la quimera de que nos duren hasta la muerte, pero ya veremos que es una creencia difícil de sostener. Revisaré el mito de felices por siempre (“Happily ever after”) viéndolo como una expectativa irreal. Navegaremos por el concepto de la impermanencia y habrá algo sobre los cambios y las mutaciones. Aunque parezcan cosas distintas, en realidad terminan siendo las aristas de una misma realidad.

Si es mito o cliché no importa. Pareciera tentador empezar hablando del mito de felices por siempre parodiando los cuentos de hadas que ya hemos mencionado en entradas anteriores, especialmente en las que han tenido que ver con los clichés y estereotipos de Disney (Parte 1 y Parte 2).

Y vivieron felices por siempre…

A los hermanos Grimm y otros autores de cuentos de hadas me gustaría preguntarles en qué pensaban cuando sellaron estos finales. No sé si Jacobo y Guillermo Grimm alguna vez se pusieron de acuerdo para decir: “no nos enredemos, terminemos los cuentos con la misma frase de siempre… y que nuestra fanaticada se imagine el resto”.

Y el mito de felices por siempre se acabó cuando nos expulsaron del paraíso...
Y el mito de felices por siempre se acabó cuando nos expulsaron del paraíso…

El punto aquí es que esa idea de “vivir felices por siempre” tiene unos intríngulis relativamente densos: ¿Qué se entiende por felicidad? ¿Qué quiere decir que vivieron siendo felices? ¿Cómo podría ser una vida vivida así por siempre? ¿Cuánto es el tiempo límite de la felicidad? Uno como lector desprevenido puede deducir con sencillez que si uno es una princesa y le ofrecen “vivir por siempre” con el rico y apuesto heredero de un reino, que encima de todo galopa un caballo blanco, que con solo dar un beso te despierta y te levanta del coma, puede ser suficiente para “estar feliz”.

Ni qué decir del cuento por el lado del príncipe: con poco esfuerzo logra levantarse (conquistar) una hermosa princesa, rubia y esbelta, con un cuerpo de lujo, que es medio ingenua, que está dispuesta a sacrificar su vida por la de él y que en general es la envidia de todo el reino por su hermosura… Ah, habíamos olvidado mencionar que la dama en cuestión es capaz de cantar con los pajaritos y siempre huele rico aunque no se bañe… Sí, en las películas de Disney la princesa rara vez se baña.

Ahora matemos la magia del cuento y traigamos las cosas a la vida real y presente de cualquier mortal como nosotros: después del beso de amor hay que pensar si formalizamos el romance o si simplemente nos vamos a vivir juntos. En cualquier caso la decisión se va por el lado de la “convivencia” lo que hace que haya que pensar dónde será el nido de amor. Si alguno de los dos vive solo se llevará al otro a su palacio (un apartamento de soltero con una cama, un closet, un baño y una pequeña cocina adornada por un refrigerador semi-vacío… en el mejor de los casos habrá un pequeño juego de sala y un comedor), si no, tendrán que ponerse a buscar y equipar el respectivo aposento.

La opción de comprar un palacio, de entrada, puede que sea compleja y tome tiempo. Adicional a esto, la tendencia actual es que las uniones tiendan a un periodo de ensayo en el que se testea si el mito de felices por siempre es susceptible de realizarse. Entonces la decisión es: “vámonos a vivir juntos un tiempo y probamos a ver cómo nos va, y dependiendo de cómo se den las cosas tomamos la decisión de formalizar”. Son modalidades, estilos, nada que amerite ser juzgado como bueno o malo.

El golpe con el mundo real

Posiblemente hayamos perdido la inocencia o hayamos tenido que presenciar de muchas maneras que el mito de felices por siempre es un invento de las bodas católicas y de los cuentos de hadas. Una vez que nuestro príncipe y nuestra princesa (también aplica para las uniones de dos príncipes o de dos princesas… en la práctica no se ven diferencias relevantes más allá de los desgastados prejuicios sociales) deciden unirse bajo el mismo techo, tienen que empezar a pensar en el enorme reto de la convivencia, lo que para muchos de nosotros en principio es una fuente de temores y conflictos.

Hay que empezar a compartirlo todo. Desde lo hermoso y luminoso, hasta lo más terrenal y desagradable. Tu vida privada ya pasa a ser parte del dominio de otro ser y viceversa. Adicional a esto, también hay que pensar en cosas aparentemente tan triviales como comprar comida para dos, repartir el presupuesto de gastos, resolver temas logísticos como por ejemplo quién hace el pago de las cuentas o si hacemos el mercado juntos… es posible que implique también generar acuerdos sobre cómo usar el tiempo libre, cómo y cuándo dedicarse a los asuntos personales de cada miembro de la feliz pareja, qué hacer juntos y qué no, cuáles programas de televisión ver, etcétera.

La historia es una si somos capaces de establecer las bases racionales para generar estupendos acuerdos marcados por la claridad y el respeto, que en efecto logran perdurar en el tiempo. ¿Pero qué pasa en los casos donde no hay ninguna conversación y acuerdo? Hasta aquí llega el felices por siempre y aparece más bien el “frustrados por un tiempo… hasta que el hastío nos separe”. Creo que hasta aquí queda plenamente ilustrado el punto de que “felices por siempre” es un mito difícil de sostener en la práctica.

Happily-Ever-After

El principio de la impermanencia

Una de las cosas más útiles que he podido aprender del budismo es la noción de impermanencia. A diferencia de lo que pensamos los occidentales, de que impermanente es aquello que deja de existir o que está destinado a la muerte, en el pensamiento budista esta idea se relaciona con la transformación y el cambio constante; en sí, nada se destruye ni muere, sino que cambia de forma en todo momento, nada es permanente ni permanece igual para siempre. Así de simple es la cuestión.

Al contrario, en este lado del planeta nos enredamos la vida queriendo que las cosas sean las mismas siempre, que duren intactas, cuando esto de por sí es insostenible. Esto se aplica para casi cualquier cosa material y ni hablar de las relaciones o nuestra propia vida. Este apego a las formas y las creencias nos hace sufrir muchísimo y es una fuente de tremendas complicaciones existenciales.

Conectado con el principio de impermanencia, la idea de “felices por siempre” se tambalea por varias razones: En primer lugar ya hemos dicho que nada en sí mismo es igual a lo largo del tiempo, que todo está cambiando en todo momento, incluso así no lo percibamos de inmediato. Por otra parte, mentalmente no estamos listos para ser felices porque siempre estamos sufriendo por el apego a lo que tenemos, ya sea que se trate de objetos o ideas, en ese apego también queremos que las cosas sean siempre iguales, entonces por defecto nos condenamos a la infelicidad que a su vez suele ser bastante prolongada, casi convirtiéndose en una estado habitual de nuestra mente; somos naturalmente infelices y adictos al sufrimiento y esto parece no acabar.

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El destino real de los 101 Dálmatas… sí, en el mundo real terminarían comercializados.

Mutaciones y mantenimiento

El mito de “felices por siempre” no solo se aplica a las relaciones de pareja, sino también a las compras, los proyectos, los negocios y en general cualquier cosa que emprendamos con la idea fija de que deberá durar en el futuro. Aunque de dientes para afuera digamos que creemos en la modificación permanente de la realidad, es un hecho también que nos cuesta demasiado esfuerzo aceptar interiormente que nada es igual a lo que era ni será igual a lo que será. Solo somos este momento.

Lo único que parece que podemos hacer es algo de mantenimiento, como una forma de postergar la permanencia de las condiciones en las que queremos que funcione la realidad de eso que nos importa cuidar. Ya sea que se trate de tu auto o tu bicicleta, hasta la misma relación de pareja en la que decidiste meterte, el mantenimiento es necesario para que todo siga funcionando según su propósito.

No obstante, ten presente que ese auto nuevo que compraste no siempre olerá a nuevo, esa bicicleta que tienes no siempre será silenciosa y suave, y esa pareja con la que estás no siempre será cálida, carismática y paciente. Todo cambia y nosotros también cambiamos con la realidad que nos rodea, así que no nos dejemos sorprender por la mente jugándonos pasadas con el cuentico y el mito de que seremos “felices por siempre”. La felicidad está en entender que las cosas son lo que son en su momento y que no paran de cambiar. Esto nos ahorra un mucho sufrimiento y esto nos ayuda a mantener las cosas simples.

 

Nota final:

Ya estamos cerca del cierre de la temporada de clichés. Recomiendo especialmente el trabajo de la fotógrafa israelí Dina Goldstein, en el que critica varios clichés de los que ya hemos revisado en nuestra temporada y que vienen al lugar de derrumbar el mito de felices por siempre.

Visita:

http://dinagoldstein.com/fallen-princesses/

http://dinagoldstein.com/dollhouse/

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