19. El Sol que trae luz sobre la oscuridad

Yo soy la luz del mundo

Cuando nos sentimos apagados, bajos de nota, decepcionados, inseguros de nosotros mismos, dudosos de nuestro poder… cuando nuestros padres nos fallan, cuando las instituciones, el Estado, el Gobierno, el clero, faltan a su propósito… es natural experimentar un sentimiento de oscuridad, frustración, falta de claridad o decaimiento. Entonces es ahí cuando nos invade la desesperanza, la desconfianza y la falta de fe en el futuro… vemos el presente y el porvenir en completa oscuridad. Este contraste nos muestra la ausencia simbólica del arquetipo de “El Sol” en nuestra vida.

Casi que todos sin excepción disfrutamos los días de sol. A no ser que vivamos en una región seca y desértica donde el sol predomina casi todo el tiempo, en general disfrutamos viendo el ambiente iluminado, sintiéndonos acompañados, energizados y nutridos por el gran astro. A lo largo del tiempo, en la mayoría de culturas se ha adorado al Sol arquetípico como la figura masculina y padre creador que infunde su potencia a todo lo que existe.

El sol como estrella es el combustible de la existencia en este mundo. Aunque hay quienes dicen que el sol es el motor, en realidad es la fuente de energía… el resto lo hacemos los seres que existimos aquí, incluida la Tierra misma. Es fácil pensar en ello: sin sol, no habría vida, no habría planeta. Si se apagara el sol de súbito mañana mismo, el planeta se congelaría rápidamente e incluso, varios millones de años después, el planeta sería engullido.

Aunque para los efectos de este arquetipo no nos interesa la disertación astrofísica, sí puede ser una metáfora útil para comprender los efectos de la “falta de sol” como arquetipo en nuestra vida.

«[El Sol] es un poder que da alegría, que renueva, es el poder que necesita expresarse en el nuevo ciclo. Los seres femeninos desconectados de su fuerza interna, de su individualidad y de su seguridad se ven beneficiados de este poder. Lo seres masculinos que se establecen en una fuerza excesiva, dominante y rígida, también se van a beneficiar del manejo de esta clave».

Seraphis Bey

Preferimos caminar a la luz del día, bajo el amparo del amoroso e indiscriminado brillo del sol que alumbra todo y a todos por igual. La oscuridad de la noche y el brillo tenue de la luna no son del todo apropiados para andar por ahí solos; es así que como especie, aprendimos a dominar el fuego y a tener con nosotros pequeños soles portátiles (velas, lámparas, faros) que nos acompañan y nos dan luz… Así como el que lleva la clave del Ermitaño. Luego controlamos la electricidad y aprendimos a iluminar con ella y a darle otro sabor a la oscura noche…

Pero si lo vemos con detenimiento, en cualquier caso, buscamos la luz porque la necesitamos… ya sea tangible o simbólicamente, la luz nos da una noción clara de dónde estamos en el mundo. Paralelamente, el caso contrario nos asusta: un ser que no busque la luz y que prefiera la oscuridad como punto de partida, lo vemos como siniestro, oscuro, desconfiable y peligroso. Una situación en la que nos sintamos sumidos y perdidos en la oscuridad, nos aterra. Ya sea que la luz sea natural o artificial, por naturaleza caminamos con la luz o hacia ella.

Ahora bien, el sol, como la estrella que rige nuestro sistema solar, se ubica en el centro a una distancia neutral… pero en nuestro caso personal ¿Dónde está nuestro centro? ¿Somos conscientes de nuestro Sol Interior y su impacto? Este arcano también se relaciona con el triunfo de la luz sobre la oscuridad, es una carta de renacimiento, de reencuentro y recomposición. También tiene que ver con la toma de consciencia y de “ver por fin las cosas como son”.

Este arquetipo nos habla del Sol Interior que todos llevamos y que a la vez es la presencia de todo lo divino que nos integra. Por eso se dice que, aunque el Sol se rige por el principio masculino y la Luna por el femenino, el Sol como arquetipo nos habla de que hay una integración de estos opuestos en una única realidad luminosa interior que difícilmente puede existir desintegrada.

Por eso, cuando veo esos machismos violentos o esos feminismos militantes y recalcitrantes, es inevitable que piense en que “a cada uno le falta Sol, están en medio de mucha oscuridad”. Lo más contradictorio e irónico de toda esta lucha, es que cada bando se va en contra precisamente de lo que le falta, ya sea rechazando, atacando o tergiversando por completo lo que no tiene y le es contrario, en un intento ciego e inconsciente de asimilarlo y manifestarlo en sí mismo.

Así es como el machismo que denigra de la “suavidad y sensibilidad” femenina, esconde en su interior la carencia de un ambiente que le trate con afecto, que le soporte en los momentos difíciles, que le contenga y que le comprenda empáticamente cuando debe reconocer que es vulnerable, que ha fallado o que no es capaz. Pero esto no hay que buscarlo afuera siempre, sino que debe surgir desde adentro; el “macho invulnerable” se desgasta, se vuelve inflexible y se quiebra.

Por otra parte, el feminismo que se va en contra de lo masculino por “su violencia, imposición y exclusión”, termina manifestando lo mismo que rechaza cuando protesta con agresiones y vandalismo, cuando piensa que lo «femenino» es lo único «naturalmente» correcto y asume que per se lo masculino, en cualquier forma, es negativo y perverso. No se trata de un debate de “hombres” versus “mujeres” y de cuál es mejor, porque incluso algunas feministas radicales se han ido contra otras mujeres y el machismo de muchos hombres ha violentado a otros hombres. Se trata de que la oscuridad ideológica es la falta de Sol sobre la verdad universal, sobre el secreto de la unidad.

Y ya sé que me estoy metiendo en terrenos peligrosos… la falta del Sol arquetípico también nos vuelve fanáticos y ciegos frente a las creencias ideológicas que abrazamos porque no vemos con claridad la amplitud que abarca la realidad que pretendemos abarcar… y quien no ve nada más, cree que solo existe lo suyo, desconoce lo relativa que puede ser la verdad.

Encontrar nuestro Sol Interior es nuestra gran meta existencial. Este es en sí un trabajo arduo, complejo, confrontador, pero cuya recompensa es tan luminosa para nosotros mismos y para el mundo, que bien vale la pena el esfuerzo.

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