Neuroderechos, privacidad mental y la digitalización de la consciencia

En los últimos 25 años, paralelo al desarrollo de la Internet, Hollywood nos ha tenido sometidos al más variopinto espectro de películas y series dedicadas a la idea de la digitalización de la consciencia. Desde las noventeras “Matrix” y “Piso 13”, hasta producciones más recientes como “Trascendence” (donde al final toca apagar el mundo para poder sobrevivir…), “Black Mirror”, “Altered Carbon” y “Ghost in the Shell”, la ciencia ficción ha exprimido hasta el cansancio este leitmotiv (y los frikis como yo, lo confieso, nos las hemos visto casi todas…).

Ahora el asunto ha dejado de ser fantasía y se ha convertido en una línea de investigación [y de negocio] lo suficientemente seria como para que empecemos a temer por el último bastión de privacidad que nos queda: nuestro cerebro.

¿Qué está pasando?

Uno de esos proyectos se llama “Neuralink” y corre por la línea inventiva de Elon Musk… el mismo creador de Paypal, Tesla y SapaceX. Da lo mismo decir que este proyecto va completamente en serio al costo y resultado que sea. El otro proyecto conocido es “Building 8” de Facebook, con la estremecedora aura de invasión a la privacidad que les ha caracterizado por años. No sé nada de Google, pero creo que en poco tiempo sabremos sobre sus avances. También hay otro tanto de compañías apostando por lo mismo. No sé en qué estén los chinos, pero de seguro tienen lo suyo y a esos sí que les tengo pánico.

En síntesis, se trata de lo que se conoce como Interfaces Cerebro–Ordenador (o BCI por su sigla en inglés). Se trata de dispositivos que decodifican la actividad cerebral para convertirla en datos digitales “con sentido”, sobre los cuales se puede hacer otro tanto de cosas… ese otro tanto de cosas es lo que no deja de ser escalofriante, porque en un principio se trata de “de-cifrar” el cerebro y buscar influir en su funcionamiento.

¿Qué intenciones tienen?

En principio han hablado de “ayudar a las personas con discapacidad cognitiva, lesiones corticales y parálisis cerebral” para que recuperen o simulen las funciones perdidas o deficientes. Algo que nadie cuestiona que sea loable… pero, las farmacéuticas crean medicinas con intenciones similares y sabemos bien todos cómo funciona ese mercado.

El asunto es que la voracidad comercial, financiera y hasta política de Sillincon Valley rápidamente descubrirá nuevos usos que quizás no sean ni los mejores ni más altruistas.

¿Qué podría traer de bueno? En aras de la imparcialidad deberíamos preguntarnos por eso, y seguramente hay cosas buenas. Por ejemplo, ayudar a las máquinas y a la inteligencia artificial a que aprendan secuencias de movimientos más rápido de lo que hacemos ahora. Por ejemplo, uno de los grandes retos de la robótica actual se relaciona con lograr que los robots caminen y corran erguidos; es un reto de ingeniería absolutamente complejo que nuestro cerebro es capaz de resolver en unos pocos meses con una limpieza y precisión asombrosas.

Otro asunto podría ser la curación de enfermedades, especialmente la neurodegenerativas, superar limitaciones físicas definitivas, recuperar partes del cuerpo perdidas, hacer que la gente que no puede caminar vuelva hacerlo, entre otras cosas. Quizás también ayudarle al cerebro a que aprenda más y memorice con precisión muchos más datos de los que ahora es capaz de memorizar. Las posibilidades son infinitas. Pero la economía de mercado nos viene mostrando que el “bien de la humanidad” es un pésimo negocio…

Un cuerpo lleno de periféricos

Digitalizar nuestra mente y, consecuentemente digitalizar–robotizar nuestro cuerpo, es la puerta abierta para una nueva carrera en el endeble ego humano. Imaginemos por ejemplo implantes de cálculo mental… ya no tendríamos que comprar calculadoras ni nos demoraríamos una eternidad haciendo multiplicaciones porque sencillamente tendríamos “la capacidad instalada” para hacerlo.

También podríamos tener un neuro–implante de traducción simultánea ¿Quién tendría que perder años de esfuerzo aprendiendo idiomas? Se me ocurre que algunas profesiones se reemplazarían por completo con paquetes de software especializado llenos de algoritmos y metodología para la solución de toda clase de problemas… por ejemplo, un modelo detallado para la realización de cirugías de apéndice o la extracción de cálculos biliares. Naturalmente, todas estas ayudas tendrían que funcionar con una dosis de criterio, pero no perdamos de vista que la Inteligencia Artificial (IA) viene caminando de la mano de estos desarrollos.

Y qué decir cuando tengamos lentes de contacto que funcionan como cámaras integradas y que incluso tienen características de realidad aumentada o de visión nocturna y hasta térmica. No es solo la ficción de Black Mirror, en realidad estas series trabajan sobre patentes ya existentes, tecnología ya pensada. Hace casi 30 años los “pendrives” eran costosos prototipos y hoy casi que se volvieron basura innecesaria.

El potencial es inmenso: extremidades robóticas, exoesqueletos, nanomáquinas que reparan el cuerpo en horas y no en días, etcétera.

Ahora bien, mírate un instante al espejo y pregúntate ¿Quién eres? Bien, no sabemos, nos cuesta describirnos, somos un evento, somos una onda de probabilidad, una definición que intenta mantenerse, somos todo y nada, somos una singularidad en el sueño de Dios, somos una creencia y la creencia cambia o se mantiene caprichosamente. ¿Cómo encapsular al genio de la lámpara? ¿Cómo digitalizar algo que llevamos milenios sin entender? ¿Cómo volver en bits la manifestación de la gran Diosa?

Sí, ya se ha logrado codificar la capa cognitiva, es decir, el código generado por redes neuronales que representan palabras, cálculos mentales y algunas secuencias motrices gruesas, pero es cuestión de tiempo para que el proceso avance más y llegue al contenido más hondo. ¿Qué encontrarán ahí? ¿Cómo se verán en una máquina los símbolos arquetípicos del inconsciente colectivo o las imágenes deformadas de un sueño personal? ¿Será que todos codificamos igual la noción de “amor”? ¿Cómo podrán verse los códigos de cosas tales como el criterio, la afiliación, el juicio moral o la toma de decisiones en situaciones de estrés?

¿Cómo se codifican los diseños arquitectónicos de Santiago Calatrava, los gordos de Botero o la crítica social de Chomsky? ¿Qué es eso al final de cuentas? ¿Un delirio casual y singular en la vastedad de la creación?

Imaginemos que ya no necesitamos un smartphone porque ya sería reemplazado por otro periférico: es un implante que hace tooooodas esas cosas y al que le puedes descargar apps… sí, y antes de que me preguntes “¿Cómo se vería lo que vemos hoy en la pantalla?”, recuerda bien lo que te dije con relación a las micro-cámaras en los ojos o con la posibilidad de otro implante de última generación en tu corteza visual… ahí verás todo. Te dije que ese es el sueño de Facebook… es lo que buscan.

Se me antoja ponerme más rudo: imagina un sensor de ecolocalización en tu cerebro, mejor dicho, que tuvieras en la oscuridad la visión que tiene un delfín o un murciélago y que pudieras generar en tu cerebro imágenes tridimensionales basadas en ultrasonido.

Ahora que vuelo en parapente, perfectamente podría implantarle a mi cerebro un variometro que mida las variaciones de altura en vuelo y que me indique si debo tomar la corriente ascendente o pasar de largo, mientras graba la trayectoria de mi vuelo y le sugiere a mi cuerpo los movimientos correctos para optimizar el control de mi vela.

Cuando el bien sucumbe al poder y a un mar de riesgos

No hay día en que no tome mi celular y Google me pregunte si estuve o no en un lugar y qué opinión tengo sobre él. Soy local guide, me gusta calificar y dar esas opiniones, pero me inquieta un poco la persecución de Google. Solo por curiosidad científica he intentado darme de baja de este servicio, pero es imposible, el sistema (ecosistema de Google) forzosamente te empaqueta en él, porque son nuestros datos y comportamiento lo que lo mantiene en funcionamiento.

El asunto es que como soy un consumidor tan extraño y poco predecible, sus recomendaciones son absolutamente torpes e irrelevantes (Amazon ocasionalmente le atina…). Salvo que pueda leer mis cookies, recordar búsquedas recientes y husmear en mis correos, realmente no sabe qué sugerirme (me refiero a la desquiciante publicidad Mindvalley y los anuncios sobre el último trabajo musical de Maluma).

La cosa se pondrá peluda cuando puedan entrar directamente a mi cerebro y empiecen a sugerirme publicidad o me induzcan a comprar en un lugar o en otro sin que yo me de cuenta… le tengo pánico al día en que Google incida directamente sobre mi capacidad de decidir y tomar decisiones de compra.

La gran G no es el único caso, hay infinidad de empresas, entidades, gobiernos… completamente interesados en tomar control sobre nosotros ¿Qué sería del día en el que el político con más poder económico y digital organice la información para que nuestro cerebro vote por él? [Upsss… eso me recuerda a cierto presidente rubio…].

Lo otro será cuando socialmente surja la obligación de tener esta tecnología implantada: Eres contador y simplemente te dicen que “No podemos darte el empleo porque no tienes implante de cálculo…”; eres profesional en marketing y te dicen que “No puedes trabajar aquí porque no tienes el implante de neuroimágenes avanzadas”.

Se me facilita imaginar un mundo donde la “lucha contra el terrorismo” o contra la “inmigración” se controle con implantes de identificación y geolocalización conectados a una gran central de datos que determina si eres de los buenos o de los malos…. “¡Y ay de aquel que no tenga su implante de ciberseguridad e identificación personal! Porque le perseguiremos donde sea que se encuentre”. Me suena como a un discurso probable…, si es que secretamente ya no está en curso (Bildelberg… CFR… dejo estas palabras clave por acá).

No he hablado de hackeo ni programación remota en masa ¿Qué tal activar un grupo fundamentalista o un ejército personal solo manipulando periféricos cerebrales? Prefiero dejar hasta aquí y no meterme en terrenos tan espinosos.

Nuestro final como especie

¿Ahora sí verdaderamente nos reduciremos a productos? Actualmente es opcional, pero con toda esta tecnología de neurocontrol electrónico ya dejaría de ser una alternativa para convertirse casi que en una obligación: literalmente perderíamos nuestros “neuroderechos” y nuestra “neurolibertd”. Creo que asistimos a la forma de esclavitud más sofisticada, invisible e irrenunciable en toda la historia de la especie humana. Es una completa miseria de mundo el que nos espera si esta tecnología prospera (como de seguro lo hará).

Crearemos nuevas formas de exclusión y selección de las personas. Una nueva raza de “cyborgs” de alto desempeño, pero quizás sea una contradicción para cuando hayamos entregado por completo nuestra civilización a la IA. ¿Recurriremos a la tecnología para equipararnos a nuestros reemplazantes? Posiblemente ya sea tarde para ese momento.

Entonces qué pasa con nociones como la de “personalidad”, “emoción”, “individualidad” y “singularidad”. ¿Estarán contados los días de la Psicología como disciplina? ¿Quién querrá psicoterapia si digitalmente será corregible? Por ejemplo ¿Para qué desgastarse en experimentar ansiedad si un software te mostrará las probabilidades de ocurrencia de un evento? Podríamos crear un mundo plenamente predecible, sin sorpresas, sin incertidumbre, un mundo gobernado por la estadística instantánea que hace un cálculo y determina de inmediato qué es lo mejor por hacer.

En ese escenario ¿Quién decidirá el hacer? ¿Cuál será la mente consciente que tome la decisión y actúe? ¿Dónde queda nuestra posibilidad de libre albedrío? ¿A qué se reducirá el testigo que se observa observando? Ya dejará de tener sentido meditar… porque de seguro tendremos un regulador de la Amígdala en el cerebro y mantendremos un estado artificial de regulación de la alegría y el optimismo programado que nos alienará de toda “perturbación” porque ya todo tendrá solución digital. El “Soma” del Mundo Feliz (Brave New World) de Huxley será ahora digital.

¿Es eso vida? ¿Es vida humana? ¿Ustedes qué creen? Creo que ni George Orwell, ni Isaac Asimov, ni Julio Verne, ni Aldous Huxley lo vieron venir, porque estas posibilidades están instauradas en un mundo más allá de cualquier cálculo. Me da pena por mi hijo y el mundo en el que tendrá que crecer. Estos niños están empecinados en salvarlo todo con tecnología; este es el mantra de la apología a la Generación Z y toda esa bobería publicitaria que se han inventado a su alrededor.

Nos perdimos en el camino, matamos a dios, luego nos volvimos dios y ahora nos dimos cuenta de que administrar su creación no es tan divertido… es una jodida responsabilidad que podrá terminar matándonos antes de que por fin entendamos el sentido de nuestra vida en este plano. El problema es que la muerte será lenta, indolora e inconsciente, algo como cocinar una rana.

Creo que más que pensar en un plan de retiro, ahora debemos pensar en un plan de escape, irnos para alguna forma de isla donde vivamos aquellos que renunciamos a ser reducidos a la suerte de una máquina servil y desechable. ¿Quieres venir? Tenemos asientos disponibles en este momento.

😥

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5 comentarios en “Neuroderechos, privacidad mental y la digitalización de la consciencia

  1. Escalofriante, siempre he pensado que las películas de Fx deben tener fundamento en algo… al igual que las de terror (específicamente las de zombies… estoy desvariando ya), el caso es que esta “humanidad” tiene tantos deseos de des-humanizarse que en cualquier momento llegará el asesino de Sarah Connor.

  2. Preciso y breve ,es la formula de los eficaces;asi califico los articulos del doctor Paulo Cesar ,apreciacion de la cual no me quedaba la menor duda despues de analizar el presente articulo.Esta es una forma eficaz y silenciosa de ayudar a la gente del comun sin rimbombantes tecnicismos sicologicos.

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