Cuando reconoces cuánto vales ya no concedes descuentos

Esta es una entrada sobre el poder personal. La cuestión se puede entender así de simple: tenemos dos caminos para situarnos frente a la misma situación; uno es el de la víctima y otro el del empoderado. Normalmente funcionamos en automático, con el interruptor ubicado en el modo “víctima” ¿Cómo es esto?

De qué forma se pierde el poder personal

Nos quejamos y le echamos la culpa de todo lo que nos pasa a los demás. Sacamos el dedo y empezamos a señalar, a llenarnos de excusas y disculpas. Culpamos a las circunstancias, al gobierno, a los chinos, a la inflación, a la falta de dinero, a los “malos votantes” y a las pocas oportunidades… y con cada minuto que nos quejamos, renegamos y nos perdemos buscando afuera, dejamos de hacernos cargo de lo que realmente nos corresponde.

Querer agradar a todo el mundo es quizás la mayor fuente de abandono del poder personal. Colados como unos fantasmas, están muchos otros miedos de varios tipos: miedo al rechazo, a la soledad, a no ser tenido en cuenta, a perder las posesiones, a no ser lo suficientemente bueno, a no parecer competente, a no poder valernos por sí mismos. Es toda una maraña psicológica e ilusoria que armamos para protegernos de un supuesto dolor futuro, a costa de un persistente y creciente dolor presente.

Entonces guardamos y guardamos, nos volvemos como una olla que en cualquier momento puede explotar o que bota lo que tiene de la peor manera y arma un tremendo estrago. En algunos casos esa olla que somos se deforma y no hay manera de volver a restituirla a su condición original; al deformarse no sabemos ya cómo es, nos perdemos a nosotros mismos y por eso es tan difícil recuperar la esencia.

Ni hablar de esas ocasiones en las que, al entregar nuestro poder personal a otros, perdemos por completo la perspectiva y nos parece normal que otra persona nos diga qué hacer o cómo hacerlo. Entregamos el poder personal cuando dejamos que se aprovechen de nosotros y, peor aún, cuando somos plenamente conscientes de que así es, cuando sabemos que nos están engañando.

En un momento dado ¿Por qué dejamos que esto ocurra? Por comodidad, temor, inseguridad, porque tenemos heridas sin sanar y sentimos que necesitamos que alguien más nos valide, nos cure o nos diga qué ver o qué pensar, por temor al qué dirán o por miedo a las consecuencias de un futuro que ni siquiera sabemos cómo se desenvolverá o tendrá lugar. Ese es el temible juego mental que jugamos, que termina teniendo una connotación profundamente emocional y que, en el peor de los casos, hasta nos enferma.

Cuando perdemos el poder personal empezamos a conceder descuentos, nos sentimos “baratos” y cedemos con facilidad a la presión de los demás a costa de nosotros mismos, limitando nuestra propia felicidad y estabilidad solo por complacer a alguien que condiciona su relación con nosotros. Caemos en la manipulación y lo más enfermizo es que nos llenamos de excusas / explicaciones para creer que “tenemos que vendernos” al mejor postor. Hacemos trizas nuestra autoestima.

Esto pasa en muchos ámbitos… en el trabajo, en la familia, con la pareja, con los hijos… y yendo un poco más lejos, con el youtuber de turno, en influencer de turno, el coach de turno, el cantantillo de turno y la más variopinta oferta de “líderes de opinión” que nos dan sus ideas y las adoptamos sin filtro… sin decir que siempre sea así de “malo”, pero en muchos casos, como vemos hasta el cansancio, cedemos tanto nuestro poder que hacemos que gente abiertamente estúpida se haga famosa y luego rica…

Cómo romper la cadena de pérdida de poder personal

Si llegas hasta este punto en la lectura quizás ya hayas deducido que la principal forma de hacerlo es reconectarte con lo que realmente te importa… y simplemente hacerlo. Es una actitud un poco subversiva porque estamos en una sociedad que nos arrastra con fuerza a seguir a la masa y a cumplir la “lista de chequeo social” de lo que esta bien y está mal; por eso es que nos cuesta tanto trabajo recuperar la verdadera esencia de lo que somos originalmente, porque además tenemos pocos medios de contraste.

Lo contario es cuando por fin nos empoderamos: lo primero es que ya no reaccionamos, sino que reflexionamos. Este es un paso intermedio entre la reacción – acción: ¿Por qué esto me está pasando a mí? ¿Qué he hecho para generar esta situación? ¿Qué me enseña? ¿Qué me muestra? ¿De qué me tengo que hacer cargo? ¿Cómo debo resolverlo? Incluso llegar al punto de preguntarse: ¿Realmente debería hacer algo? ¿Mejor me debería hacer a un lado?

Cuando surge esa “recuperación”, la vida se vuelve una fiesta, de nuevo es algo que quieres vivir, te llenas de motivos, de proyectos, encuentras salidas y dejas de ocupar tu tiempo y tu energía en tonterías. Te haces cargo de tu vida. ¿Te has puesto a observar que la gente que siente una víctima no tiene vida propia? Normalmente se la pasan pendientes de los demás, criticando, objetando, quejándose de todo, renegando.

Cuando te empoderas cada momento es una oportunidad, la vida se llena de iniciativas, proyectos, cosas por hacer, apuestas, riesgos qué correr y con cada cosa que emprendes te das cuenta de que hay algo más detrás que se deja ver, que se descubre. No tienes necesidad de que la mente vaya detrás de algo ni persiguiendo nada, tampoco se trata de eso, sino que todo lo que aparece en el camino tiene un sabor diferente.

Ya no buscas la flor, sino que ésta aparece mientras avanzas. Entonces te detienes, la hueles, la admiras y sigues. El tiempo se acorta, se vuelve muy valioso, ya deja de ser una carga, esa pesada molestia que solo queremos que corra y ya.

Recuperamos nuestro poder personal cuando somos capaces de poner límites y decimos no sin culpa y sí sin miedo, cuando somos capaces de evitar que alguien se aproveche de nosotros, cuando nos damos nuestro lugar, pero el lugar genuino de ser quienes somos en esencia y coherencia, no el lugar que dan las apareciencias, el estatus, las posesiones y todo lo artificial a lo que le damos poder simbólico ¿Cuánto vales cuando ya no tienes nada de eso? Tu valor real es cuando simplemente estás ahí sin más.

Si tienes claro ese valor, si sabes cuánto cuesta, no hay por qué conceder descuentos, quien lo quiera que pague por lo que vale en realidad.

🙂

2 comentarios en “Cuando reconoces cuánto vales ya no concedes descuentos

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