Una vida forzosamente artificial

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El ego no es más que la narración que construimos sobre nosotros mismos y que se llena con lo que aprendemos de lo que nos enseña la familia, los padres, la escuela, los maestros, la religión, la política (ideología), etcétera. Tan identificados estamos con ella que asumimos que ese es nuestro sentido de identidad e incluso la sistematizamos en algo a lo que llamamos “personalidad”.

El ego nos lleva a vivir una vida forzosamente artificial, una vida que no existe y que se manifiesta de muchas maneras y en varias fuentes de infelicidad. Veamos algunos ejemplos: Los “buenos” modales que se convierten en una interesante manifestación de las narraciones del ego. Por ejemplo, en el mundo occidental se ve mal comer con las manos; en otros países de África, Oriente Medio o de Asia se ve bien comer con las manos y de hecho es una forma de “agradecer” correctamente el hecho de alimentarse. En un lado del mundo pensamos que actuamos correctamente con respecto al otro medio mundo, pero ¿Quién tiene a la razón? Si no estás listo para darte cuenta de que cada costumbre es una narración, te enfrascarás en una discusión… mientras discutes, yo sigo comiendo costillitas y chupándome los dedos.

Detente un instante… si eres un vegetariano, te acabas de indignar y te sientes con una “moral superior” por serlo y empiezas a condenarme por mi gusto por las costillitas… adivina qué, ¡Sí, es tu ego de nuevo! ¿De dónde viene tu sentido de superioridad moral?

Otra manifestación del ego es la de ocultar las funciones biológicas, por lo menos en nuestro contexto cultural. Si tenemos gases, diarrea o cosas por el estilo, las ocultamos. Si las mujeres están en medio de su periodo menstrual, también lo ocultan. Hay ciertas enfermedades que son privadas y otras públicas. Vivimos en medio de un intrincado código de protección de la imagen pública. Todo esto lo hacemos para cuidar lo que dicen de nosotros, porque además asumimos que este cuerpo es la “carta de presentación” de nuestro ego, por eso debe ser bello, esbelto y debe estar correctamente decorado con ropa, accesorios y maquillaje. Esto es tan inconsciente y cotidiano que no nos damos cuenta, pero nos vestimos y nos alistamos pensando en lo que otros dirán.

Salvo contadas excepciones, todos hemos sido amamantados. Vamos al campo y vemos animales que amamantan libremente, es algo necesario para la vida, es natural, pero nosotros los humanos con nuestros complicados egos hemos creado un código para ocultar algo tan natural como eso. El asunto es que cosas tan básicas y elementales como ésta terminan convirtiéndose en un tabú que se repite y se replica sin que siquiera nos detengamos a pensar por qué.

Otro ejemplo que también ha estimulado diversas enfermedades y desequilibrios es tener que escondernos para expresar nuestra sexualidad y sobre todo la condena moral frente a todo lo que se relacione con este asunto. Es también algo natural, algo que nos es propio y nos está dado como “animales humanos”, pero también hemos aceptado el hecho de pensar que es “malo” ¡Y nadie sabe por qué! ¿Tú sabes por qué tener sexo es malo? ¿Por qué tu sexualidad es “mala? Seguro tendrás algunas respuestas, pero si te detienes un momento, te sales de las respuestas y las observas, te darás cuenta de que no son tuyas, son las respuestas de alguien más, es lo que otra persona pensó.

Si es algo que puedes responder inmediatamente, seguramente no es lo que tú piensas, es lo que aceptaste que “era así”, porque cuando lo reflexionas detenidamente te das cuenta de que no es tan claro entender por qué algo es bueno o malo y, si llegas a entenderlo, te das cuenta de que es tan relativo, tan difícil circunscribirlo a una cuestión determinada, que comprendes lo endeble que es entrar a juzgarlo.

¿Usas ropa incómoda o la has usado alguna vez? ¿Por qué lo hiciste si te sentías incómodo (a)? Nuevamente fue el ego. ¿Tienes una mascota? ¿Le has hecho fiestas? ¿Has intentado entrenarla? ¿Le has cortado las orejas y la cola a tu perrito? ¿Le pintas las uñas a tu gato? Humanizamos las mascotas vistiéndolas, educándolas, enseñándoles vicios humanos… y el que hace eso es el ego. El mismo ego que quiere moldear la realidad, el ego que se siente amo, dios y dueño único de la creación.

Como ocurre con las mascotas, ocurre con los hijos, con la pareja, con los amigos, con todo. Queremos dominarlo y modelarlo todo. Tal vez tu ego ahora te esté diciendo: “No, no es así, yo no soy así, esos son los demás, yo no hago esas cosas, yo solo soy paz y amor”. Si eres capaz de escuchar esa vocecita, si eres capaz de presenciarla y sobre todo de no darle crédito, si eres capaz de desenmascararla y oírla sin identificarte con ella y sin juzgarla, vas por el camino de la conciencia, por el camino de la liberación, porque esa vocecita que te recuerda que el tema no es contigo, que tú eres más “perfecto” que el resto de la humanidad, es tu “ego educado” en los “santos” misterios de la sociedad; ese ego no eres tú, porque tú eres lo que queda cuando vuelve a reinar el silencio, tú eres quien presencia ese monólogo.

Ahora vuélvete a quedar en silencio, deja que las voces vengan y vayan, pero el silencio eres tú.

*

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2 comentarios en “Una vida forzosamente artificial

  1. Que buen tema, me gusto mucho, y un bonito final: “el silencio eres tú”.

    Pensando en lo del ego, esto es lo que también muchas veces nos impide amar y aceptar, a nosotros y a los demás. Es tan terrible el ego. Nos enreda en discusiones tan tontas cuando luego las analizas o las ves.
    Tengo una idea y es que con el tiempo el ego va perdiendo fuerza, con los golpes de la vida, las enseñanzas, uno se da cuenta cuan vanas son tantas cosas…, y que lo importante es tan simple y sencillo. Estoy tratando de quedarme solo con eso, con lo importante. Por ejemplo de todas las enseñanzas que me ha dado mi cultura, me quedo con el amor, el perdón, la aceptación que va más alla del perdón; la fe, que va más alla de la esperanza.
    Un saludo para ti, Paulo.
    😉

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