Cómo saber si nos estamos “dando látigo”

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¿Todavía no crees que te das látigo? Ya hemos revisado por qué lo hacemos. A veces es tan inconscientemente que no lo percibimos, por eso en esta entrada nos aproximaremos a entender cómo es que ocurre.

Auto–crítica permanente

La auto–crítica es una especie de castigo verbal auto–inflingido.   Nos maltratamos  mentalmente porque no hicimos lo suficiente o lo que creíamos correcto. La autocrítica te enseña cuáles son las voces que te habitan, qué es lo que “piensan” esas voces, cuáles son sus creencias y sobre todo, cuáles son los estándares aprendidos.

Insultarnos y tratarnos mal

El insultarnos puede caer perfectamente en la categoría de auto–crítica pero la separo porque puede ser de un calibre mucho mayor. ¿Qué palabras usas? ¿Qué te dices a ti mismo? ¿Cómo te describes? ¿Cómo te sientes al tratarte de ese modo? El auto–insulto es devastador, es un reductor emocional que nos noquea desde adentro y nos imposibilita para la acción. ¿Qué te dices a ti mismo (a) cuando te miras al espejo? Recuerda que las palabras repetidas muchas veces crean la realidad…

Auto–negarnos

Tiene que ver con “hacernos invisibles” porque creemos que no merecemos ninguna clase de atención ni de cuidado en virtud de lo defectuosos e inadecuados que nos sentimos. El gran tema aquí es una una idea distorsionada del merecimiento, o del hábito de recibir atención según “lo suficientemente buenos” que creemos que debemos ser para los demás; otra forma de auto–negarnos es dejar de darnos el crédito que nos corresponde y pensar (e incluso decir) que fueron otros los que lograron lo que por mérito propio nos corresponde a nosotros mismos.  Descuidar nuestra apariencia y presentación personal, nuestro aseo, son también manifestaciones de auto–negación: “No quiero que me vean, no merezco atención”.

Permitir que nos pisoteen

Como sentimos que no nos merecemos nada bueno, que no “damos la talla” y que somos “inferiores e inadecuados”, entonces lo que queda es sentir que debemos recibir “un castigo”. Aunque suene contradictorio, una forma de autocastigarnos es permitir que alguien más abuse de nosotros. Posiblemente sea inconsciente en muchos casos, pero descuidarnos, no darnos nuestro lugar, darle el derecho a alguien para que venga a imponerse sobre nosotros y maltratarnos, son también manifestaciones de que nos estamos auto–flagelando.

Sobrecargarnos

Consiste en llenarse de más trabajo y más responsabilidades que el resto de las personas que comparten la actividad; lo hacemos ya sea por tratar de agradar o por “expiar mis pecados” si siento que no soy o no fui lo suficientemente “bueno” o si me quiero sentir más víctima para justificar más castigo y más martirio a través de más actividades que nadie más me ha pedido. Ocurre que esta actitud se autorrefuerza, es decir, terminamos siendo calificados por los demás como más responsables, más comprometidos, más “nobles”, etc., lo que a su vez nos genera el aliciente para seguir sobrecargándonos y capturar más del agrado que buscamos en los demás: “Como no soy lo suficientemente bueno, tengo que hacer más para demostrar que sí lo soy”. El problema es que esto nos expone a más fracasos e incumplimientos y a su vez a más “látigo”.

Conformismo

Esta forma de auto–flagelación se relaciona con acostumbrarse a recibir migajas, a recibir cualquier cosa o conseguir lo que se pueda en vez de lo que en verdad se desea. La idea de: “para mí cualquier cosa, con lo que sea estoy bien, yo no merezco mucho” deriva en comportamientos de rechazo hacia cualquier cosa buena o abundante que nos pase; la pregunta: “¿De esto tan bueno sí dan tanto?” Es una forma de negarnos a la posibilidad de ser prósperos y de permitir que la generosidad de la vida llegue a nosotros. Es también el pensamiento derrotista de: “que me pase lo malo a mí porque no soy capaz de cambiar nada para que las cosas mejoren”.

Para finalizar, podría decirse que el hilo conductor es la idea del no–merecimiento, una idea fija de que no tenemos derecho a recibir nada de lo bueno y abundante que ofrece la vida. Probablemente haya otro tanto de actitudes que muestren que te estás “dando látigo”, pero si pones el acento en alguna de ellas ¿Qué te muestra eso de ti? ¿De qué te das cuenta? ¿Qué es aquello en lo que hay que trabajar? En la próxima y última entrada, aprenderemos cómo  afrontar esta tendencia a auto–flagelarnos y cómo sentirnos merecedores.

 

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