Cómo tu ego y mi ego enredan todo

Mascaras del ego

A veces observo seres que parece que encuentran una cierta comodidad y desahogo enredando todo lo que se encuentran a su paso. A veces yo mismo me encuentro actuando como esos seres. ¿Quién es más tonto: el tonto o [el otro] tonto que lo sigue? Veamos cómo se sostiene esa cadena de tonterías.

La Real Academia Española, entre otras acepciones, dice que “simple” es:

adj. Sin composición.

adj. Se dice de aquello que, pudiendo ser doble o estar duplicado, no lo es o no lo está.

adj. Sencillo, sin complicaciones ni dificultades.

Entonces ¿Cuál parece ser la causa de tanto enredo? Mi teoría arranca por esa magnífica arma de doble filo a la que llamamos “Ego”. Sin embargo, debo aclarar que cuando hablo de ego no me refiero a la “vanidad” que es un hijita consentida del ego, sino que describo al ego como estado de conciencia, como lo que psicológicamente usamos para estar en este mundo, relacionarnos y funcionar. ¿Y cómo es que empezamos a enredarnos la vida? Veamos:

1. Sintiéndonos ofendidos: Como vivimos en una narración, en un “cuentico” imaginario de quiénes somos, entonces luchamos por sostener el cuento y hacer que los demás nos lo crean, así sea mentiras. Esa narración es: soy tal cosa, soy tal otra… me gusta esto, me gusta lo otro, etcétera. Hacemos mil piruetas incluso así nos cueste un tremendo sacrificio personal. Cuando nos sentimos atacados, así el supuesto ataque sea imaginario, nos sentimos ofendidos y arrancamos a reaccionar. Aquí empieza el primer enredo.

2. Creyendo tener la razón: Muchas veces nos enfrascamos en discusiones bizantinas en las que tratamos de convencer a otros para que crean en nuestro cuento. Adicionalmente, sostenemos el cuentico con unos argumentos endebles que creemos que son ciertos y que nos dan la razón. Le tenemos cierto temor a la ambigüedad, a la incertidumbre y el relativismo. El enredo aquí es que casi nunca tenemos la razón, porque la verdad es relativa y depende del contexto. Casi nunca somos capaces de diferenciar los hechos de las explicaciones, y con facilidad nos enredamos en lo que pensamos que son las cosas; normalmente, cuando se habla con hechos todo es más simple.

3. Buscando “ganar” siempre (o por lo menos empatar…): Hemos sido educados para competir. Somos hijos del cuadro de honor, de la comparación sistemática y del pago con números. En una cultura que nos enseñó a vernos incompletos y escasos, pocas veces aprendimos a servir y cooperar. Nos creímos el cuento de que “no hay suficiente para todos”. Cuidamos la narración de lo que somos para que nos quieran, protegiendo la mentira que llevamos puesta. Entonces ahí empezamos a enredar más el asunto sosteniendo la farsa de que hay que ganar… no sabemos qué… pero hay que ganar. El que gana se auto-refuerza y elimina cualquier duda; si “soy el vencedor” me querrán más y tendré la razón.

4. La necesidad de “sentirse superior”: Conectado con el competir y ganar, a nuestro ego le gusta afirmarse sintiéndose superior. Al final es una manifestación de la misma tendencia a “tener la razón”, sólo que aquí le hacemos mantenimiento a la idea llenándonos de cosas: títulos profesionales, amistades influyentes, objetos costos, fama, etcétera. Todos los seres nos constituimos iguales pero nos consolidamos en la diferencia. Cada que tengamos la tentación de sentirnos superiores, deberíamos preguntarnos: ¿Quién soy cuando me quito todo lo que tengo? La respuesta activará tu sencillez con todo el espacio que tienes para recibir y verás en perspectiva las trabas que te pone tu pequeño ego.

5. La supuesta necesidad de “tener más”: Hace poco me vi a mi mismo añorando un automóvil más grande y más costoso que el que tengo ahora. Reflexionando desde la coherencia de lo simple me pregunté ¿Qué sería lo nuevo y lo mejor que me traería? Luego de pensarlo con calma y de verme al espejo despiadadamente, me di cuenta de que era mi ego el que quería esa nueva camioneta. ¿Para qué? Para tener un auto que me “diera la razón”y para “sentirme superior” en la vía. Mantenerlo simple me ayudó a evitar una nueva deuda, un vehículo que cuesta el 25% más del que ya tengo, con el que pagaría más impuestos,  que es más pesado y que por ende consumiría más combustible, con más gastos mantenimiento y de seguro, además de un auto en el que incluso me movería poco… porque soy de los que prefiero la simplicidad de la bicicleta y el transporte público.

Digo simple, no fácil

“La simplicidad es la máxima sofisticación”, como dijera Leonardo DaVinci. La superficialidad, la confusión y trivialidad son fáciles, pero no simples. Lo simple implica entendimiento, reflexión, análisis, argumentación, pausa, silencio y acción. Todo esto se ha vuelto un artículo de lujo porque vivimos muy apurados como para detenernos a pensar… ¡Y en silencio! Oh Dios, ya es mucho pedir.

No es fácil domar el ego y nuestra sombra. El ego es útil, pero normalmente es más lo que enreda que lo que resuelve. La próxima vez que tengas la tentación de enredarte la vida cediendo a los caprichos de tu ego, pregúntate: ¿Por qué me estoy tomando esto personal? ¿Esto que alguien me dice en verdad me define? ¿Qué hay con que gane o pierda? ¿Qué es lo que realmente importa cuidar en esta situación? ¿Para qué quiero tener la razón? ¿Para qué quiero ser mejor o peor que alguien más? ¿Por qué estoy compitiendo? Y sobre todo ¿Para qué necesito esto? Nadie dice que confrontarnos sea fácil, pero es más simple esto que seguir enredándonos la vida con los mismos vicios mentales de siempre.

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