El vicio de opinar y el arte de callarse

“Procura que tus palabras sean superiores a tu silencio” (Dinouart)

Nunca en la historia habíamos tenido tantas posibilidades para opinar de lo que sea, como queramos y donde nos plazca. En unos países más que otros, más o menos expuestos, con o sin riesgo, dentro del sistema o fuera de él, a favor o en contra de una facción… de cualquier modo podemos opinar y no solo eso, también se nos alienta a hacerlo de muchas maneras.

Tener un blog como este es una manera de opinar, es toda una plataforma pensada para escribir nuestros “grafiti con puntuación”. El problema es cuando tomamos la opinión como costumbre, como adicción y, finalmente, como vicio. ¿Por qué nos cuesta tanto callarnos?

La opinión como delirio psicótico

Somos unos animalitos ávidos de atención, es una particularidad humana, quizás seamos el animal terrestre más necesitado de la atención de sus congéneres. Si no recibimos atención, especialmente cuando somos bebés, nos morimos. Si somos grandes y no tenemos atención de otro, empezamos a delirar…

El asunto es que “el opinar” lo convertimos en una especie de hábito, casi una compulsión. Parece que sentimos que tenemos que decir algo de lo que sea y cuando sea. Estamos profundamente comprometidos con nuestras opiniones y creemos que son la verdad, que son la única cosa dicha o que amerita decirse. En una palabra, se convierte en un comportamiento casi psicótico que nos aleja de la posibilidad de ver las cosas como realmente son.

En esta época de interminables videoconferencias, webinars, transmisiones en vivo por Youtube y cuanto encuentro virtual resulta… parece que se exacerbó la necesidad de opinar, ser escuchados y tenidos en cuenta. Tal vez por eso salimos a decir cualquier cosa, en cualquier red, sobre cualquier tontería… especialmente si se trata de eso, de trivialidades.

Ni hablar de las inagotables sesiones de debate de opiniones en redes sociales con el infaltable bando a favor, el bando en contra y el bando de “ya no peleen más…”. A unos les parece una cosa, a otros otra y todos están convencidos de que tienen la verdad. Desde luego hay casos en los que tomar una posición parecería simple, por ejemplo, con el rechazo a la trata de personas o la matanza de ballenas en el Japón, pero acá pongo la lupa al sesgo de opinar sin fundamento sobre trivialidades.

¿Para qué opinamos? Para juzgar. Nos encanta enjuiciar lo que ocurre, en especial a los demás; eso nos da un sentido de seguridad, aumenta nuestra idea de separación y en últimas favorece la idea de que somos “superiores” y de que valemos, es un alimento para nuestra “importancia personal” (vía los ‘likes’ que recibimos en redes sociales, por ejemplo), una vitamina para nuestra vanidad ¿Ahora me entiendes por qué hablo del lado psicótico de opinar?

En muchos sentidos, opinar también sirve como alimento a nuestro endeble sentido de identidad, nos ayuda a saber que “somos algo”, que nos diferenciamos de alguna manera de los demás, si opino me inscribo en una definición… y ni hablar de los “opinadores” (youtubers, influencers) de profesión que vomitan y defecan opiniones y que tienen seguidores que me recuerdan la tierna imagen de los “escarabajos peloteros” arrastrando enormes pelotas de estiércol llenas de las opiniones que recogen de otros.

Indiscutiblemente, hay ciertos temas que se prestan más que otros para opinar, es decir, roba más público el drama de un futbolista que un hallazgo científico que podría partir en dos la historia de todos nosotros o incluso matarnos lentamente (e. g. la red móvil 5G). Un tema u otro nos da más margen para juzgar.

Todo eso que decimos, todas esas opiniones que tenemos, son completamente irreales. En esta situación que estamos viviendo, casi todo el mundo enjuicia al gobierno de turno por las decisiones que toma, y atención, no defiendo la integridad y competencia de ningún político, eso equivaldría a pretender defender la virginidad de una actriz porno, lo que claramente es un despropósito lógico…

A veces me pregunto qué decisiones tomaría yo si fuese gobernador, presidente, primer ministro, alcalde, jefe del ayuntamiento o lo que sea… cuando me pongo en ese lugar alcanzo a dimensionar su complejidad y lo arriesgado que es emitir cualquier opinión… pero vamos ¡Claro que opino! ¡Desde luego tengo mis puntos de vista! El asunto es que no pasan de ahí, en muchos casos no me los creo, me los callo, paso de largo por ellos y lo más fascinante es que poco a poco he aprendido a no darles tanta importancia.

¿Cuál es la utilidad de abstenernos de opinar?

Empiezo poniendo un punto medio en la situación. Una cosa es dar un concepto técnico (algunos incluso nos ganamos la vida haciéndolo…) y otra cosa es opinar con un sentido de convicción. El asunto, como ya lo he dicho, es que todo lo que nos ocurre lo pasamos a través del filtro de las creencias y las opiniones que tenemos sobre las cosas y esa degeneración perceptual al final se convierte en un “juicio”.

Cuando hacemos eso nos apegamos de la primera idea que nos creamos y de ahí para adelante dejamos de ver “la cosa como es” y terminamos viéndola como “creemos que es”, lo cual ya es una percepción pasada.

Decirlo es facilísimo, pero hacerlo es bastante complicado porque estamos comprometidos con la compulsión de validar nuestra identidad a través de los juicios que hacemos y validar a los demás para que encajen en nuestros supuestos. Ese es un hábito mental al que estamos completamente habituados… así de prepotentes somos y tan condicionados estamos.

Pero ¡Qué tranquilidad y amplitud mental nos da el hecho de solo observar, solo presenciar y estar en el aquí y el ahora de lo que ocurre! Sin opiniones ni juicios. Al principio nos sentimos como extraños, como dejando de hacer algo que parece “importante”, especialmente en el trabajo, ya no somos tan sobrados y suficientes, solo estamos ahí y el resto dice cualquier cosa, así sean sandeces; claramente todos se ocupan de opinar, muy pocos de presenciar y comprender.

Esta sensación es como un vacío, es liviana, te aliviana. Dejas de ser esclavo (a) de tus ideas, de tus creencias, pasas a presenciarlas y te descubres a ti misma (o) como la presencia que lo presencia todo. Ves con más claridad o simplemente no ves nada, al final es tu decisión. Cuando dejas de pretender ver una sola cosa para probar tus propios juicios, ves todo en un campo más amplio, te haces más preguntas y naturalmente te das cuenta de que no vale la pena opinar porque cualquier cosa que digas será limitada.

Ahí está la sanación, cuando te das cuenta de que tienes derecho a tomar posición, a protestar y actuar en consecuencia, pero que no vale la pena desgastarse en llamar la atención por ello, que ya no existe esa compulsión porque te vean, porque si quieres hacer algo simplemente lo haces en silencio.

Claves para callarte antes de soltar cualquier opinión

Si todavía necesitas alguna ayuda para saber qué hacer y controlar la descarga de tus opiniones, los tres filtros de Sócrates te pueden servir.

😊

Un comentario en “El vicio de opinar y el arte de callarse

  1. Objetivos y certeros los comentarios a la furiosa enfermadad de querer opinar acerca de lo divino y de lo humano,por la simple necesidad de hacerse visible.

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