Nuestra vida solo tiene sentido en el misterio

 

¿Cuándo fue la última vez que hiciste una pregunta que sintieras que valió la pena? ¿Qué hace en últimas que una pregunta valga la pena para ti? ¿Tanta seguridad tienes de lo que crees saber que no te preguntas nada? ¿Qué podrías estar haciendo a un lado simplemente por no preguntar? ¿Cuáles son esas preguntas que tienes por ahí dándote vueltas en la cabeza y que aún no te respondes? ¿Cuántas de esas respuestas permanecen en el misterio más absoluto? Nuestra vida tiene sentido salvo en el misterio.

La vida gris de las respuestas

Te puede pasar que ya sepas mucho de algo y que ya no te asombre, o que creas que la vida es una rutina y que todos los días son iguales. Cuando pensamos así perdemos un ancla fundamental con la vida: la capacidad de asombro.

Se nos hace todo muy normal y cotidiano, casi transparente. El edificio se ve igual, las nubes no importan, el transporte va lleno, la vía está congestionada, todo creemos que es y está igual ¿En serio es así? No nos detenemos, vamos a toda prisa en esta carrera sin sentido, yo mismo me veo corriendo una maratón con prisa por llegar a no sé dónde para hacer no sé qué.

Es una prisa impuesta por otros y por las circunstancias. Entonces asumimos que la vida es así, y llegamos al extremo de no saludar o de no saber qué pasa. Nuestras conversaciones se vuelven estereotipadas y repetitivas, casi como un libreto automático: P à Hola, buenos días, ¿Cómo estás? R à Bien, gracias ¿Y tú? R à Bien gracias… Y así sucesivamente ¿Cuántas veces tenemos esta misma conversación robótica al día?

Te has puesto a pensar deveras cada vez que te preguntan “cómo estás”, realmente ¿Cómo estás? Es un ejercicio complejo. Te toca el alma, te incomoda y te hace alargar los suspiros de ahí en adelante. Nos cuesta un verdadero trabajo descubrir cómo estamos y poderlo contar, incluso poderlo poner en palabras. Es distinto el día cuando conscientemente nos hacemos esta pregunta, es de hecho un ejercicio simple para trabajar la presencia plena.

Cuando nos hacemos esta pregunta plenamente conectados con nuestra consciencia fundamental, nos damos cuenta de que el mundo que habitamos es dinámico. En un momento estamos de una forma, en otro de otra, pasa algo y reaccionamos o nos acomodamos. Consciente o inconscientemente somos uno con las circunstancias.

La causa del aburrimiento

Cada que creemos que ya tenemos la respuesta para todo, la vida se vuelve monótona. Cada que resolvemos un misterio, perdemos el interés. Todo por lo que perdemos el interés se vuelve aburrido. Cuando dejamos de aprender y divertirnos, nos aburrimos. Cuando desciframos la incógnita ya no basta molestarse en pensar.

Cada que tenemos la respuesta o encontramos la forma de resolver el desafío, lo que se veía como un camino cuesta arriba y una dificultad insalvable, se convierte en la “nueva normalidad”. Decimos: “Pero ¡Cómo no lo había visto antes, si es tan evidente!”

Nos pasa también en las relaciones, con esa contaminación neuroquímica y ese fenómeno psico-proyectivo al que llamamos “enamoramiento”. Estamos frente a ese otro que se nos hace tan especial por el reto [de conquista] y el misterio que representa. No conocemos a esa persona que también, en la mayoría de los casos, nos ofrece su mejor cara para “engancharnos”.

Entonces nos vamos conociendo, lo que se parece más bien a una “serie de pruebas” donde vamos filtrando lo que encaja en nuestras proyecciones y expectativas. Nosotros mismos también mostramos nuestra mejor cara y todo el juego se convierte en una danza de cortejo al mejor estilo de cualquier ave.

Pasa un tiempo hasta que se va destiñendo la máscara, hasta que se diluye y nos damos cuenta de que estamos con otra cara que no conocíamos… paralelamente, también nos vamos desdibujando nosotros mismos y ese enamoramiento (limeranza) se convierte en una profunda y vomitiva decepción… en el mejor de los casos nos acostumbramos a “vivir” (sobrevivir) con esa persona y aprendemos un montón de rutinas repetitivas… y, en el peor de ellos, entramos en guerra y luego nos agarramos la cabeza preguntándonos: ¿Cuándo se me ocurrió meterme con este ser?

En resumen, cambiamos un misterio por otro, transformamos el placer del misterio inicial por el hastío de las respuestas incómodas que vamos descubriendo en el camino.

Misterio permanente

¿Cómo mantener el misterio permanente en lo que hacemos y en lo que nos ocurre? Si te sientes a gusto con tu vida tal y como la vives, pues no hay necesidad de que te molestes en responder esta pregunta, pero si todos los días al levantarte te preguntas si puedes ir más allá y cómo sería vivir otra clase de vida si te conectaras con preguntas nuevas y permanentes, descubrirías que el misterio se amplía.

Cada respuesta te traerá preguntas nuevas, algo que aprender, un camino por explorar y más preguntas. Viajar, conocer cosas nuevas, interactuar con gente [interesante] diferente… hay muchos caminos para ampliar el campo del misterio. Otra posibilidad está en dejar de creernos “expertos” en algo que ya hemos visto, oído, probado y vivido… porque cada experiencia es única, por más que sintamos que es igual a la anterior…

Sí, indudablemente puede que existan situaciones repetitivas y creemos que ya lo experimentamos todo hasta la saciedad. No me refiero a pararse en una línea de ensamble a ver pasar piezas para separar la que esté defectuosa. Las líneas de ensamble son un invento humano, son algo anti–natural como casi todo en la vida nuestra. No es el ejemplo ni es el caso.

El punto aquí es: pagamos un precio por vivir la idea de la adultez… y después nos gastamos otra fortuna tratando de recuperar el niño que vive en nosotros, que se asombra y que le encanta explorar, cuando en el fondo la cuestión se resume a alto tan sencillo como mantener la atención puesta en el misterio permanente, que no es fabricado, que no se puede comprar y que nos mantiene la mente consciente y despierta a resolverlo, aunque sea solo en parte.

¿Cuál es el misterio que guardas?

 

🙂

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