Mi primer vuelo

La aventura empezó realmente en el 2017, pero por un accidente y un duro proceso de enfermedad, tuve que posponerlo hasta febrero de 2018 cuando empecé a hacer ejercicios con mi propia vela. Luego de varios meses de prácticas en el “Campo Escuela” se llegó finalmente el día del primer “vuelo de alto”, como se le denomina al primer vuelo que haces en parapente.

El 2018 fue especialmente lluvioso acá en Colombia. Eso dificultó que pudiera practicar más y acelerar mi proceso. También, he de reconocerlo, me ha dado dificultad aprender la cantidad de ingredientes y sincronización de movimientos que implica esta aventura antinatural: volar, leer el comportamiento de algo invisible (el viento), correr cuesta abajo por una montaña y frenar “algo” para que te levante. Podría escribir una entrada completa con todo lo anti-natural que es el parapente, pero no viene al caso…

Paciencia vs. Impacienica

Poco a poco, al ver mi lento y poco avance en el año, fui acumulando mucha frustración y desánimo. Como me ha ocurrido [muchas veces] antes, las secuencias de movimientos me cuestan, pero al final las aprendo y las hago mejor que cualquiera, así que me dije a mí mismo: ¡Paciencia!

El pasado miércoles 26 de diciembre fue mi segundo vuelo de instrucción… para que me entiendan, es un vuelo “tándem” en el que te dejan usar los mandos y gobernar la vela. Es algo que puedes hacer cuando ya tienes buenas bases sobre cómo se controla la vela, entiendes los movimientos, comprendes la dinámica de los vientos y sabes la lógica del aterrizaje. Guardada la proporción, es como cuando aprendes a conducir un auto y tu instructor va a tu lado… tú llevas el timón y haces todo, te van guiando y si definitivamente la embarras, tu instructor viene en tu auxilio.

Fue una excelente experiencia. La hicimos en la mitad de la tarde y había buenos vientos de frente… tanto como para quedarnos inmóviles y como para experimentar algo de turbulencia y hacer un aterrizaje casi perfecto. Comprender la dinámica de todo hizo una diferencia extraordinaria en mi comprensión y en mi confianza.

Empezando a desempacar el equipo

Finalmente, el sábado 29 de diciembre se llegó el gran día para hacer el primer vuelo y nos dirigimos al municipio de Jericó (Departamento de Antioquia), ubicado a unos 113 Km de Medellín.

El temor

Mis principales temores tenían que ver con mi habilidad para levantar la vela, mantenerla estable sobre mi cabeza y hacer bien la carrera de despegue, dar la adecuada presión para que la vela me levantara y ser capaz de sentarme correctamente en el arnés una vez estuviera en el aire.

El aterrizaje, aunque me parecía también exigente, no lo veía tan complejo. Sentía que una vez en el aire podría comprender cómo gobernar bien mi vela y maniobrarla correctamente para hacer mi vuelo de aproximación dentro del ángulo de descenso…

Preparando el despegue

No me preocupaban las turbulencias, ni las sacudidas ni nada en vuelo. Precisamente hacer el vuelo en Jericó tiene esa ventaja: Es un ambiente tranquilo para volar, además de que tiene muchas opciones para aterrizar tranquilamente. Mi vela, aunque es básica–intermedia, tiene un buen desempeño, es veloz y planea maravillosamente. Temía que fuera a aterrizar con exceso de velocidad y me pasara del punto de aterrizaje. También temía que fuera complejo gobernar y controlar mi vela en vuelo.

Diluir el miedo

El primer despegue fue un completo ejercicio de mindfulness. Estaba absolutamente presente y concentrado en lo que estaba haciendo, no solo porque era el mejor camino para hacer correctamente las cosas, sino porque el campo de aterrizaje tiene poco o ningún margen de maniobra para equivocarse… no imagino el costo de un error en esta montaña.

Estaba concentrado en mi respiración y en todo mi cuerpo, en la velocidad y dirección del viento, en el balance de mi peso y en sentirme cómodo con los movimientos que tenía que hacer. Una vez sentí que las condiciones eran las propicias para mí, hice un pre–inflado de la vela para darle forma y luego la levanté sobre mi cabeza, me giré y salí corriendo… ¡Y zaz, ya estaba en el aire! ¡Estaba volando por mí mismo, por mi cuenta y riesgo!

Punto aterrizaje
Visto desde la montaña de salida, este era el punto de aterrizaje…

Me acomodé tan pronto como pude en el arnés para que las tiras de protección no me maltrataran y para gobernar correctamente la vela. Una vez sentado, la sensación de volar sobre el verde de la montaña y el bosque me inundó de una confianza, una paz y una alegría que jamás había experimentado. Estaba sobre el mundo y era uno con él. Sentía el viento, la leve turbulencia, el bamboleo de la vela en algunos tramos… todo ocurría como tenía que ser y dejaba que viniera como debiera venir.

La confianza del aterrizaje

Rubén, mi instructor, me iba guiando por radio sobre algunos movimientos, la trayectoria y los giros que tenía que hacer. Finalmente se llegó el momento de bajar y empezar a volar haciendo ochos (8) para perder altura, siempre mirando el punto de aterrizaje. Hice todo al pie de la letra, con absoluta precisión y equilibrio. Finalmente llegó la orden de “métete en tu cono de aproximación” y así hice.

Aunque alto, en este punto ya estaba haciendo ochos para perder altura

Venía a buena altura y con velocidad moderada. La mirada puesta en el punto de aterrizaje y control de los mandos de mi vela. Como un ave que bate las alas, iba frenando y soltando, frenando y soltando… así perdí altura y velocidad y logré que la vela bajara en un ángulo estable para luego dejarla planear pareja, salirme del arnés, frenar a fondo y aterrizar suavemente en el potrero…

Fue un aterrizaje perfecto, no solo por la impecabilidad de la maniobra, sino por la euforia que me invadió al ver lo que había logrado. Era puro asombro, pura sorpresa, estaba haciendo lo impensable, lo que estaba empezando a dar por descartado, lo que creía que no era capaz de hacer. Esta vez no solo lo había hecho, sino que lo había hecho excelentemente bien.

¿Puede haber algo que me reconcilie más con la vida? ¿Hay ahora algo que me haga sentir más vivo? Hay quienes me miran con cara de: “¡Eres un maldito loco suicida! ¿Cómo disfrutas colgarte de un pedazo de tela y poner tu vida en riesgo?”. Esa es la gente que no sabe que [estadísticamente] hay más riesgo de morir de un golpe en la cabeza al resbalarse en la ducha o al cruzar una calle… Volar en parapente es, literalmente, una droga, un viaje y una reconexión. Hay que hacerlo tan bien y amerita disfrutarlo tanto, que quieres más vida para vivirlo.

 

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