Siete paradojas intrínsecas del minimalismo

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Hace poco le decía a alguien que el minimalismo es ver todo lo que hay a tu alrededor y mentalmente cerrar tu mano y luego extender grácilmente tu dedo del corazón y exhibirlo con firmeza, en tono de: “me importa un bledo todo”. Es toda una paradoja, una contradicción, al final los minimalistas podemos llegar a ser más complicados que el resto porque poco a poco nos deja de gustar este juego, desenmascaramos el truco, despertamos del supuesto encanto.

Estas son las siete paradojas que, a mi juicio, nos enredan la mente y el alma como minimalistas.

1. Vivimos una vida que no defendemos como ideología: no nos definimos como “minimalistas” ni salimos a la calle a decírselo a nadie, ni lo celebramos en Facebook y la verdad no nos importa si a alguien le importa si somos o no minimalistas. Que cada quien piense lo que se le antoje. Estamos en paz siendo minimalistas en nuestra morada.

2. Nos aferramos a lo poco que tenemos: quizás cuidamos más que cualquiera lo poco que tenemos. Puede que seamos más apegados o yo diría más bien, puede que seamos más protectores. Lo poco que tenemos tiene sentido para nosotros tenerlo.

3. Parecemos extrañamente abundantes: nadie comprende por qué no queremos tener más de todo, más de lo que casi todo el mundo tiene. Precisamente esa es la paradoja, nos encanta tener mucho de lo que nos gusta y nos enfocamos en eso. ¿Para qué distraernos en las boberías de todo el mundo? Por eso somos minimalistas, tenemos claro el mínimo de lo mucho que queremos tener.

4. Practicamos la tacañería programada: consecuente con lo anterior, podemos parecer bastante tacaños. No me gasto el dinero en ropa, licor y tonterías; me compro siempre los jeans más baratos e incluso en oferta, ando en transporte público o camino cada que puedo ¿Para qué hay que lucirse? Mejor me gasto el dinero en viajes, aprendizaje, experiencias y libros, para eso no tengo reparos, lo que cueste, si necesito USD$70 para un hermoso libro de Joseph Campbell, los pago.

5. Gusto por lo que todo el mundo odia (y viceversa): así de simple. Podemos sonar y parecer odiosos, antipáticos o hasta “subidos”, pero nadie entiende que hemos decidido no encajar en esta historia. Nos disfrazamos de conformidad y “adaptación” pero en el fondo somos unas ovejas negras de corazón.

6. Practicamos el gradual desapego / indiferencia: casi todo nos aburre, encontramos el disfrute en lo mínimo, en lo limpio, en lo sencillo, lo descomplicado, lo callado y lo sencillo. Todo lo contrario del resto de la humanidad: ruido, luces, estridencia, figuración, redes sociales, fotos, apariencia y necesidad de agradar.

7. Ser diferente sin esforzarse por serlo: la diferencia la buscamos por necesidad, es como un asunto de supervivencia. Flotamos livianos sin necesidad de parecer nada en especial. No encajamos en la medida que nos vamos volviendo más coherentes.

No es nada especial.

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