Entrenamiento para el juicio final…

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Juicio final ante Osiris, papiro egipcio. El corazón, símbolo de la consciencia y la moralidad, es pesado por Anubis; el contrapeso era la pluma de Maat, símbolo de la verdad y la justicia universal.

Si cada uno de nosotros hiciera el ejercicio de pensar en qué le van a poner en el lado de la balanza de las “buenas obras” y en el otro lado de las “malas actuaciones”, quizá la discusión se convertirá en una bizantina contradicción de ambivalencias.

Somos ángeles y demonios al mismo tiempo. Ya lo hemos dicho reiteradamente: lo bueno y lo malo son cuestiones relativas, de contexto, de perspectiva. Sí, tú que te sientes tan “buena persona” también tienes tus perversidades qué esconder. Tus mentiras, conscientes o no, tus “ocultamientos”, envidias, deseos, bajezas. Tú también has mordido la mano que te da de comer y has escupido a “dios” en su cara ¿Ahora me vas a salir con que no?

Ese mismo afán de ser tan buena (o bueno) ¿Será que esconde algo? ¿Será que busca sublimar algún demonio que no aceptas? Cuando sales a dar esos regalos de navidad a los pobres y te sientes muy bien por hacerlo ¿Te hace mejor persona?

Me pregunto con qué escala nos juzgarían, bajo cuál ley, quién se atrevería a juzgarnos. No creo que sea “dios”; ella necesita experimentarse incluso en la miseria misma para poder poner en contraste su propia totalidad. Ese es un menudo detalle en el mito del juicio final que casi ninguno de nosotros se pone a sopesar.

La ley de “dios” es una ley de hombres y, como tal, es cambiante, caprichosa, sujeta al momento histórico, a la manera de ver el mundo, a los juicios que hacemos y a lo que somos capaces de ver y entender del mundo. Entonces ¿Sobre qué base nos van a juzgar?

Incluso me pregunto si nos merecemos de hecho un juicio “justo” ¿En serio somos personas justas? No es la clase de cosas que quisiera discutir con un abogado. Es un problema de balance de razón, no de leyes. Es un problema de la ley natural, del equilibrio que sostiene el mundo a pesar de nosotros, a pesar de nuestra intromisión e impertinencia. Somos unos miserables.

Somos una verdadera molestia para nosotros mismos, para el mundo como tal. ¿Cuál es en últimas la naturaleza de la felicidad y la paz? Se supone que estar aquí y ahora, se supone que ser capaces de ver la vida tal y como es, pero ¿Qué hacer cuando ese aquí y ahora es tan vomitivo? ¿Qué hacer con el hastío, con la realidad funesta? Van disueltos aquí un montón de juicios, no muy buenos cabe anotar, pero this is the world what we’re living.

Es el mundo que hemos elegido y no sé incluso si estemos en capacidad de elegir otro, de pintar otro. No sé si el cálculo de pasar de agache por el juicio final nos pudiera hacer cambiar la perspectiva y cambiar el actual estado de cosas. ¿Por qué te habrían de juzgar? Si te contara todas mis miserias… seguro que te dejaría un poco más tranquila (o).

 

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