Breve historia del día en que acepté la aventura

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Fue el 26 de abril de 2006, y justo regresaba de unas largas y poco planeadas vacaciones. Todo empezó con una llamada telefónica como a eso de las 9:00 de la mañana: era mi jefe de ese tiempo, venía de camino del aeropuerto y luego de un breve saludo me dijo con prontitud que me dirigiera a otra sede de la compañía donde debíamos reunirnos con alguien más y que luego me quedara con ella para revisar personalmente algo importante que tenía que ver conmigo.

Eso de que vuelvas de vacaciones y tu jefa te reciba con tanta urgencia te pone a pensar un poco… En mi fatalismo inútil empecé a imaginarme lo peor. No tanto que me fueran a despedir, pero sí que hubiera dejado algo suelto que “se hubiera caído” en mi ausencia.

El llamado

Nos encontramos y pasó la reunión que duró hasta el mediodía… la verdad no me concentré, no sé ni de qué hablamos. Todo el tiempo estuve dándole vueltas en la cabeza a lo que pasaba o podría pasar… en ese momento no era prevención, ni temor… era un pálpito, una intuición, la sensación de que algo grande se venía en camino.

Así fue como a medio día salimos rumbo a mi ubicación y en el trayecto, con varios rodeos y detalles, mi jefa empezó a contarme de varios cambios que se venían en el área, procesos nuevos, retos, etc. Yo seguía intrigado y a la vez paralizado para decirle: ¡De una bendita vez ¿Qué es eso tan importante que me vas a decir?!

Llegamos y nos sentamos a almorzar y fue ahí cuando la mensajera llegó con su mensaje: “Una persona dejará una vacante en una de las plantas de Bogotá y quiero saber si estarías interesado en ocupar esa plaza… eso implica moverte de Medellín y radicarte en Bogotá… y obviamente tomar el trabajo en una planta más grande, que está creciendo y que tiene unas metas mayores. Puede que no sea fácil, pero si te ofrezco esa oportunidad es porque creo que tienes con qué y eres capaz de hacerlo…”.

¿Qué hubieras hecho…? ¿Hubieras emprendido el camino? ¿Qué significaría para ti escuchar una propuesta así?

Luego hubo una pausa, creo que corta, pero para mí fue una eternidad. Me estaban proponiendo volver a empezar, cambiar de vida, hacer realidad mi propósito de irme de mi casa y vivir solo, radicarme en otra ciudad, irme a “guerriar” en una planta con una “mala” reputación por sus varias complejidades que no viene al caso relatar… y que a cualquiera en sus cabales le haría dar un ¡No! rotundo de una buena vez… no sé cuál era mi cara en ese momento, pero ella dijo:

“Debes tener en cuenta que de todos modos vamos a hacer una convocatoria interna para ver si hay alguien más que se quiera postular y obviamente tú concursarías”. La verdad no me importó; en el fondo de mi alma sentía que el llamado era solo para mí, yo era el indicado, era el guerrero listo y ya estaba preparado para salir de la cómoda matriz materna de la casa de mis padres y de una planta donde casi todo funcionaba a la perfección y los números siempre me favorecieron, aunque conscientemente yo no sintiera que fuera así.

El sí y las dudas iniciales

La verdad, lo del proceso de selección, la evaluación y todo lo demás me sonó a “sana política”. Fue ahí cuando acaté a decir, casi sin pensarlo y solo sintiéndolo: ¡Sí, acepto, me quiero ir para Bogotá! Mi respuesta era una declaración, hablaba de un hecho; estaba tan convencido que no tenía duda ni siquiera de que me ganara la supuesta convocatoria. Mi jefa se alegró, asintió y me dijo que empezaría a organizar lo necesario para continuar con el proceso.

Ese resto de día fue como haber frenado el tiempo: todo se quedó en calma, el día empezó a pasar más lento, las ideas y los escenarios imaginarios empezaron a inundarme. No lo hablé con nadie más en ese momento… soy consciente de que estoy rodeado de mucha gente con mucho temor a los llamados heroicos. Estaba seguro de que empezarían muchas voces a decir que era una locura aceptar y por el momento necesitaba claridad para pensar.

El mundo se me precipitó porque empezaba poco a poco a entender la dimensión de ese “sí”. Estaba en el comienzo de una relación… estaba en proceso de decidir mi posgrado, mi sueldo en ese momento no me daría pagar el crédito educativo que había tomado para poder hacer mi carrera y mucho menos para asumir un alquiler y cubrir mis gastos; también me implicaba trasladarme a la capital con todos los retos financieros y culturales que eso encierra. No obstante, en mi interior estaba tan convencido del camino a emprender, que no me rendí ante esa posibilidad.

Me dediqué a dejar a un lado a todo el mundo, a esquivar opiniones a favor y en contra de mi decisión de explorar un traslado a Bogotá, pero con el tiempo y la “publicidad” se empezó a comentar que me iba para Bogotá… a trabajar a la planta de… y esto y lo otro y lo de más allá. Recuerdo que una compañera alguna vez me llamó a su oficina para más o menos ilustrarme con detalle los puntos por los cuales yo debía sopesar bien mi decisión y replantear el irme… lo que ella no sabía es que, en sí misma, ella era una de las razones más poderosas por las que también me quería alejar de ahí.

Pasaron los días y una nueva llamada de mi jefe, como a mediados de mayo, decía: “Es bueno que vayas empezando a buscar tu reemplazo… hemos tomado la decisión de que te vengas para Bogotá, eres el mejor para cubrir esa posición ¿Estás de acuerdo? ¿Sigues firme?”, y mi respuesta fue un sí rotundo… y ya con la cabeza más fría pregunté por todos los “racionales” que hacían falta para dar el salto: vivienda, traslado, salario, entre otros. Mi jefa me dio la tranquilidad de que todo eso estaría cubierto.

Pasos hacia la aventura

El “héroe” estaba asustado y necesitaba saber con qué armas contaba para emprender el viaje. El dinero no es la llave de la felicidad, pero teniendo el suficiente se puede mandar a hacer esa llave. Ya lo anuncié y el mundo a mi alrededor se estremeció: comprensión, alegría, desánimo y tristeza; estos fueron los cuatro puntos cardinales de las reacciones que generé con mi decisión de emprender el camino del héroe y de las cuales yo me encontraba en el centro de todas. ¡Yo no estaba “racionalmente” seguro, pero mi alma estaba convencida de que estaba haciendo lo correcto!

Pasó de todo en ese mes de junio de 2006. Cerré mis procesos, busqué mi reemplazo, aproveché a fondo todo lo que me daba mi Medellín antes de dejarla y empecé a verla distinta… empecé a entender que más que una ciudad, era mi casa y que lo que hacía era “dejar mi hogar”, el lugar al que pertenecía, pero al que siempre iba a volver.

El inicio del viaje

camino-heroeEl 30 de junio se fue el camión de la mudanza con las pocas cosas que tenía: mi cama, una pequeña repisa, mis libros, mi escritorio con su silla, mi PC de mesa, mis CD’s, un minicomponente, mi ropa y mi bicicleta, junto a otras pocas cosas que me fueron regalando para hacer el camino: una lavadora que me regaló mi hermana, el viejo televisor de mi casa, una aspiradora, utensilios de cocina, una mesita de mi mamá, una plancha vieja que me regaló una tía y un poco de lencería para el hogar. Materialmente se iba mi vida, materialmente empezaba el viaje. Días antes había viajado a Bogotá a buscar un apartamento, el cual ya había dejado debidamente separado y en orden.

El 01 de julio fue un sábado. Las lágrimas y la sensación de vacío eran inevitables, el viaje debía comenzar. Por mi dificultad para salir a tiempo y un derrumbe que hubo en la vía de camino al aeropuerto, tuvimos que desviarnos; llegué tarde y perdí el vuelo que tenía en la mañana. Salí finalmente empezando la tarde. Era un día muy soleado y a la vez sombrío. No sabía si finalmente estaba haciendo lo que debía hacer. En todo caso ya nada me detendría y cuando llegué a Bogotá la sensación fue de ¡Aquí vamos, aquí empieza la aventura!

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Foto tomada días antes de la mudanza, justo cuando se cerró el acuerdo de alquiler. Un día muy parecido a ese primero de julio cuando llegué en la tarde

Poco después de recibir el camión de la mudanza y de descargar todas las cosas, me invadió ese sentimiento de orfandad nunca antes vivido. Nadie vino a ayudarme, estaba yo completamente solo, ahora sí empezaba la vida como la había pensado, a valerme por mí mismo sin dilaciones, sin cuentos, con la más profunda incertidumbre y con todos los miedos y vacíos al frente.

Mis pocas pertenencias regadas por el piso; fue ahí cuando realmente me di cuenta de lo poco que tenía, pero de lo mucho que era organizarlas. Creo que nunca antes me había sentido tan solo, no me iba a rendir, no me iba a dejar vencer, solo era cuestión de poner manos a la obra y encarar mi decisión. Lo primero que pensé fue: ¡Hagámonos al ambiente! Y ubiqué el escritorio, conecté el minicomponente y puse a sonar tan fuerte como se podía (sin molestar a los nuevos vecinos) un CD de Gustavo Cerati (el álbum “Ahí Vamos”) para poder cantar con él y empezar a ubicar mis cosas.

La vida empezaba de nuevo. El viaje ya estaba jugado, no había retorno en este punto, salvo que saliera corriendo con la cola entre las patas. Rendirme no es mi estilo ni es una opción. Era el héroe solo, asustado y digamos que abandonado a mi suerte. Había sido mi decisión, en ese momento nadie estaba para mí, pero estaba dispuesto a dar la batalla por aquello en lo que creía, en la convicción profunda de mi alma sobre lo que me daría ese camino. No sabía qué vendría, pero estaba seguro de que serían cosas muy buenas, más allá de lo que yo mismo era capaz de imaginarme.

Nunca se lo dije a nadie, pero diez años después se lo puedo decir a todo el mundo: aunque fue difícil y doloroso al principio, haber aceptado ese llamado a la aventura fue quizás una de las decisiones más valiosas e importantes de mi vida que, si tuviera que volver a tomarla, volvería a darle un ¡Sí! rotundo sin titubear.

 

¿Cuándo has escuchado un llamado a la aventura… y cuál ha sido? ¿Cómo te has decidido a ser finalmente un héroe o una heroína…? ¿Le has dado alguna vez la espalda a un llamado…? ¿Por qué?

 

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El Camino del Héroe: La separación y el llamado a la aventura (1)

El Camino del Héroe

 

 

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7 comentarios en “Breve historia del día en que acepté la aventura

  1. Esta entrada y la anterior “La separación y el llamado a ala aventura” me han puesto a pensar bastante, de alguna manera yo he escuchado el llamado muchisimas veces, más de las que puedo contar, y a casi todos les he dado la espalda, ¿por qué?… miedo, el miedo a veces es un motor y otras veces es un freno: miedo al fracazo, miedo a lo desconocido, miedo a dejar atras todo lo que se ha construido.
    En la mayoria de esos llamados no he sentido eso que tu nombras como convencimiento interior del camino a emprender, de hecho ha sido lo contrario, un convencimiento de que ese camino no es el adecuado. ¿Qué hace que un camino sea adecuado? creo que el heroismo radica en eso, en arriesgarse. Pero, ¿por qué el hecho de decir “algo me dice que esto es lo correcto” deja de ser menos heróico que decir “algo me dice que no debo aceptar el llamado”?

    Aprovecho para agradecerte por compartir tus experiencias.

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