Un día a la vez

Mati-papa-en-hamaca

No sé si sea cuestión de la edad o qué, pero cada vez se torna más serio eso de no postergar más todo aquello que es importante hacer en la vida. Ahora es real el hecho de que se nos acaba el tiempo, ya empieza a desvanecerse esa idea de la “inmortalidad” y toda esa mitología de Men’s Health y Vanidades. Resultó ser que todo era un cuento, y así mi abdomen estuviera plano y correctamente demarcado, las cosas seguirían iguales.

Ya es momento de llegar a la “mediana edad” y de quitarnos las máscaras, poner las cosas en perspectiva y hablar de frente de lo que ocurre. Treinta y ocho años después y en general para los nacidos en la segunda mitad de la década de 1970, probablemente sea esto lo que nos está pasando.

Es cierto que el tiempo empieza acabarse

Ahora es verdad que el tiempo se acaba. No porque no lo tengamos, sino porque en la psicología del tiempo también cuenta el hecho de que si sentimos que no tenemos cómo aprovechar el tiempo, sentimos que no lo hay. De nada vale tener cinco, siete o diez años más para hacer algo en un mundo que cambia rápido, en un cuerpo que empieza a mutar y en un alma que rápidamente cambia sus impresiones y expresiones en la realidad.

Es inquietante cuando escucho gente de mi edad o cercana a mí que suelta expresiones del estilo: “más adelante…”, “no puedo…”, “no tengo tiempo…”, “ahí vamos viendo…”, “tengo que sacarle el tiempo…”, “ahora no puedo… más bien luego”. ¡No sé para cuándo lo piensan dejar! Posiblemente más adelante sea más complicado hacer muchas cosas. Ahora mismo tenemos más posibilidad, todavía hay con qué, más adelante no sabemos.

Desproporciones morfológicas y metabólicas

Estamos como en una segunda adolescencia. El cuerpo empieza a cambiar. La edad media es cuando la amplitud mental y la estrechez de cintura cambian de posición. Vemos el mundo distinto; si hemos crecido interiormente, nos hubiera encantado entender el mundo como lo entendemos hoy, seguramente hubiéramos hecho menos tonterías y hubiéramos perdido menos el tiempo. Tendríamos una mente más abierta y nos hubiéramos atrevido a probar más cosas.

La estrechez corporal también cambia, empezamos a crecer para los lados, el metabolismo se hace lento y bajar de peso es más difícil. También está la nueva ola de amigos tuyos que de vez en cuando corren en una maratón o lo que sea que lleve un número y una letra ‘K’. Correr está de moda ¡Bien por ellos, es una buena moda! Por lo menos eso los mantiene saludables y, aunque se harán trizas sus rodillas más rápido que el resto de nosotros, por lo menos podrán estar impedidos para caminar teniendo un corazón más sano.

Buscar trabajo después de los 35

Este es un drama bastante real en el ambiente que vivo. Lo desarrollé en otra entrada y no volveré sobre el tema aquí, pero en todo caso hay un cuerpo de creencias sobre la edad en el trabajo. Me voy a poner sofisticado: puedo afirmar que la mayoría de la gente que busca a otra gente para trabajar pertenece a la generación X y otro tanto a la generación Y (Millenials). Esto se parece a la búsqueda de un árbol frutal en un cultivo industrial de pinos madereros. Cuando se termine de descabezar el último pino (casi todos de la generación Y) ahí sí se empieza a buscar el árbol de mangos, el de guanábanas, el naranjo, el durazno, etcétera.

La pereza, la desidia y el despiste de nuestros jóvenes terminará inclinando la balanza de nuevo. No sé cómo ni cuándo, pero lo hará. Alguien tiene que mantener el sistema funcionando o de otro modo el sistema colapsará y tendrá que adaptarse a la nueva realidad, cosa que veo complicada ya que es un sistema dominado y calculado por baby boomers que crecieron con la idea de que tienen mucho qué perder y que harán lo que sea por no perderlo, incluso así sea estrangular a la generación X e Y en trabajos de mierda con jornadas esclavizantes, cargas laborales crecientes y salarios de hambre (algo así ya está ocurriendo en el mundo desarrollado…). El gran reto que tiene mi generación y la que le sigue es saber cómo escapar de ese sistema, cómo salir de él y volver a entrar sin depender y sin necesitarlo.

Ya llevo la mitad del tiempo de cotización a pensión

A estas alturas asumo una posición bastante escéptica frente a la realidad de poderme pensionar. Estoy a la espera de que nuestro flamante gobierno decrete algo con relación al alargue de la edad de pensión e incluso sobre la posibilidad misma de pensionarnos (nuestra generación), frente a un sistema general de pensiones que es una pirámide financieramente inviable. También es sano bajarse de esa posibilidad y más bien constituirte en tu propio fondo de pensiones. Si a estas alturas de la vida no has empezado a hacerlo ¡Estás en problemas!

Hablo de fondos de pensión privados, no del Estado. Es un hecho serena y silenciosamente demostrado por los actuarios de vida: ¡Jamás llegaremos a pensionarnos! Ese ahorro es una utopía porque posiblemente no lo recibamos e incluso, con la actual economía como está, es bastante incierta la posibilidad de retornarlo. A estas alturas ya he pasado más de una década de cotización al sistema. No sé si eso suena “tranquilizador” o “desesperanzador”, pero tiene que ver con el ítem siguiente.

Ser capaz de contar en décadas

Cuando te encuentras con amigos de hace muchos años y eres capaz de hacer cuentas en décadas descubres que estás en la mediana edad. Hace poco nos encontramos y celebramos los diez años de haber salido de la universidad… sin mencionar que nos conocemos hace mucho más tiempo atrás. También en el canal Nat Geo vi un documental sobre los noventas y, cuando hago cuentas, muchos de esos eventos tuvieron lugar hace más de veinte años.

Todo esto es contando hacia atrás. Muchos de esos recuerdos parece que hubieran ocurrido hace unos pocos años, pero es real el hecho de que ocurrieron hace una buena cantidad de tiempo. Cuando hacemos cuentas de todo lo que ha transcurrido desde eso hasta hoy, es abrumador todo lo que hemos hecho. También ayuda el hecho de que el tiempo pareciera que corriera más rápido hoy día.

Soy capaz de tener “añoranzas”

En este sentido también se cuelan por alguna rendija las añoranzas: el tiempo en que teníamos vacaciones largas, cuando salíamos más seguido con los amigos, cuando solo nos pedían explicaciones en casa y con alguna excusa rápida éramos capaces de salir. Recordamos la época en la que todo estaba por hacer y nos burlamos de cómo veíamos el mundo en ese entonces, de lo que aspirábamos ser o hacer y de aquello en lo que poco a poco nos fuimos convirtiendo.

Hoy somos una consecuencia. Toda esa seguridad que extrañamos es porque teníamos siempre respuestas. Siendo quienes somos hoy sabemos lo qué había que hacer en ese momento. Si fuéramos capaces de volver al pasado tendríamos claro el camino, es casi seguro. Lo mismo nos pasa ahora. Posiblemente hoy estemos viviendo la añoranza del futuro, quién sabe qué será lo que recordaremos; tal vez la época en que no había sobretasa por el agua, escasez de alimentos o impuestos por el aire, ni ninguna de las otras encrucijadas medioambientales que se nos vienen con plena seguridad.

Aunque vivamos en permanente incertidumbre el presente, siempre añoraremos el pasado por la certidumbre que nos da, por la idea de aparente seguridad que nos proporciona. Por eso será que muchas veces queremos regresar a él: para evitar que el presente nos abrume, para por lo menos tener una idea sobre qué hacer.

He vencido algunos mitos

Al mismo tiempo que queremos volver al pasado en algunas ocasiones de incertidumbre, también detestaríamos hacerlo cuando nos damos cuenta de que fuimos capaces de vencer algunas circunstancias y algunos mitos que no nos fueron tan nutritivos. También hemos sido capaces de darnos cuenta de algunos maltratos que permitimos y de abusos que no nos correspondía dejar continuar.

Posiblemente hayamos vencido, o por lo menos minimizado, algunos mitos sobre nuestra valía personal, sobre nuestra capacidad y sobre nuestro lugar en el mundo. Tal vez ya nos hemos dado cuenta de muchos juegos que jugamos porque creíamos que el ganar estaba ahí, aunque realmente estuviera en otro lado. Tal vez hayamos comprendido que las victorias no están afuera, así haya gente empecinada en lo contrario, también en ese entendimiento no es posible hacernos a un lado y dejarlos ahí en su “neurosis”.

La vida al límite era una forma de disfrazar los electro–choques psicológicos que nos mantenían vivos. Ese tal vez es otro buen mito creado por la publicidad para mantenernos consumiendo ¿Cuál es el límite? ¿Para qué queremos estar ahí? Tal vez sea para seguir solo huyendo, pero a estas alturas probablemente ya estemos cansados de huir, no sé de qué, pero cansados en todo caso.

Mis padres conciben la muerte como algo cercano

Es un hecho que mis padres hacen sus cuentas distintas. Ya no les importa tanto el tiempo que les requerirá hacer algo sino el hecho de si ellos mismos tendrán tiempo para lograr hacerlo. La conversación es si alcanzarán a llegar antes de que se les acabe el tiempo, ya no importa ni siquiera si podrán o no podrán. Las cuentas se basan en cómo estarán posiblemente en algún momento del futuro para poder vivir eso que quieren vivir.

Para mí es una conversación dura cuando la escucho pero, siendo racionales y desapasionados, es una conversación que acepto y que reconozco que es real. Por ahora lo mejor que puedo hacer es aprovechar al máximo cada segundo que paso con ellos, disfrutarlos al máximo, para no tener deudas de ninguna clase. Estoy convencido de que la gente no para de llorar en los funerales no por la pérdida del ser querido sino por las deudas con las que quedó con esa persona, por los pendientes que se van a la tumba.

Hago cuentas con el tiempo que queda

Yo también hago cuentas con el tiempo que queda. Debo reconocer que todavía me da algo de escozor pensar todo lo que me falta para seguir cotizando para la pensión que nunca recibiré… pero a la que es obligación seguir aportando… menuda paradoja. Hago cuentas de si posiblemente pueda recorrerme Europa antes de que estalle la tercera guerra mundial o si podré ver a mi hijo convertirse en lo que él quiere convertirse.

Falta muchísimo tiempo para eso y lo más loco del asunto es que no sé si incluso para mañana amanezca con vida, si me dé un cáncer terminal dentro de seis meses o una bala perdida me fulmine dentro de diez años.

Solo queda la tranquilizadora idea de vivir un día a la vez, un día a la vez y un día a la vez…

 

*

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https://mantenlosimple.com/2015/11/23/sin-tiempo-para-tonterias/

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Un comentario en “Un día a la vez

  1. Un comentario suelto que me han dejado en una conversación suelta:

    “Habrá quien diga que esa postura es de “un flojo” (como ya me lo dijeron a mi)…Trabajar horas de más, no ser competitivo y perseguir el tan anhelado exito. Quien será el cobarde? El que se atreve o el que no renuncia por miedo o por incapacidad…”.

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