Una pregunta peligrosa

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– Yo sé por qué quiero acabar con eso

–¿Por qué?

–Porque me metí en esa relación en un momento de mucha soledad y ambos nos sentíamos igual. Adicional a eso no puedo negar que la pasamos bien, pero en el fondo estoy más por su compañía y por la costumbre de estar con alguien que porque en realidad me llene de verdad. Hmmm, pensándolo bien, hasta me da “cosa” pensar en qué haré los sábados en la tarde o qué hago si me invitan a una fiesta porque no tendría con quién ir.

–¿Y entonces…? ¿Qué te impide cortar con eso de una vez?

–Pues lo que te digo, yo sé cómo están las cosas, en cierta forma me sirve estar ahí, es como un “pequeño sacrificio” que hago. Tampoco es tan malo…

–¿Entonces para qué te estás preguntando si quieres seguir ahí?

–Porque sé que en algún momento tengo que cortar eso, pero no sé si hacerlo…

Probablemente tengas muchas explicaciones en torno a lo que te pasa, o te estés empezando a obsesionar con hallar una explicación nueva. Escucho seguido la inquietud de que “yo tengo un problema…” y luego viene la descripción detallada del problema, para después pasar a una larga explicación de por qué se da el problema, cómo se manifiesta, quién interviene, cuál fue el evento que desencadenó todo e incluso sobre los efectos posibles o reales que genera eso que hacemos. Tampoco hay que perder de vista que los psicólogos nos hemos encargado de “posicionar y popularizar” el término “trauma”, entonces cualquiera se inventa uno para explicar cualquier problema presente. Casi todo genera un trauma (o “rayón” que llaman) y ese evento explica todo de ahí en adelante.

El asunto es que tenemos la cabeza llena de explicaciones y las cosas siguen igual. Luego viene la pregunta con un cierto aire de angustia ¿Entonces qué puedo hacer? ¿Por qué todo sigue igual?

¿Dónde está el peligro?

El peligro está en que todo sigue igual porque las explicaciones (de cualquier cosa) terminan siendo bastante tranquilizadoras. Hemos construido todo un sistema social, científico y educativo alrededor de tener explicaciones para las cosas. Igualamos con facilidad la explicación con la solución, cosa que es bastante riesgosa puesto que saber que algo existe puede darnos pistas para su solución, pero en sí está lejos de ser la solución misma.

Desde manuales de supermercado para interpretar 10.000 sueños hasta videos en Youtube para entender por qué los Illuminati conspiran para ocultarte que la atmósfera de Marte es respirable. El asunto es que hoy día tenemos explicación para todo y “sacamos pecho” y nos sentimos orgullosísimos de [creer] saber por qué ocurren las cosas, incluso así tengamos una sola explicación y nos neguemos aceptar más explicaciones alternativas.

El problema es que, aunque tengamos la explicación, rara vez hacemos algo con ella. El peligro es que nos quedamos estancados ahí y si nos identificamos con la explicación entonces empezamos a definirnos a nosotros mismos a través de ella y luego de la definición actuamos desde ahí para seguir perpetuando esa idea fija que nos armamos en la cabeza. Inconscientemente nos habituamos a justificar un círculo vicioso. ¿Qué explicaciones tienes sobre ti mismo (a)?

Y entonces ¿Cuál es la pregunta peligrosa?

Esta pregunta incómoda, esta pregunta que nos saca de la zona cómoda y de la supuesta confusión es: ¿Qué vas hacer?

Cuando nos preguntamos qué vamos hacer ya no importan las explicaciones. Cuando le pregunto a alguien qué piensa hacer, qué puede hacer, es común que arranque su respuesta diciéndome de nuevo otra versión de la explicación y me corresponde detenerlo. Le digo ¡Para ahí! ¡Detente! ¿Para qué me das de nuevo otra explicación? Además que las explicaciones empiezan a sonar como justificaciones elaboradísimas.

De nuevo le pregunto ¿Qué vas hacer? Esta pregunta desencaja el esquema. Esta pregunta obliga a tomar las riendas del asunto, responsabilizarse y actuar. Es incómoda, es peligrosa porque sacude la comodidad y la calma de las explicaciones.

Puede pasar que decidir qué hacer estimule una salida para mantener el juego de reforzar la explicación, pero la habilidad consiste en devolver la solución en términos de: ¿Qué vas hacer distinto a lo que vienes haciendo?

Lanzamos la pregunta y nos sentamos a esperar. Nos quedamos en silencio, nos quedamos con la incomodidad ¿Te ha pasado? Sí, por eso es una pregunta peligrosa, porque te obliga a tomar partido, es una pregunta que te obliga a dejar de engañarte, a dejar de mentirte y hacerte cargo de salir de donde estás.

¿Cómo uso la pregunta?

Sencillo, acabo de mencionarlo. Te puede salir muy barato cada vez que te ocurra. Basta con que te preguntes en serio, sin engañarte, sin trucos. Basta que te cuestiones sobre lo que quieres hacer realmente y  lo que te impide hacerlo.

Una técnica sencilla es preguntarse también: ¿Si esta situación siguiera otros seis meses u otro año qué le pasará a mi vida? ¿Cómo me veo dentro de un año metido en este enredo? ¿Soy capaz de seguir aquí dejando las cosas tal cual están? Ve despacio, revísate, estas no son respuestas fáciles. Adicional a esto, sea lo que sea que te respondas, ya no podrás engañarte más a ti misma, así que si no tomas una decisión y no actúas en consonancia es tu problema, de nadie más.

Entonces, de nuevo… ¿Qué vas hacer?

*

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2 comentarios en “Una pregunta peligrosa

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