Tal vez los minimalistas no nos hemos hecho entender

insaciable

Vivimos bombardeados por la frasecilla que ya suena a cliché: “vivir la vida al límite”. Aquí hablamos sobre minimalismo y esculcando en la blogosfera, hay algunos confundidos que hablan de “vida al límite sin dinero”, como si eso fuera lo mismo que minimalismo. Se puede ser un multimillonario minimalista, también se puede ser un miserable lleno de cosas, de deseos, de afanes, al final un miserable maximalista.  No sé si vivir al límite se refiera a no saber cómo sobrevivir el mes siguiente o viajar por el mundo sin un moneda en el bolsillo o volar en globo sobre el Himalaya. Cada quién definirá su narración de eso.

Minimalismo es solo vivir la vida, es estar con los ojos abiertos sin intentar nada, sin estratagemas, sin manipulación, es pura sencillez. El minimalismo es quizás más complejo y exigente que el maximalismo, porque en la ética maximalista el juego es simple: se basa en tener más y más de todo, sin detenerse, sin límite, sin equilibrio, tener más que los demás y ser el mejor haciéndolo.

En el minimalismo el reto el soltar, dejar ir, tener mucho hoy y poco mañana, es sencillez esencial, es despojarse de los adornos y los títulos, es pura inocencia, descubrimiento, hoy un hotel cinco estrellas y mañana un pulguero junto a la carretera, y ambas son experiencias igual de valiosas, algo que no nos distrae de nuestra genuina capacidad de asombro.

Tal vez los minimalistas no nos hemos hecho entender. Vivir la vida al límite por arriba o por abajo siempre tiene sus riesgos. Si te vas muy arriba está el riesgo de caer por el barranco, si te vas muy abajo corres el riesgo de arrastrarte y acomodarte a la tierra firme. Quién sabe, puede llegar a ser más excitante el reto de mantenerte en pie sin rodar por el barranco. Osho lo explica con la simpleza que lo caracteriza:

“La sencillez no es un requisito, sino una consecuencia de la inocencia, algo parecido a tu sombra. No hay que intentar ser sencillo; si intentas ser sencillo, el intento mismo destruye la sencillez. No se puede ejercitar la sencillez, porque esa sencillez sería superficial; la sencillez ha de seguirte como una sombra. No tienes que preocuparte por ella, no tienes que mirar constantemente por detrás del hombro para comprobar que te está siguiendo. Esa sombra no tiene más remedio que seguirte.

Alcanza la inocencia, y la sencillez te llegará como un regalo de Dios.

Y la inocencia significa la transformación a la no-mente, al no-ego, abandonar toda idea de objetivos, logros, ambiciones y vivir lo que sucede en el momento

(…)

Puedes llevar una vida sencilla, imponerte una vida sencilla, pero no será sencilla. Y puedes vivir en un palacio, rodeado de lujos, pero si vives en el momento llevarás una vida sencilla. Puedes llevar una vida de mendigo pero no serás sencillo si te has  impuesto el esfuerzo de ser mendigo. Si ha pasado a ser tu carácter no eres sencillo. Sí, de vez en cuando incluso un rey lleva una vida sencilla —no sencilla en el sentido de que no tenga el palacio y muchos bienes, claro que no—, sino que no es un acaparador, un posesivo.”.

La otra trampa de la vida al límite es que pareciera no haber límites y al buscar estirar cada vez más los límites, no encontramos dónde llegar. Nada nos detiene, vivimos en estado de deseo permanente, es decir, en maximalismo, escalando a toda hora, sin pajaritos que escuchar, sin mariposas que observar, sin flores para oler, siempre detrás del siguiente límite porque “la vida hay que vivirla al límite”. Una vida así deja de ser una vida de descubrimiento.

La promesa de la sencillez se me hace compleja, la sencillez no es sencilla, sobre todo en este mundo de hoy. Hay mucha presión, ya hay mucho discurso comprado y un sistema completo que funciona gracias a ese discurso. El minimalismo en masa haría colapsar el sistema en una semana, pero salvaría la vida en la Tierra por siglos. El asunto está en que no estamos listos para recibir ese “regalo de Dios”, porque ni siquiera sabemos cuál es nuestro dios o ya no creemos en él. Nadie espera nada de un dios que se describe con números, de un dios del que tiene serias dudas.

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