A mitad de camino: La falacia de la iluminación prematura (la decoración del ego) (Parte 2)

II “Los peligros de la experiencia mística y el ego espiritualizado” (p. 105)

Continuamos donde dejamos en la primera parte. Ahora nos adentramos en una de las arenas movedizas más complicadas de la vida espiritual y en la que varios nos hemos perdido: las experiencia místicas. Caemos fácil en dar importancia a visiones o sensaciones que luego es difícil integrar a la vida diaria.

La búsqueda de experiencias místicas y en general el afán de reconexión con lo «divino – espiritual» no es ninguna novedad. El asunto es que las puertas de acceso a esta búsqueda han variado y hoy día, frente a la inagotable oferta de literatura, gurús, maestros, experiencias y enteógenos, nos arriegamos a múltiples peligros que son un deleite para el gran creador de ilusiones que es el ego.

2.514 palabras, 13 minutos de tiempo de lectura.

Un primer aspecto es que las experiencias místicas en sí no son ni buenas ni malas, lo que nos libera o nos esclaviza es lo que hacemos con ellas después de vivirlas y cuando entran a la esfera del ego. Cuando no estamos bien enraizados a esta realidad y no asimilamos la vida tal y como se presenta, corremos el riesgo de emplear la experiencia mística como una forma de evasión disfrazada de “búsqueda de respuestas” y de “contacto con mi yo superior o mi alma” (porque incluso tampoco sabemos con qué nos “conectamos”). Esta es una gran fuente de confusión.

Adicción espiritual

Al respecto, Caplan menciona que:

“La adicción espiritual es igual que cualquier otra adicción, como la obsesión por las drogas, el alcohol o la comida, sólo que en este caso el objeto del deseo es la práctica espiritual y la experiencia mística. (…) La adicción espiritual se convierte en una emergencia cuando el individuo llega tan lejos o se halla tan necesitado de su “enganche” que llega a ser irresponsable de su propia vida y/o engaña a otros. (…) La gente se vuelve adicta espiritual por las mismas razones que se vuelven adictos a cualquier otra sustancia. Sufren, están heridos y buscan salir de su sufrimiento -en lugar de pasar a través de él-.”. (p. 111 – 112)

La búsqueda de estos “subidones” espirituales puede volverse una práctica común y las drogas psicodélicas se han convertido en un vehículo expedito para esto.

Leyendo a Caplan, y producto de mis errores y experiencia, creo que en principio nos aproximamos a estos eventos sin tener suficiente respeto por el “más allá” o el “más acá”. En esa arrogancia o desdén, terminamos sin saber dónde estamos y la emergencia espiritual termina quemándonos.

A todo esto, se une la realidad del materialismo espiritual que, aunque no es nueva, recientemente se ha popularizado y masificado aún más:

“El materialismo espiritual es un apego al camino espiritual en tanto que realización o posesión sólida” (Cita de Judith Leif) (p. 117). El ego puede apropiarse de las experiencias espirituales para sus propios fines o para su inflación autoindulgente, alejándose de las verdaderas exigencias, el dolor, malestar y dudas del sendero espiritual genuino.

Al respecto reflexiona sobre el “mercadillo” actual:

“La gente va de su rinpoche tibetano o su profesor de hatha yoga, a su terapeuta transpersonal o a su instructor de meditación, tomando trozos y fragmentos de cada uno y adquiriendo una gran colección de bendiciones, técnicas, herramientas y métodos espirituales”. (p. 119)

El ego espiritualizado (ego decorado)

El ego espiritualizado es una variante “actuada” del materialismo espiritual. Quizás sea la más sutil y socialmente aceptada, porque es la que más vende y ayuda a ganar adeptos (clientes):

“(…) Los egos espiritualizados tienen su propio juego: hablan en un tono suave y espiritual; crean un cierto brillo facial o un aura que han aprendido a irradiar; gozan de “intensas” experiencias espirituales regularmente; conocen la respuesta dinámicamente correcta en cada situación”. (P. 120)

El ego espiritualizado puede convertirse en una trampa invisible y difícil de discernir porque termina volviéndose en un personaje “políticamente correcto” que muestra una “manera de ser” deseable para otros que “se sienten lejos de esa vibra” y la convierten en un ideal de vida. Para quien representa el papel del ego espiritualizado, cuando ve el efecto que genera, se embriaga de todo este refuerzo y se apuntala más en su máscara del “personajillo especial e iluminado”.

Como lo mencionamos en la entrada anterior, el ego es un instrumento para estar aquí, es una consciencia instrumental, un recurso funcional. El ego en sí mismo no tiene experiencias espirituales, porque su función es presenciarla e integrarlas al torrente de la vida (memoria), pero al hacerlo no le corresponde identificarse o tomar partido por tales experiencias. El ego no puede ir más allá de donde está ahora mismo.

El ego espiritualizado es a prueba de balas y de toda crítica o fisura conceptual. Ha pasado por todos los libros, se ha certificado con los mejores maestros, ha tenido varias experiencias místicas, se le ha revelado esto o aquello, ha estado en más “talleres” que el resto, tiene una cuenta en Instagram nutrida de seguidores (que también quieren una receta para “espiritualizar” su ego) y calladamente construye una forma de desdén por los “otros egos” que no “conocen” y no “comprenden” las verdades que él ya domina. ¿Lo ves? Son fuga y disociación sofisticadas.

Pero en el fondo, la bendición del ego espiritualizado (materialista) es que cuando despierta se da cuenta de que está estancado o que incluso ha retrocedido. El asunto es que nos tardamos en darnos cuenta y en ser realistas, lo que alimenta el sufrimiento y la ilusión. Reconocer estos estados de gracia y seguir adelante sin apegarse de ellos es otro de los grandes desafíos necesarios dentro del camino espiritual.

El orgullo espiritual es otra de las trampas del ego espiritualizado (decorado). La experiencia mística apropiada por el ego nos hace creer que hemos sido merecedores de la misma por lo especiales y singulares que somos (inflación autoindulgente). Al ego le encanta sentir que entró a “otra liga”, que está en un escalón que le ayuda a ver por encima a otros egos o a ponerse a la par de sus egos idealizados (maestros, gurús, etc.). El ego llevó la espiritualidad “al siguiente nivel”.

El apego espiritual a la experiencia mística es otra trampa en el camino de la iluminación. Como esta nos ayuda a distanciarnos de las limitaciones y presiones de la vida material ordinaria del ego, buscamos “quedarnos ahí”, sostener esa sensación de haber vuelto a casa así sea por un instante, pero eso es tan complejo como irreal porque el ego funciona en un nivel en el que estas realidades no encuentran cabida. Por eso nos quedamos aferrados “a eso que vivimos” en un callejón sin salida de irrealidad e imposibilidad de réplica.

Lo que recordamos de esas experiencias son los fragmentos de memoria que el ego pudo retener, pero no son la experiencia misma, incluso es difícil lograr hablar de ello por su inmensidad y profunda carga simbólica. He estado en esos encuentros grupales (con fogata incluida) donde esos egos decorados han terminado mencionando lo que les ha pasado, lo que han visto y lo que “logran ver” (lo especiales que son), para ponerse a prueba con otros egos. Es vomitivo, se me ha notado el malestar… supongo… porque tampoco me han vuelto a invitar.

El anhelo por volver a vivir la experiencia, por traerla de vuelta, se convierte en un deseo en sí mismo, junto a otros deseos y, como aclara el budismo, el deseo es una fuente de apego y el apego a su vez causa sufrimiento… es un bucle sin fin, a menos que nos demos cuenta de la bella decoración que le ponemos a una casa que tiene la pared llena de hongos y el techo con goteras.

Cuando tenemos estas experiencias deberíamos preguntarnos: ¿qué de todo esto es real?, ¿qué tanto es una proyección misma de mi ego que se transforma en símbolos?, ¿qué tal si todo esto se tratara de una bonita alucinación? Vivir la experiencia mística sin aferrarnos a ella, sin pretender controlarla y sin ponerle etiquetas, es una medida de prevención contra la sobre–identificación (apego) y la “comodidad espiritual”.

La inflación del ego

Caplan lo resume de esta manera:

“(…) la inflación del ego es un proceso por el cual el poder del ego que se ha experimentado, ya grande en su estado expandido, se hincha hasta tal punto que inunda la capacidad de percibir y de claridad. Entre los individuos que han proclamado prematuramente su propia iluminación, muy a menudo se da una inflación del ego. Tal individuo tiene una creencia subjetiva y grandiosa acerca de su propia estatura espiritual y su realización. La inflación puede ser tan imponente y convincente que consuma todo a su paso, incluyendo la conciencia, la discriminación y, a veces, la cordura más básica”. (p. 144)

La inflación del ego es una manifestación de la tendencia narcisista natural del ego. La inflación asume muchas máscaras que ya hemos mencionado: vanidad, autoindulgencia, apreciación exagerada por sí mismo o por el “proceso espiritual” que se lleva, publicidad de los “dones” y experiencias propias, creencia de una estatura espiritual (como si el espíritu tuviera una regla o tamaño de comparación), noción de separación – exclusividad, etc.

Cómo trabajar la decoración – inflación del ego

Lo que se infla es el ego, no nuestro ser esencial que permanece igual, que es simplemente el observador. Tal vez todos en algún momento de la vida nos hemos montado en el ego y hemos llegado a un punto en el que nos hemos tenido que caer, ya sea porque la misma vida nos tumbe, el ego se derrumbe o porque el trabajo consciente nos ayuda a tomar distancia y destruir la ilusión de “inflación” que hemos creado. Como dice la frase: “Subimos como palma y caemos como coco…”.

Un ego inflado, que es a su vez mantenido y alimentado por la realidad externa, se inunda de una experiencia extática, de un “tocar el cielo” que nos hace creer que hay alguna clase de infalibilidad en nosotros, de que somos los elegidos y de que “tenemos la razón”.

Si nos llenamos de seguidores, el asunto se vuelve peor, porque no solo se trata aquí de la inflación, sino de mantener la historia social que ayuda a la inflación; si construyo una imagen alrededor mío como “maestro”, “gurú” o “iluminado” avanzado en las “artes y técnicas espirituales”, comienzo a devenir en un cálculo permanente alrededor de sostener ese ideal, esa máscara del personaje construido.

Por eso también es útil escuchar la voz de algún maestro o guía en el sendero, de nuestros pares o acompañantes, de nuestros familiares (cuando se sienten confiados de hacernos ver nuestros puntos oscuros). Creer que estamos haciendo las cosas bien o que determinada “experiencia espiritual” nos ocurre solo a nosotros, puede ser un serio indicio de que estamos inflando el ego. La dificultad para la autocrítica y la facilidad para encontrar excusas (las cosas me pasan por la educación, la crianza de mis padres, mi género, la sociedad, etc.) son síntomas claros de la inflación del ego. Las trampas de la mente se pueden volver muy sofisticadas en cuanto avanzamos en el camino.

“Guardar las experiencias para uno mismo es un modo poderoso de protegerse de la inflación del ego, especialmente si uno no tiene un maestro que pueda ayudar al individuo a trabajar con tales experiencias. Guardar silencio acerca de las propias experiencias no es un enfoque encubridor del fenómeno, sino más bien un interesante experimento y una consideración valiosa, pues ¿hasta qué punto puede un individuo inflarse por sus experiencias si nadie más sabe que las ha tenido? Las experiencias no necesitan ser contadas y reconocidas para que sean valiosas”. (p. 156)

No se trata de negar u ocultar la experiencia, e incluso negarse por completo a comentar lo que pasa, sino hablar de ella sin que sea esta una forma de “hacer ver” nuestra especialidad y singularidad, lo “avanzados” y “poderosos” que somos porque vivimos cosas que otros supuestamente no viven.

Hacer a un lado la sobre–identificación con una experiencia, don o camino espiritual, es también un antídoto contra la inflación del ego. Yo mismo he caído en esto, viéndome o describiéndome a través de la afiliación o gusto por algo en el sendero espiritual. Al hacer esto, simplemente estoy asumiendo que solo hay un mundo para mí porque es único, bueno y correcto, dejando de ver otras cosas que, cuando me “desinflé”, me di cuenta de que también tenían valor.

El caso contrario también lo he experimentado, es decir, cosas en las que creía o que encontraba trascendentes y que luego de conocerlas, me di cuenta de la “chafa” que representaban… las hice a un lado y seguí mi camino (repito, ¡estoy vendiendo algunos de mis oráculos!).

La pseudo–humildad también es un riesgo enorme. Hacerse pequeño artificialmente es un juego sutil y seductor del ego; es más o menos parecerse a un político en campaña. Puedo estar trabajando en mi camino espiritual y ofuscarme, gritar, tener una rabieta, sentir miedo, dudar o ser presa de la desesperación. Eso no me hace “menos espiritual”, es simplemente parte del camino y del dolor de disolver el ego, del sincero reconocimiento de fallar como humano, no como un perfecto angelito de luz o el espíritu de un árbol o plantita por ahí…

“El gurú interno me guía», «Todo es mi maestro», «Todo es una ilusión», «Todo es uno». Estas afirmaciones son frecuentemente utilizadas por los buscadores espirituales adelantándose a los acontecimientos y presumiendo estar iluminados mucho antes de que sea así. Cada una de tales afirmaciones se convierte en un vehículo para el autoengaño extendido por todas partes, rara vez se entienden y encarnan como las Verdades que representan. También entran en esta categoría las nociones de guía interior, sabiduría canalizada, el yo superior/interior, seguir el propio corazón, escuchar la voz de Dios, la intuición, etc. (…) Pero la comprensión intelectual o la captación temporal son muy distintas del morar permanentemente en la Verdad o la Realidad.”. (p. 162)

Aprender a escuchar, filtrar y comprender las voces interiores, es otra clave para mantener a raya la inflación del ego. Desde luego, una de las conquistas espirituales más radicales a las que podemos aspirar en la vida es a darle el lugar que se merece a nuestro maestro interior, pero sin preparación, podemos enredarnos en muchas voces o sub–personajes preparados por el ego. El maestro interior susurra, da pistas, aguarda a que decidamos, no etiqueta, no juzga, aguarda silenciosamente… y todo eso no le gusta al ego que hace todo lo contrario.

¿Alguna vez has hecho un ejercicio de “diálogo de voces”? Es decir, conversar con tus personajes interiores. Desde luego, no es fácil, pero te ayuda a descubrir y comprender los personajes que cargas y todo lo que tienen para decirte. Si le das poder a uno de esos personajes, se convertirá en tu amo.

¿Te suena algo de esto…? Bienvenidos los comentarios y el debate. Nos encontramos en la próxima entrada.

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2 comentarios en “A mitad de camino: La falacia de la iluminación prematura (la decoración del ego) (Parte 2)

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