Cómo nos definen las intenciones

Caemos fácilmente en la ilusión de creer que podemos juzgar lo que somos y lo que son los demás simplemente por lo que hacemos o les vemos hacer. Este es el error común de la mente en la superficie, del estado de consciencia adormecida en el que constantemente vivimos. Realmente hay razones más profundas y simples para comprender por qué actuamos de determinada manera.

El reino de la polaridad

Vivimos en este mundo definido por la polaridad. Pocas veces en la vida lo pensamos porque damos por sentado “que las cosas son así”. Esa es parte de la ilusión esencial de lo que llamamos existencia.

Básicamente vivimos entre la luz – oscuridad, acción – reacción, causa – efecto, masculino – femenino, arriba – abajo, sí – no… y todo ocurre según el punto de referencia desde donde miramos las cosas.

Hemos consagrado toda nuestra cultura alrededor de la idea del bien y el mal. Creamos la ley con la ilusión de “traer el bien” y creemos que la ley por ser la ley está bien. Esta ilusión de lo correcto y lo incorrecto es posiblemente una de las mayores distracciones que hemos inventado.

Cuando te chocas en tu auto todo es rabia, molestia y dolor para ti y tu compañía de seguros. Pero es alegría y alivio para el dueño del taller y el mecánico que tendrá trabajo reparándolo. Donde tu ves caos y molestia hay otro que ve una oportunidad de llevar el pan a su casa.

Yendo un poco más lejos, vivimos en función de “obtener placer y evitar dolor”.

 

[Detente y piénsalo despacio…]

 

Lo que hacemos todos los días, desde que nos levantamos hasta que nos volvemos a dormir (inclusive el acto de dormir), está encaminado a que ocurra una de las dos cosas: obtener placer, evitar dolor. Nos han enseñado que hay varias emociones. En realidad, solo hay dos: amor y miedo, confianza y desconfianza, atracción rechazo.

Huimos o nos acercamos, y en ese ejercicio permanente es donde buscamos el equilibro. Lo que hay a mitad de camino entre el del amor y el medio son los matices de todo eso… otra cuestión es que lo etiquetemos y lo asumamos como “emociones”.

Nuestras intenciones nos definen

Hace años estuve en una formación en coaching ontológico y nos repetían casi como un mantra una idea con la que me cuesta estar de acuerdo: eso de que “somos los que hacemos” y su variante, “nuestros actos nos definen”.

Me tardé muchos años para lograr comprender por qué era que no estaba de acuerdo y por qué la encuentro riesgosa, especialmente en un contexto de ayuda como el del coaching.

Pero el punto es otro: ¿En serio somos lo que hacemos? En el fondo somos nuestras intenciones, nuestras intenciones nos definen. Lo que hacemos para satisfacer nuestras intenciones es lo que viene después, es la cáscara y normalmente nos la pasamos juzgando un huevo precisamente por su cáscara, no por lo que lleva adentro.

¿Para qué hacemos lo que hacemos? Esa es de fondo la pregunta importante; en la respuesta a esa pregunta es donde encontramos las definiciones y la comprensión profunda de nuestra dualidad, de nuestras creencias, nuestros miedos, nuestras confianzas y, en síntesis, de la razón misma por la que actuamos como lo hacemos. Queremos sentirnos seguros y queridos.

Sí, hasta Hitler con su genocidio y con su disculpa de la superioridad de la raza Aria estaba buscando sentirse seguro y querido. No nos diferenciamos tanto los unos de los otros, lo que cambia son los métodos que empleamos. Hay quienes montan una fundación y hay quienes se perpetúan en el poder, pero al final queremos lo mismo para sí mismos y para los que están cerca de nosotros.

¿Qué tanto sabes de tus intenciones?

En cada cosa que decimos, pensamos y hacemos está el pegante de la intención. Eso es lo que aglutina. Por eso fracasamos en tantas cosas que emprendemos, porque la intención no se corresponde con el acto, no estamos pensando coherentemente.

Cuestiónate un momento las intenciones de lo que haces; sé que con facilidad vas a caer en las justificaciones y en la autocomplacencia. Quizás si te pregunto para qué te mueles en el gimnasio horas y horas haciendo ejercicio digas que es para sentirte bien y estar en forma, razones que, “en la cáscara”, suenan “buenas y razonables”. Sin embargo, podemos seguir taladrando hasta llegar a otras intenciones relacionadas con “sentirte seguro y querido”. No digo que sea siempre el caso, pero el gimnasio… sumado a la apariencia física, suelen ser un buen ejemplo.

Entonces: ¿Cuáles son tus intenciones para hacer todo lo que haces?

El conocimiento de las intenciones tiene un profundo poder sanador. Casi que se podría re–construir una psicología completa alrededor de las intenciones y nos podríamos volver seres más adultos y empoderados, porque ya no importaría “echarle la culpa de todo” a nuestros padres y lo que hicieron con nosotros durante nuestra infancia, sino que comprendemos de qué tenemos que hacernos cargo: de que ya no necesitamos sentirnos seguros y queridos como cuando éramos niños pequeños, sino que ya tenemos la mayoría de edad para comprender que siendo uno con uno, siendo quienes ya somos, es suficiente para sentirnos parte del todo.

No hay intención, no hay manipulación ni hay cuentos en eso, es solo unidad.

 

🙂

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