El botón caliente

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¿Con qué reaccionas? Quizás crees que lo sabes, pero en el fondo es pura ignorancia. Lo peor es que incluso llegamos al punto del cinismo y no asumimos que reaccionamos: ¿Reaccionar yo? ¡Pero si soy solo paz y amor! Esa es una de las falacias fundamentales en las que vivimos: todos tenemos un botón caliente, un botón que nos dejamos tocar y que cuando se activa reaccionamos.

Ese botón se va configurando. Nacemos con él, como un potencial, está puesto en el tablero de nuestra vida y por ensayo y error lo vamos integrando al cableado central de las fuentes de sufrimiento en las que vivimos.

De pequeños vivimos en un permanente experimento donde sondeamos los límites de nuestra realidad, de lo que queremos hacer, de lo que efectivamente vemos que podemos y lo que finalmente nos permiten hacer.

Sirve para adaptarnos y sobrevivir

Cuando nos dicen “sí”, “no”, “bueno”, “malo”, “correcto”, “incorrecto”, “peligroso”, “confiable”, le vamos añadiendo líneas de código al funcionamiento de ese botón y aprendemos a construir todo un programa para aprender a vivir en lo que llamamos “realidad” o por lo menos para estar en el conjunto de lo que sea que nombremos y entendamos como tal.

Esa fina e intrincada pieza de software interior se va volviendo un programa que funciona en segundo plano, o dicho en términos psicológicos, en el “inconsciente personal”. No me pondré teórico. En todo caso, la cuestión se resume en que ese programa tiene unas “llaves” que lo activan.

Ese programa lo usamos para pretender estar aquí, tener un sentido de identidad, definirnos y saber cómo actuar el acto que actuamos con los demás. Una forma técnica y sofisticada de nombrarlo es “personalidad”, o lo que es lo mismo, esa narración sobre lo que creemos que somos y que estamos convencidos de que es más o menos fija… y que en casos muy extremos he oído decir a mucha gente que es “imposible de cambiar… eso nunca cambia”.

Este programa tiene una utilidad transaccional; con él tomamos posición frente a determinadas situaciones y para no tener que pensar mucho sobre ellas, entonces generamos una rutina de manipulación–reacción.

¿De qué va esto? Buscamos amoldar la “realidad” para que funcione como “queremos”. Por ejemplo, si pensamos que determinada idea es la correcta y alguien piensa diferente entonces comenzamos a generar un arsenal de pensamientos, reacciones, opiniones y juicios contra esa persona y sus ideas… y así por el estilo.

¿Todavía te queda alguna duda de cómo funciona esto? Entra a Facebook y lee las opiniones que escribes y las que escriben la mayoría de tus contactos ¿De qué van? ¿Hacia dónde se dirigen? Quizás este blog completo sea un ejemplo de eso: un compendio de mis botones calientes. Haz memoria de la más reciente contienda política o de esa amiga vegetariana que está convencida de que los tomadores de leche y comedores de carne están muy por debajo de ella en la escalera de ascenso al cielo y la moral perfecta.

Cada que tomamos posición frente a algo nos contraemos, nos alistamos para una reacción; creemos estar claros frente a lo que ocurre y resulta que lo que se activó fue uno de los botones que ya tenemos configurados. Nos sentimos muy integrados, muy coherentes, muy claros, pero es todo lo contrario, nos ponemos un manto en el rostro y nos quedamos viendo lo que queremos ver, pero nada cercano a “lo que es”, a las “cosas como son”.

Es una zona de confort

El botón hace parte de nuestra zona cómoda, de lo conocido. Hace parte de la tranquilizadora explicación del “yo soy así” (que en algunos casos va acompañada de un “¡Y qué…!”). Nos vemos actuando desde el mismo lugar una y otra vez.

Es un círculo vicioso, repetitivo. Nos parece que está bien y en esa creencia nos distanciamos de los demás; entonces es ahí cuando vemos a los demás “equivocados”, diferentes, contrarios ¿Cómo nos verán a nosotros? ¿Cuáles son los botones de esas otras personas?

Desde luego hay botones coincidentes. Quizás por caminos distintos desarrollamos botones que en un caso u otro reaccionan más o menos parecido. En la mayoría de los casos los botones que detestamos de los demás es porque efectivamente son los mismos nuestros. En mi caso desteto la gente desesperada… porque yo mismo soy el más desesperado e impaciente de todos. Odiamos en otro primero lo que odiamos [inconscientemente] en nosotros mismos.

Algunos botones comunes

Puede que sea pretencioso decir que hay una lista de botones estándar. Quizás pueda hablar de algunos comunes y fuertes; veamos:

  • El sentido del deber y la obligación
  • Tener la razón
  • El sentido de posesión
  • La envidia / carencia
  • Los celos
  • La avaricia
  • El miedo
  • La imagen pública
  • La necesidad de afecto / admiración

Estos son solo ejemplos. La lista puede ser más larga, pero estos botones se ven seguido.

Cómo desactivarlo

Los botones están ahí. En un momento se activaron para prestarnos un servicio de discernimiento sobre la realidad, pero el problema es que nos quedamos pegados a ellos, asumimos que son una herramienta correcta y confiable para estar en el mundo, cuando en realidad no es así.

Puede que en algunos casos nos presten servicio, pero al mismo tiempo nos nublan de la posibilidad de ver las cosas con claridad, nos ponen una venda que nos impiden ver la vida tal y como se expresa. Veo la publicidad de conferencias y seminarios sobre mindfulness. La consciencia también se volvió un “producto”, un “bien de consumo”. Pagamos por la “conversión” al nuevo estado de gracia e iluminación posmoderna, pero nos aterra el silencio, meditar, actuar con consciencia, cuestionarnos nuestro actual estado de vida, asumir una práctica, sentarnos y dejar de darnos tanta importancia y en el proceso, dejar de darle importancia al ilimitado listado de superficialidades, estupideces y contradicciones en las que nos hundimos cada vez más.

Hacernos conscientes es el tiquete que nos corresponde ganar para quitarle poder al botón caliente. Primero hay que identificarlo y saber dónde está; una vez hecho esto, procedemos a ver cómo está conectado y poco a poco lo desconectamos de modo tal que nos aseguremos de que no se vuelva a reconectar.

Esto se puede hacer incluso en el momento mismo en que se activa: Estás justo en ese momento en que oyes a alguien decir una sandez y te carcome la ira… ¿Qué te enseña esa ira? ¿Qué te muestra de ti? ¿Por qué le pones tanta energía y atención? En el momento en el que te detienes y no reaccionas, justo cuando te haces consciente de esto, la rabia es algo que muestra algo, pero no es el torrente que nos arrastra a reaccionar sin cauce ni contención. No es control, quizás la idea del control sea otro botón. Aquí soy reiterativo con el hecho de que fluimos con las circunstancias.

¡Nadie dijo que fuera fácil! Tal vez esto tome el curso de una vida. Casi nadie quiere atorarse en su miseria y tomársela en serio, respetarla mientras la observa. Esa es una de las implicaciones de mirar hacia adentro; puede que haya un fango pegajoso del que no podamos salir y que nos hunda más y más cada que tratemos salir de él. Pero la cuestión está en preguntarnos: ¿Qué es lo que hemos hundido en ese fango? ¿Qué mandamos para esa letrina?

Lo enterramos ahí pero no muere; quizás mute o se conserve tal cual, pero no es algo de lo que podamos huir. Vive con nosotros para siempre y luchará por salir cada que pueda a menos que hagamos algo consciente por apreciarlo y trascenderlo.

¿Cuáles son tus botones calientes? ¿Cuál esa mano que los activa?

 

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