Por qué nos damos látigo

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Si hay un lugar donde nos habitan demonios es en nuestra propia cabeza. Somos la causa de lo que nos ocurre, ya sea porque nos lo hacemos o porque permitimos que nos lo hagan. Con esta entrada empiezo una serie para revisar por qué nos “damos látigo”, cómo nos castigamos y qué podemos hacer para erradicar esa tendencia. Entremos en materia.

Algunas razones de por qué nos damos látigo

1. La educación en la niñez desde los padres, la religión y la escuela:

Nos enseñaron a dos cosas que son letales para la autoestima: a creer que lo correcto era lo que otros dijeran o pensaran por nosotros, y a dudar de nosotros mismos, de nuestro criterio y de nuestra capacidad para pensar críticamente sobre lo que nos ocurre. ¿Todavía no lo entiendes? Piensa en lo siguiente: si todavía hay una vocecita que te dice que “Dios te va a castigar…”, o que “La Biblia (o el Corán, o lo que sea) dice que tal o cual cosa…”, o si a tus 30 o 40 años todavía te preocupa la opinión de tus padres, tu familia, tus jefes, compañeros o amigos… vas por este camino.

2. No aprender a perdonarnos a nosotros mismos:

Entonces, si no aprendimos a confiar en nosotros mismos, también aprendimos a vivir con culpa. La culpa es ese sentimiento de temor permanente a defraudar a los demás y a ser castigados por ellos. La culpa se vuelve real o imaginaria, pero en todo caso ahí está, no se va, no se quita. Nos seguimos castigando con el tiempo y mucho después de ocurrido el evento lo seguimos haciendo porque nos definimos a sí mismos a través de lo que otros juzgan y dicen de nosotros.

3. Abandono–rechazo, maltrato y abuso:

Estas son las manifestaciones más palpables del trato sin amor. Empiezan por la crianza en casa, pero se aprenden como patrones de vida que seguimos reproduciendo hacia nosotros mismos y en nuestras relaciones. Como se vuelve el mundo conocido, buscamos relaciones en las que este patrón se repita. Maltrata a tus niños o deja que presencien maltrato en casa… espera un tiempo ¡Y adivina qué! Seguirán permitiendo que ese patrón se perpetúe y se repita en sus vidas. No es una ley inexorable ni una relación causal directa, pero cada vez hay más evidencia que muestra eso.

4. Perfeccionismo exagerado:

Ya he tocado el tema a profundidad en otras entradas (Por qué el perfeccionismo es letal para la simplicidad Parte 1 y Parte 2, y Cómo superar el perfeccionismo), el asunto aquí es que nos damos látigo porque nunca nada ni nadie es “suficientemente correcto para nosotros” y muchísimo menos somos lo “suficientemente correctos para nosotros mismos”. Siempre esperamos resultados con unos estándares elevadísimos, muchas veces irreales, y nos castigamos a nosotros mismos si las cosas no salen como nos las imaginábamos.

5. Competitividad:

Cercana a la idea del perfeccionismo está esa inseguridad producida por la idea del merecimiento a través del logro de resultados comparativamente superiores a los de alguien más. Nos consideramos buenos o malos si “logramos determinado resultado” y si “somos mejores que… tal o cual persona o situación”. Si “perdemos”, este evento se convierte en una tremenda fuente de auto–castigo.

6. La desconexión con el presente:

La dificultad para soltar el pasado y seguir anclados en cosas que ya nos pasaron y que no hemos sido capaces de superar, es una manera de darnos látigo. Algunos todavía nos castigamos y nos cuestionamos por cosas que hicimos hace diez o doce años… y la vida en el presente se nos va sin darnos cuenta, se nos va sin vivirla. Nos seguimos criticando y menospreciando por cosas que hicimos siendo los que éramos en esa época y, peor aún, nos seguimos definiendo hoy día por eso que hicimos hace tiempo como si todavía fuéramos la misma persona o como si en verdad fuéramos una sola versión de nosotros mismos.

Antes de irnos te dejo estas preguntas: ¿Qué te enseñaron y qué aprendiste en torno a la culpa? ¿Con qué te sigues castigando? Si crees que tu lección de vida le sirve a alguien más, siéntete en libertad de compartirla en un comentario para que todos aprendamos.

 

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