Nota de agradecimiento al zapato volador y al cinturón envolvente

Hace poco leí una frase que decía: “Mientras no escuches al lobo, solo tienes la versión de Caperucita”. Antes de seguir, dejo en claro que estoy totalmente en contra del maltrato infantil y mucho más si se usa para “educar” a través del castigo, la intimidación y el miedo, pero sentado en este momento de la vida creo que no me resta más que burlarme un poco de los zapatazos que recibí y de las muendas que me dieron. En su momento significaron un dolor tremendo, pero hoy día también soy capaz de ver que me salvaron de rodar por algunos abismos. ¿Te pasó a ti?

El zapato volador

Tuve la inmensa fortuna de crecer en una acogedora casa de dos plantas. Cuando hablo del zapato volador me refiero a la asombrosa capacidad que tenía mi mamá de quitarse el zapato, tomarlo con su mano derecha, apuntar a mi espalda y lanzar al instante. Estoy hablando de las fracciones de segundo en las que tenía lugar una cadena de movimientos altamente sincronizados y precisos que terminaban con un estrepitoso ruido seco en mi espalda mientras corría para huir de ella con mi risa burlona.

Estos se parecen bastante a los zapatos voladores
Estos se parecen bastante a los zapatos voladores

Valga aclarar menudos detalles técnicos: cuando hablo de zapato, me refiero a uno de tela, con suela de caucho y de fabricación china, que en contadas ocasiones estaba completamente mojado. Dejo constancia de lo letal que puede ser un zapato de tela completamente mojado. Mi espalda atestiguó algunos de estos golpes.

La modalidad de lanzamiento de zapato casi siempre se daba desde el segundo piso, estando yo en el primero. La escena es simple: casi siempre, cuando ya estaba claro que mi humanidad sería impactada por un zapatazo de mi madre, yo me las ingeniaba para salir corriendo y bajar a toda velocidad por las escaleras con rumbo al primer piso. Debo reconocer que había ocasiones en las que alcanzaba hacer cierta danza triunfal en el primer piso y pronunciar una porra que empezaba por “lero, lero…” y cerrar con broche de oro diciendo “aaahhh… no me pudo pegar”.

Recuerdo una vez que la astucia de mi mamá me venció porque se había quitado los dos zapatos y yo no me había dado cuenta; naturalmente sólo conté un tiro, pero sorpresivamente salió otro zapato volando que con impecable puntería me impactó antes de que pudiera escapar.

En la primera planta de la casa teníamos garaje. Hubo ocasiones en las que fui un blanco fácil pero  hubo otro tanto en las que salí airoso gracias al espacio vacío que me permitía maniobrar, además de la posibilidad de abrir la puerta y salir a la calle.  Recuerdo también una vez que calculé mal y en vez de un zapato de mi mamá lo que voló hacia mí fue un patín mío que afortunadamente por su peso y dificultad de lanzamiento no pudo cumplir su cometido.

El cinturón envolvente

Ԯ<Este recurso cambia notablemente el relato. El cinturón tenía un carácter menos burlesco y una destinación más dada por la gravedad de la falta. Definitivamente era más doloroso y dejó más marcas, no solo en el cuerpo, sino en el alma. Muchas de esas marcas me implicaron muchas horas de trabajo personal para superarlas y otro tanto para entenderlas.

Tiempo después lo más sorprendente fue darme cuenta de varias cosas: que lo que más dolía era que a veces se trataba de un castigo desproporcionado con el tamaño de la falta; en otros casos me di cuenta de que el castigo era totalmente injusto porque se trató de cosas que hice accidentalmente, pero fui tratado como si hubiese actuado con intención. Finalmente, también me di cuenta de que varias sesiones de cinturón (o “correa” como decimos en Colombia) se enfocaban en dejarme en claro que debía corregir el camino porque iba rumbo al precipicio.

Los dolores perdonados

Según los estilos de crianza de hoy, mi situación claramente hubiese dado para alguna acción legal. Recuerdo que hubo algunas ocasiones en las que llegué con pequeñas cicatrices al colegio  y estas hubieran servido de prueba para iniciar un proceso. Estos recuerdos son difíciles de borrar porque aunque eran situaciones bastante esporádicas, cuando ocurrían se daban con toda contundencia.

Conozco gente que a sus 40 o 45 años sigue molesta con sus padres por el maltrato que recibieron. De nuevo reitero que ninguna forma de maltrato es admisible, pero hay que reconocer varias cosas que, en mi caso personal, me han servido para entender y sanar lo que pasó y ponerlo en contexto para finalmente perdonarlo:

  • Entender las dosis de maltrato que de una forma u otra tuvieron que vivir mis padres… para luego darme cuenta de que al final conmigo fueron todo lo cariñosos que pudieron y que castigarme no lo veían como una forma de maltrato sino de “corrección”. Eso no está bien o mal; simplemente fue su estilo de acuerdo a lo que sabían.
  • Entender que mis padres se sentían responsables por mí y que esta también era una forma de ejercer su responsabilidad.
  • Entender que a veces su golpes eran más por su miedo y desesperación, que porque en realidad quisieran “golpearme”. Una vez, cuando tenía como nueve años, me fui sin avisar y sin pedir permiso y desde la perspectiva de mi papá estuve perdido tres angustiantes horas en las que me buscó por todas partes y nadie sabía de mí… cuando llegué a la casa él estaba aterrado porque vivíamos en un barrio donde no era buena idea perderse… me demoré mucho tiempo para entender su miedo y comprender por qué me había castigado ese día.
  • Entender que si tus padres te aman, luego de castigarte tan fuerte les da algo que se llama “remordimiento” y que es un castigo peor para ellos mismos porque tarda años en borrarse.
  • Entender que yo mismo era un pequeño tirano y que en muchos casos mentía, manipulaba y saboteaba para buscar salirme con la mía.
  • Entender que varios de esos golpes eran el recurso que mis padres tenían para salvarme de: meterme con quien no me tenía que meter, protegerme de consumir lo que no debía consumir, ir a donde no tenía por qué ir, aprender lo que tenía que aprender, sacar las notas que tenía que sacar, cuidar lo que debía cuidar (una vez pelé unos zapatos de cuero jugando fútbol… mejoré luego la técnica para no volverlos a pelar…) y respetar lo que era indispensable respetar.
  • Entender que ellos no eran unos “sádicos perversos que disfrutaban con mi dolor”, porque así como me castigaban también me consentían.

maltrato-infantil-2Posiblemente no les hubiera funcionado darme un sermón o intentar razonar conmigo; el zapato volador o el cinturón envolvente eran los recursos más a la mano y de efecto más inmediato. En este caso se trataba de un tema de efectividad.

No los aplaudo por sus golpes, pero tampoco los condeno. Perfiero el camino del medio. Los perdono y también les agradezco porque también soy consciente de que en gran parte, si no hubiera sido por esos castigos, hoy sería una persona muy diferente a quien soy:

  • Sería un vago mediocre consumado…
  • Nunca me hubiera ocupado de estudiar…
  • No me hubiera ocupado de hacer cosas útiles con mi vida…
  • Hubiese crecido creyendo que la vida me lo debe todo, sintiéndome el centro del mundo.
  • No hubiera aprendido a respetar su autoridad natural y les hubiera perdido el respeto por completo.
  • No hubiera aprendido a dar valor a las cosas.
  • Y lo más importante…: No me hubiera dado a la tarea de comprender de que a su manera, con lo poco que sabían y entendían, intentaron hacer lo mejor que podían para hacer de mí alguien de bien.

Hoy día con el entendimiento que tengo y con el pensamiento que domina el mundo, los métodos de mis padres y de casi todos los padres de esa época (yo no soy ningún caso singular, hablo en general de una tendencia de mi generación) parecen obsoletos y hasta abominables, pero he decidido ponerlos en perspectiva, sanarlos, perdonarlos y trascenderlos. Hoy día pienso que hubiera bastado con que intentaran razonar conmigo, pero también soy consciente del demonio que me habita y creo que yo les hubiera jugado sucio y me hubiera aprovechado de ellos.

Si hay algo que me enseñaron esto golpes y otros tantos que la vida también me ha dado, es que las complicaciones se las pone uno, que mientras más delicado y mimado seas más dramatizas y agrandas lo que te ocurre y que a la larga siempre tenemos el sencillo derecho de trascender el dolor o seguir en él. Nadie sabe tus heridas y tal vez a ti te tocaron pruebas aún más duras, pero al final, a estas alturas de la vida, tú decides qué hacer: Si superarlo o seguir viviendo ahí. Si complicarte o por fin crecer y actuar como un adulto (a).

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Un comentario en “Nota de agradecimiento al zapato volador y al cinturón envolvente

  1. Estoy muy de acuerdo contigo. Yo soy de las que piensan que un cachete a tiempo, siempre viene bien. Pero también pienso que los padres de hoy distan mucho de los nuestros. Ahora les damos un telefono o una tablet para que no nos molesten, dejamos que corran por el restaurante para que nos dejen comer tranquilos… Tener niños es muy fácil, ser padre o madre… es otra cosa.
    Estoy totalmente en contra del maltrato, pero un cachete en el culo, no es una paliza… y a veces, ni siquiera duele, solo asusta.

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