Sabemos el precio de todo y el valor de nada

Me gusta recodar las discusiones de los mayores de mi familia cuando hablaban con admiración y suficiencia de la inigualable calidad de lo que tenían y usaban. Siempre me llegó al alma la nostalgia con la que se referían a los objetos que se conservaban por años y que se podían heredar entre varios miembros de la familia. Muchos de esos bienes se convertían en alguna clase de objeto de culto, como un sello general que representaba pertenecer al “linaje”. La vajilla de la abuela, las joyas de la bisabuela, la nevera que todavía servía (aunque haga escarcha y consuma el tripe de electricidad), el preciso reloj del tío, la radio que sólo sintonizaba en AM, etcétera.

Mucho del valor de todas estas cosas provenía de su carga simbólica. Algunas eran bastante costosas y llegaban desde ese “lejano e inimaginable” lugar llamado Europa. Casi todos esos objetos debían cruzar el océano en barco, encaramarse en las montañas y finalmente llegar a su destino. El solo hecho de conseguirlas era ya una hazaña, no sólo financiera, sino práctica.

Me pregunto cuál será la conversación que tengamos en el futuro sobre los objetos con los que vivimos hoy día. Tal vez sea una charla parecida a la que estamos teniendo sobre las “cintas magnetofónicas” y los teléfonos de disco, que en menos de quince años ya suenan bastante obsoletas. Son conversaciones que suenan tan lejanas como las de mi papá cuando me cuenta que madrugaba a pescar en el río los peces que luego desayunaban en familia; también cómo se colaban en el tren para llegar a la ciudad y cómo armaban “expediciones” para ir a recolectar frutas.

Esta versión criolla y tropical puede emularse a un relato real de la libre, envidiable e inspiradora vida de Tom Sawyer, salvo que mi papá sí era un buen estudiante y tenía unas notas de las que mi abuela seguramente podía estar orgullosa.

Él me habla de un mundo que no cabe en mi cabeza. Todos esos lugares que me nombra y que se esfuerza por hacerme ver, hoy son barrios, fábricas, centros comerciales, hoteles, condominios u otra clase de propiedades candidatas a ser demolidas para convertirse en alguna cosa de estas. Ese río en el que pescaba, hoy está metido en un canal de cemento, corre muy rápido y en línea recta, huele mal y está bastante contaminado, recibiendo cada año más y más descargas de tóxicos.

No sé cuáles sean las conversaciones del futuro, no sé qué historia pueda contar sobre las pertenencias que guarde. Por lo menos ya me estoy preparando para conservar unos extraños objetos de culto, unas extrañas rarezas llamadas “libros”, que se hacían con papel y en los cuales se llevaba registro de los logros intelectuales de esta civilización y que inclusive, algunos de nosotros, les invertíamos cantidades enormes de tiempo leyéndolos y deleitándonos con las historias y las explicaciones que nos daban.

Probablemente mucho de lo que tengo ahora no dure más. También soy consciente de la ley natural de la impermanencia: todo se deteriora, todo se acaba. Pero espero que no me contagie el afán de querer cambiarlo todo porque “ya no está de moda” o porque salió algo nuevo, que en el fondo, bajo una ambigua apariencia de “pseudo–innovación” sigue sirviendo para lo mismo que sirve todo lo que ya tengo.

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