El mito de la “sanación”

¿En qué momento pasamos de vivir a “sanarnos” permanentemente? Arreglarnos como “el plan de vida…”.

Vivimos en una época en la que existir parece alguna clase “patología implícita”. Sentir tristeza, confusión, incertidumbre, rabia o cansancio ya no se entiende como parte de la experiencia humana, sino como evidencia de algo “no sanado” o como el fracaso visible del ideal de “ser feliz”. El mensaje es sutil, afilado y persistente: si aún nos duele, cuesta y hay conflicto, entonces el trabajo interno no está terminado, “estás fracasando en tu sanación”, “¡tienes que sanar!”.

Esta entrada nace de una sospecha incómoda que tengo hace tiempo: el discurso contemporáneo de la sanación, lejos de aliviar el sufrimiento y de dar luz sobre el compromiso interno con la consciencia, puede estar produciendo nuevas formas de malestar, frustración, culpa y dependencia. No afirmo esto para negar la necesidad de sanar cuando hay “heridas” o conflictos interiores, sino para cuestionar la idea de que la vida entera deba vivirse como una clase de proceso terapéutico interminable.

1.816 palabras, 10 minutos de tiempo de lectura.

Sanar como ideología

¿Por qué la idea de la “sanación” toma tintes de ideología? Una primera hipótesis es el modelo de salud–enfermedad en el que estamos: me enfermo >> acudo donde “alguien” >> me receta algo >> consumo ese algo >> aguardo hasta que ese algo me “alivie” >> una vez aliviado, estoy “sano”. No digo que sea bueno o malo, solo digo que así funciona.

Una ideología es un “conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político”. Una ideología define una concepción del mundo y la forma como se construye una idea de realidad (statu quo) y las características de un orden social. Las ideologías no requieren pruebas, porque subsisten solo con creyentes identificados emocionalmente con ellas. Las fisuras que tienen la mayoría de ideologías son: el fanatismo, la obediencia ciega, el pensamiento acrítico, la idea de separación (buenos–malos, ellos–nosotros, correctos–incorrectos, premios–castigos, etc.), el mono–tema y la “visión de túnel”, entre otras.

Hace tiempo vengo observando [hasta la saciedad], especialmente en esa especie de «psiquiatría – psicología paralela» de influencer pseudosabio, el surgimiento de una obsesión con que tenemos que «sanar» algo y que más o menos, en cifras redondas, el propósito de la vida es «sanar». No sé qué cosa, pero sanar algo… y que cuando sanes ese algo, luego tienes que sanar otras “nuevas cosas” y así sucesivamente… La palabra sanación, omnipresente en redes, terapias alternativas, “espiritualidad pop” y “coaching emocional”, parece explicarlo todo por heridas (rechazo, abandono, humillación, traición, injusticia).

A eso hay que sumarle la “misión psico–cósmica y kármica” de la sanación de los ancestros y la fila de almas de tu linaje que esperan que tú les hagas el favor de ayudarles ya que ellos en su existencia no se implicaron en la “sagrada misión de sanación universal” (son malos por eso) con la que tú estás comprometido (a) (tú eres mejor y un poco más iluminado que ellos). Menuda tarea tenemos… menudo ego nos gastamos.

Patologizados por “default”

Si te fijas, parece haberse incubado una clase de creencia que a muchos nos ha atormentado en algún punto de la vida: “Si sufres, es porque no has hecho suficiente trabajo interno”. Algunas emociones o sentimientos normales de la vida como la tristeza, la rabia, el miedo y la ambivalencia se toman como “instancias no sanadas”, “bloqueadas” (“tienes un bloqueo”), “no resueltas”. Pero en ninguna parte nos invitan a observarlas, atravesarlas y dejar que nos cuenten una historia. La vida ordinaria termina siendo reinterpretada como síntoma [de algo].

Sentimos esas emociones “desagradables” y de inmediato hay que negarlas, porque te tienes que comprometer con tu sanación y tu “felicidad”… Preguntas del estilo: ¿qué me tiene triste ahora?, ¿por qué esto me da rabia?, ¿qué es lo que me incomoda?, sencillamente no están disponibles y pareciera más aceptado salir en la publicación en Instagram con la “la foto en tanga y dorándose al sol” diciendo abajo que ¡Estoy sanando! (sí, eso ayuda a la absorción de la vitamina D…)

Desde luego, sentarse a responderse esto y confrontarse con su propia sombra es un camino incómodo y muy íntimo. En últimas, terminamos cayendo en la culpabilización espiritual del sufrimiento, en la idea constante de que “no estás bien siendo como eres” y si alguna vez conquistas esa cumbre de creer que eres auténtico (a), es porque estás dejando de ver algo que está roto en ti. Es decir, somos una obra inconclusa en proyecto permanente de reparación, esto nunca termina.

Muchas veces me he preguntado: Entonces ¿quién sería yo si no tuviera nada qué sanar?, ¿una clase de iluminado? Pareciese bucle infinito que no lleva a ninguna parte. Cuando “sanas” una herida, aparece otra más profunda, un trauma más antiguo, ¡oooootro! ancestro por liberar, una creencia inconsciente más sutil, una nueva “sombra”. Todo esto es lo más parecido que conozco al mito griego de Sísifo. ¿Será también la búsqueda de crear dependencia perpetua del terapeuta, del método, del libro, del gurú, del curso?

La sanación como industria

¿Quién se beneficia de que casi siempre estés inseguro e incompleto? Esto me huele a la sanación como mercado: Cursos, retiros, mentorías, certificaciones, “activaciones”, “armonizaciones”. Desde luego, yo mismo me estoy pegando un tiro en el pie al afirmar esto, porque yo mismo milito en esa “industria”, pero el asunto aquí es el lugar desde el cual se ofrecen muchas de esas alternativas y la forma como se termina “secuestrando mentalmente” a la persona, el / la consultante (asistente) y cómo en muchos casos se crean cosas llamadas “comunidad” con cierto tinte de secta y seguimiento a un (a) “gurú–guía”.

Si sanas, la rueda se detiene… así que es mejor que sigas sanando. Donde sobresale una figura central, hay un (a) influenciado (a) seguido de la frase: “es que yo sigo”. Pocas veces decimos: “escucho o reviso las ideas de…”, “congenio con los planteamientos de…”; inconscientemente y por costumbre, “seguimos” sin más, caemos fácil en la simplificación de la escucha, la autoridad carismática sin profundidad y sin rigor.

La negación de la sombra y la presión por el bienestar

El discurso de la sanación dice integrar la sombra… pero en el fondo nos empuja a eliminarla. En esencia, la sombra está ahí para mostrarnos otros aspectos de nuestra realidad, pero no para ser “sanada”, porque es ahí donde caemos en la trampa de querer eliminarla por arte de magia. La sombra no siempre se sana… solo se asume, se acepta y se vive con ella…. Y al hacerlo, se le da el lugar que se merece y la vida se ve completa, como un todo. Lo demás, corre el riesgo de verse como “espiritualidad edulcorada”, o “ego decorado”; al como: “¡Yo ya integré mi sombra y la trascendí!”.

Sumado a esto, aparecen las obligaciones colaterales: vibrar alto (con lo que sea que eso signifique para muchos…); recuperar tu paz; trascender–ascender (de nuevo, con lo que sea que signifique); emociones incómodas vistas como fallas del proceso o incapacidad para “conectar tu luz”; el “ego espiritual” que ya no puede permitirse estar mal y mucho menos que le vean así.

Es natural que estemos agotados de “trabajarnos”, porque hacemos de todo y parece que no llegamos a ningún sitio, o cuando parece que lo alcanzamos, volvemos a la “vida real” y chocamos de nuevo. Nos sentimos incompetentes e ineficaces por no estar sanados… es un constante malestar difuso que calificamos como “falta de salud mental”, cuando en realidad es una repetición externa, ajena y muchas veces hasta “infantilizada”.

En resumen, terminamos arrastrados a una clase de represión emocional disfrazada de pseudo–consciencia, pero todavía lejos del descubrimiento y la aceptación de que, en el fondo, también yo puedo llegar a ser un hijo de p… y que tengo el derecho soberano de dejar de serlo y de reparar el daño que haya hecho…

Entonces qué es sanar – Kintsugi

¿Y si no vinimos a “sanar”? ¿Desde cuándo se incubó esa idea que la vida es una clase de hospital?, ¿alguna variedad de sanatorio psiquiátrico? Me ha tomado tiempo comprender que la vida es un experimento de consciencia. ¡Punto! En este laboratorio hay otras [inmensas] posibilidades de sentido: Crear, vivir, confrontar, conflictuar, cuestionar, amar, probar–explorar, errar, sembrar, cuidar, expresar, etc. Sanar es algo que puede ocurrir en muchas circunstancias, en cualquier momento… sin que esto signifique sea fácil o “fancy”.

¿Y si sanar fuera una forma de recuperación o restitución? Quizás sanar no sea borrar de tajo nada, sino agacharnos a recoger las piezas y volver a ponerlas en su sitio. Me gusta pensar en la sanación como el arte centenario japonés del Kintsugi (“pegar con oro”), que consiste en reparar piezas de cerámica rotas rellenando las grietas con laca “urushi” mezclada o espolvoreada con oro, plata o platino. En la esencia de este arte, no se ocultan las roturas y daños, sino que se resalta la habilidad artesanal de recuperación, la forma que toman las marcas (cicatrices) del objeto, convirtiéndolo en una pieza única y más valiosa que celebra la resiliencia y la belleza que existe en la imperfección.

En este sentido, sanar no necesariamente es resolver o cortar de tajo, casi como una forma de “resetear”. Sanar puede ser el camino de aceptar que esto que me incomoda está ahí, que pasó algo con eso, que no me define (como: abusado, abandonado, humilla, traicionado, ultrajado… es que yo soy víctima…) y que tengo la decisión de tomar un camino entre varias opciones, un camino que es relativo para cada quién y que se vive aquí y ahora.

Un par de invitaciones de cierre

Desde luego, no es fácil, toma tiempo y esfuerzo, puede ser altamente frustrante y amargo, sobre todo cuando nos hemos definido a través de la “herida”. Parte de ser adulto es reconfigurar y resignificar la narración que construimos sobre nosotros.

¿Qué parte de ti estás intentando sanar cuando quizás lo necesita es solo ser escuchada (o)? Piensa un instante en esta posibilidad: quizás todo lo que duele no está roto, solo mal ubicado. Bajarnos de la ansiedad y del imperativo de sanación que otros nos ponen, es una ruta hacia el encuentro con nuestra coherencia y nuestra paz. Yo mismo me he dado látigo porque en el “sanitómetro” no me he visto suficientemente sano y empiezo a compararme con la “sanidad” de otras personas y de ciertos discursos o filosofías.

Cuando he empezado a cuestionar todo esto, a poner en perspectiva muchos autores y a desconfiar de soluciones universales, he comenzado a recuperar el criterio propio y sanar (integrar) mis piezas rotas, he dejado de definirme como “roto” (¿cuántos posts de IG has visto con la frasecita de que “estamos rotos por dentro”?).

Digo que no estamos rotos, lo que estamos es desintegrados y adormecidos. Cambio la idea de “sanación”, por “despertar”, y cuando estás despierto no tienes más opción que decidir qué hacer porque nadie lo hará por ti.

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