El humo «experto»…

El mito del experto: entre el ego, el fracaso, el acierto y la experiencia real

Hace años tuve un profesor que decía: Experto es alguien que es capaz de exponer un tema sin necesidad de prepararlo y que lo hace ver tan simple que hasta los demás dudan de que en verdad sea un experto.

En tiempos de opinadores profesionales (influencers), gurús, títulos para todo y egos inflados (gracias Instagram y LinkedIn)…, “iluminados” autoproclamados o “coaches de todo” (…), estamos expuestos a la idea y la creencia dominante del “experto” para anteponer alguna clase de “credencial–velo” que da derecho a decir cualquier cosa.

Desde luego, hay expertos de expertos. Hay unos muy trabajados, que llevan años en su oficio, que se han expuesto, que muchas veces callan porque ya han visto tantas inflexiones y recovecos en la realidad experimentada, que saben que antes de abrir la boca tienen que estar atentos a las fisuras de su percepción y argumentos. A estos seres prefiero llamarles: Maestros.

Un maestro o maestra sabe que puede tener el título, los años de práctica y el reconocimiento, pero eso no le blinda de sus sesgos, zonas ciegas y errores de juicio. La maestría le lleva a comprender que la tarea de aprender no se detiene y que muchas veces se hundirá en ella para al final quedarse en el silencio de quien descubre lo inagotable que es buscar saber…

La maestría también viene con la sombra de muchas dudas sobre sí mismo y sobre lo que se conoce… tanto si se tratan de asuntos de la cabeza como del espíritu…

La maestría te mantiene con una pregunta en el alma, la razón y la voluntad: ¿esto a qué me lleva y qué me muestra?, ¿qué resuelvo con este conocimiento o esta comprensión?, ¿qué se puede hacer con esto? Un maestro no se atrinchera en un supuesto saber estático que luego usa como una clase de escudo o pergamino de presentación al estilo: “Yo me formé con…”, “me certifiqué en…”, “estuve en la escuela tal…”, “soy discípula de…”.

Un maestro se ha equivocado y ha encarado su error, lo ha integrado a su vida, quizás se ha dado látigo, pero agradece por eso, porque esa aparente falla le hizo más sabio (a). El maestro también ha metido goles y los ha celebrado… aunque tenga su diploma de cartón colgado mientras se llena de polvo, escaneado en alguna carpeta de laque olvidó su ubicación o guardado en algún rincón que ya no recuerda…, sabe que ese papel es solo una convención social, parte de un acuerdo.

El ego del “experto”

Mientras más me creo experto, más me alejo de lo que me hizo aprender: la duda. El verdadero aprendizaje nace del reconocimiento de la ignorancia. Sin embargo, ser llamado experto muchas veces nos empuja justo en la dirección opuesta: fingir que lo sabemos todo, que ya no hay nada qué aprender.

No soy experto en los temas que domino por haber acertado siempre. Lo soy, si acaso, porque he aprendido a fallar con atención, a cuestionar lo que sé y a abrirme a nuevas perspectivas, incluso si contradicen mis antiguas certezas. Cuando relato las metidas de pata, las dudas, los laberintos, la forma como he salido de todo esto y lo que al final me ha enseñado, brota un ingrediente mágico que supera cualquier concepción de “experticia”: la autoridad.

Haber navegado un tema, encarar tus dudas, la opresión de no saber, exponerte o esconderte, eso te da la invaluable experiencia. Lo demás es teoría, lo demás se puede resolver con libros, podcast, un vídeo en Youtube o con IA.

Escrito por un experto…

La experiencia

La experiencia no solo tiene saber y teoría. La experiencia es también la emoción que traen aparejadas la incertidumbre, la inseguridad, la voz interna, el juicio interior o de otros. Entonces, cada que escucho y que escuches a alguien proclamarse como experto, la pregunta de fondo que más te sugiero hacer alrededor de esa persona, es: ¿Qué te ha pasado a ti con todo eso que dices que sabes? ¿Se habrá copiado el método o la receta de alguien más?

Así puedes desenmascarar a cualquier experto de papel o de redes sociales. Admiro a los expertos que siguen con duda, que son conscientes de la incertidumbre de su conocimiento, que sin dramas asumen su vulnerabilidad frente al tema que abordan.

Tal vez el verdadero experto no es quien lo domina todo, sino quien ha hecho las paces con “no saberlo” todo… y aun así sigue sirviendo, acompañando y aprendiendo.

Como decía al principio: un “experto” puede ser alguien versado en un tema, alguien que sabe mucho de muy poco, pero dar el paso hacia la maestría es “convertirse en el tema” fundirse con el asunto haciéndolo “parte de la vida”.

🧐

Tus comentarios le dan vida al sitio:

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.