Confía al cruzar el puente en medio de la niebla

Es fascinante estar en este momento de la historia. Probablemente poca gente lo vea o lo sienta así y es entendible. Cada quien en su realidad, en las tensiones de su propia supervivencia y en su respectivo grado de consciencia, evaluará la misma situación con una escala singular. El asunto de fondo es la pregunta: ¿Cuál es el sentido y propósito superior de todo esto? ¿Esto qué tiene que ver conmigo?

Ahora bien, que si el patógeno fue creado, que si fue un bio–ataque entre potencias, que tiene y no tiene genes insertados de otros virus, que un país lo ha hecho mejor que otro paliando la situación, que un día son tantos y al otro más… que unos mueren y otros sobreviven, que si ancianos o jóvenes, que si soplamos o no soplamos, que en casa debe haber la zona limpia y la zona sucia, que si salimos y no salimos, que la cura mágica, que la cura cierta, que el tratamiento falso, que si un líquido u otro, que esto sí funciona y lo otro no, que lo que se debiera haber hecho o dejado de hacer… y otro largo bla, bla, bla…

Creo que ya estamos llegando al punto de saturación con todo esto. Más y más información, más noticias que no llevan a nada y que lo único que hacen es alejarnos de la gloriosa oportunidad nunca antes vista en muchos siglos.

¿De qué va todo esto?

No me importa en lo que creas, pero Gaia, la Tierra como organismo vivo y como consciencia está cambiando. Eso tiene que ocurrir y será con o sin nosotros. Es el plan que ya está trazado y que se está ejecutando, porque así sucede y seguirá sucediendo.

Estamos removiendo estructuras antiguas ancladas al juicio y a emociones como: miedo, rabia, culpa, impotencia y negación. Para muchos quizás esto no pase de ser una exageración de unos pocos y una molestia, pero más allá de eso, esta experiencia nos lleva con toda suavidad a asumirnos en quietud, silencio y a resguardarnos. Esta circunstancia nos abre el espacio para detenernos y reconocernos como seres creadores de nuestra realidad y así redirigir la fuerza emocional.

Cuando sales hacer lo que haces, cuando llegas a tu trabajo ¿Acaso estás escapando de algo y buscando refugio? Posiblemente para muchas personas sea así… la calle es su verdadero hogar porque el lugar que habitan, más allá de brindarles techo, está lejos de ser un refugio real. Esta experiencia nos muestra los esquemas dependientes, los niveles distractores a los que estamos habituados.

Tenernos que quedar en casa nos revela el propósito de volver al centro real de protección, de abundancia y de paz. Si nos hacemos conscientes del sentido del momento, nos dará un impulso evolutivo sin precedentes. De no hacerlo, se volverá en una molesta carga que querremos olvidar pronto, otra circunstancia de la que buscaremos escapar y refugiarnos en otro lugar.

El budismo plantea que normalmente somos adictos a tres venenos que nos alejan del dolor: la avidez, el rechazo o la indiferencia. Esta experiencia también nos plantea el reto de probar la delicia de permanecer en casa desligados del mundo y alejarnos de la realidad y acomodarnos a esta circunstancia… el aislamiento y la soledad se pueden llegar a volver gratificantes para muchos de nosotros (me incluyo) … existimos seres así. Esta es la avidez.

Por otra parte, están los que reniegan, se dan golpes contra la pared y se la pasan quejándose frente al encierro. Esta es la negación.

Queda un grupo para quienes el asunto de la pandemia se convierte en una seria amenaza para su supervivencia y sustento económico. En dado caso, el virus deja de ser la preocupación y el encierro una alternativa social para frenar el contagio y pasa a convertirse en un asunto secundario por detrás de otras necesidades apremiantes de sobrevivencia; en esta situación hay que salir, “rebuscarse” y ver qué hacer en últimas para vivir, aunque por otro lado ponga en riesgo la vida haciéndolo. Otro grupo que puede caer aquí es el de quienes teniendo cómo sobrevivir, simplemente se niegan a que “otro” les venga a decir si salen o no salen y simplemente ignoran la indicación. Esta es la indiferencia.

Esta experiencia no es un error, imposición o castigo. Es un desafío que revela una gran oportunidad de transformar nuestra consciencia. Si nos acomodamos, si lo rechazamos o simplemente miramos para otro lado, en cualquier caso, estaremos perdiendo la ventana para hacer lo que corresponde en este momento planetario y quedaremos atrás del cambio.

Esta es la oportunidad para estar con nuestro ser, alinear nuestra energía y entender que esta experiencia nos une como humanidad. Para nosotros como individuos, experimentar esta vulnerabilidad transforma la percepción del ego de que puede controlar el mundo para protegerse. Nuestra unidad como planeta y como humanidad se fortalece, nuestro sentido de compasión crece y se amplía porque estamos compartiendo una experiencia que nos une como hermandad.

Aunque pasemos la cuarentena en circunstancias diferentes (unas más difíciles que otras) no importa si solo yo estoy bien porque si hay más gente pasándola mal alrededor, invariablemente en algún momento eso se me devolverá.

Queda en evidencia la ficción del control

Experimentar esta vulnerabilidad transforma la percepción del ego de que puede controlarlo todo para protegerse. A esto es lo que llamamos “la ilusión del control”. Estamos trascendiendo el esquema de control, de los planes, expectativas e ideales puestos afuera. No tenemos control y mucho menos sabemos cómo será el futuro, por más que intenten hacernos creer eso ¿Quién podría siquiera haber imaginado la situación en la que estamos ahora a nivel global? ¡Nadie!

En este momento poco de lo que tenemos realmente nos sirve. Incluso si lo piensas, poco a poco muchas de esas cosas van perdiendo interés, se vuelven hasta chocantes porque hemos descubierto que no resuelven nada y que necesitamos realmente poco para vivir. Empezarán a surgir los minimalistas naturales e inconscientes, poco a poco veremos que casi todo lo que tenemos es accesorio, es una trivialidad.

El propósito de este año es entender que la fuente de seguridad, poder y sanación es interna. Es momento de recuperar nuestro poder consciente real, es una circunstancia para re–crearnos en muchos sentidos.

El enemigo no está afuera como creemos. No es una guerra “contra algo o alguien”. Lo que está ocurriendo es solo un reflejo de nuestro mundo interno, de la forma como vivimos las situaciones. En este punto alguien podrá decir que soy un insensible, que claro, como no estoy contagiado y agonizando en un hospital, que los que se han enfermado no han elegido hacerlo, etc., etc.. Pero la idea es leer más entre líneas y ver si en últimas ha sido nuestro nivel de consciencia y el estado emocional contenido el que nos terminó por hundir en esta situación.

Pongámoslo en términos prácticos: Qué tal si todos esos a los que se les dijo que se quedaran en casa lo hubieran hecho desde el principio, si los que viajaron a zonas críticas se hubieran autoimpuesto la cuarentena y muchos de los que vaciaron supermercados para “salvarse” se hubieran tomado las cosas con más calma… ¿Ahora se entiende? De nuevo: es nuestro estado emocional, en especial el miedo, el que ha creado y re–creado esta situación.

El virus es un mensajero, es un gestor de cambio que nos está revelando la transformación profunda que necesitamos asumir en la estructura emocional. Nos pone en perspectiva para reconocer lo que es realmente valioso, lo que es esencial.

Claramente estamos ante la posibilidad de que se consoliden nuevas formas de control al estilo “Gran Hermano”. El Estado plenipotenciario, hipervigilante, lleno de fronteras y que lo controla todo por el bien de la salud general de sus ciudadanos porque en últimas todos son sospechosos.

Tampoco quiero imaginar qué planearán hacer a través de la vacuna: modificación de ADN, inoculación encubierta (vaya a saber de qué), biocontrol con nanomáquinas, etc. Una parte de mí se mantiene al tanto de las más variopintas teorías conspirativas, pero al margen de todo eso, deberá germinar de una vez por todas en nosotros la conciencia del bien común, de cómo mi actuar impacta a los demás y viceversa. En este punto la indiferencia es profundamente peligrosa para la supervivencia de la especie.

Entonces ¿Qué hacer?

Basta y sobra recalcar lo que tanto se ha dicho que es recomendable que hagamos en esta cuarentena: trabajar en algo útil (o seguir en el trabajo si es que se puede), emprender un proyecto personal nuevo, ejercitarnos, meditar (o aplicar cualquier técnica de atención plena), cocinar, compartir con nuestros seres queridos (incluso así sea de forma remota). En fin, reencontrarnos con nuestro interior. Es como si las circunstancias nos forzaran a olvidarnos del mundo de afuera y en la medida que nos olvidamos de algo le restamos importancia ¿No es así?.

En todo caso, hay mucho más por hacer. Lo primero que nos corresponde (en especial a mí mismo), es recuperar la fe en la humanidad; los que decimos que la humanidad es la puta basura de este planeta, que es el verdadero virus, que es la escoria, el error de la creación, nos guste o no, nos tenemos que reconciliar con la idea de que hay que tener fe en la humanidad en este punto crucial.

Mientras más maldigamos la humanidad, que dicho sea de paso, formamos parte de ella, igual nos maldecimos a nosotros mismos y alimentamos ese estado emocional de rabia y frustración que nos lleva a querer atacarnos y a celebrar la muerte ajena bajo la creencia de que es un “castigo merecido”.

La fe en la humanidad es precisamente creer que aún es posible lo que parece imposible y también comprometernos con el cambio que queremos ver en el mundo. Esto pasa inevitablemente por el hecho de trascender la idea de que son los “demás y el resto” los que deben cambiar y que solo yo soy el que está bien.

En la medida que individualmente pensemos y actuemos distinto, comenzaremos a crear masa crítica. ¿Esto qué significa? Que nadie te está pidiendo que te vuelvas super famoso (a) en Instagram ni que te declaren influencer ni escribir un best seller. La cosa es más sencilla y profundamente retadora al mismo tiempo. Estas son algunas ideas de lo que podemos hacer:

  1. Reconciliarnos con la humanidad: En últimas esto es igual a reconciliarnos con nosotros mismos… cuando somos solidarios, cuando entendemos el dolor y el miedo ajeno, cuando nos abstenemos de manipular, maltratar, humillar y mucho más… cuando nos esforzamos más por entender que en ser entendidos, estos son todos actos de reconciliación.
  2. Iluminar lo que está oscuro en nosotros: La sombra, todo eso que no nos gusta y que mandamos para el sótano psicológico. Todas esas partes que negamos y que sepultamos, pero que se esfuerzan por salir a flote porque son partes de nuestra esencia y quieren ser sanadas y reconciliadas. Todo eso que sancionamos en nosotros mismos y que mantenemos en la oscuridad; ese interior al que le tememos y del que nos mantenemos huyendo… es a eso lo que nos corresponde llevarle luz.
  3. Centrarnos en la creatividad: Aunque por todas partes nos dicen que innovemos, vivimos sumergidos en una cultura que maltrata la creatividad en todo momento. Ahora solo es válido lo que se pueda convertir en un producto que pueda ser vendido y hacer rico a alguien. De resto, toda expresión de creatividad, por innovadora que sea en sí misma, si no da réditos económicos es sancionada. En este actual estado de cosas, parece que ese discurso se disuelve. Estoy convencido de que la creatividad es una cualidad del alma, es la expresión genuina de nuestra divinidad y en este momento nos corresponde sacarla, desplegarla y dejarla fluir como se merece. Este proceso es fundamental para recobrar el equilibrio y hay muchos caminos para hacerlo. Cada quién escoge la mejor manera según su gusto y su vibración. También es una buena oportunidad para conectar con la música, en especial la que nos relaja o la que nos mueve hacia emociones positivas y alegres.
  4. Desplegar nuestra bondad: La cosa se está poniendo fea y el colapso económico empieza a tomar forma. Todos vamos a necesitar ayuda entre sí. No es momento de egoísmos, ni oportunismos, ni de sacar ventaja de la crisis a costa de la necesidad de los demás. Estamos en un punto de inflexión que ya no admite eso. Es momento de conectarnos con nuestra salud innata, con nuestro bien fundamental, con la genuina bondad que nos pertenece, con la mejor versión de nosotros mismos. En el mundo que queda, parece que ya casi todos perdimos ¿Quién quiere ganar? ¿Ya para qué? ¿Ganar qué?
  5. Aprender a esperar cultivando la fe y la confianza: Esto tiene que ver con cultivar la capacidad de respetar los ritmos y tiempos en los que ocurren las cosas. Es asumir la claridad y confianza a través de la espera y la quietud. Es entender que podemos limitar la movilidad física para ampliar la consciencia. Quizás en este momento es cuando más a prueba está la idea de la confianza porque cuando tenemos la idea de seguridad, confiar parece ser más fácil, pero con tanta incertidumbre en el medio la confianza de verdad se pone a prueba, en especial la confianza interior. En un cuerpo confiado y equilibrado, donde reina la armonía, no prosperan las infecciones. Solo haz la prueba.
  6. Conectarnos con los demás a través de la palabra: Escribamos mensajes, hagamos video–conferencias, llamadas telefónicas, chats, lo que sea, pero conectemos con toda esa gente con la que hace tiempo que no hablamos. Es una estupenda oportunidad para reforzar esos lazos… y por experiencia digo que se siente bien.

Entonces, antes de decir que te estás aburriendo, que no ves la hora de que todo esto termine y de que pongas tu mente en el incierto futuro del final de la cuarentena y del cuento de hadas de todo lo que harás cuando puedas volver a salir, mejor concéntrate en el aquí y el ahora de este presente, de este momento al que hay que sacarle el mayor provecho posible porque esta vez, o somos de verdad distintos, o nos dejará rezagados el tren del cambio planetario.

 

 

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