Mis botas “Machita”

Hace poco participé en un taller en el que recordé la simbología de mis botas “Machita”. El taller se enfocaba en la sanación del niño interior. No deja de darme vueltas en la cabeza la idea de las “botas Machita” ¿Por qué?

Cuando era pequeño tuve dos pares de botas “Machita”. Eran unas botas de caucho que usaba siempre que íbamos al campo, a fincas o para jugar en las calles del barrio, especialmente en las temporadas de lluvia.

Recuerdo que eran bien resistes. Eran de un caucho grueso, flexible y fuerte al mismo tiempo. Recuerdo un par de veces que tuve la osadía de ponérmelas sin medias, pero las ampollas y peladuras en los pies me enseñaron con fuerza y dolor que era necesario usar calcetines.

También recuerdo que daban mal olor en los pies. A esa edad no me importaba. Todos en el barrio teníamos de estas botas y las usábamos más o menos en las mismas circunstancias. En esta parte del mundo llamamos al mal olor en los pies “pecueca”. Hacía parte del juego quitarnos las botas y correr descalzos con ellas en la mano para perseguir a nuestros amigos y hacerlos oler nuestra pecueca. Nos perseguíamos y también huíamos. Era una situación de lo más hilarante e interminable. Al final caíamos rendidos gritando “¡Fooof, fooof, gassss!”, entre miles de sonrisas.

La convención de la limpieza y el buen olor todavía no había sido interiorizada, por el contrario, era parte del juego, era natural, era entendida y compartida por todos, nos divertía por igual. Nos asumíamos como “animales de la misma especie”. En la adolescencia fue que se empezaron a complicar las cosas…

Mis botas eran marca “Machita”, porque eran unas “machas”. Como he dicho, eran dos pares: el primero era azul… luego crecí y dejaron de servirme… pronto tuve otro par rojo. Ambos pares los amé, eran como una extensión de mi cuerpo.

Estas botas eran toda mi seguridad. Podía mojarme, podía pisar lo que quisiera, podía andar en bicicleta, raspar el suelo y no les pasaba nada. El caucho sufría pequeños rasguños, pero no les pasaba nada. Podía trepar árboles con ellas, con mis siempre confiables “Machita”; cuidaban de mis pies, pero también debía cuidar de ellas porque cuando ya llegaba a la rama en la que había de sentarse tenía cuidar de que mis pies colgando, por efecto de la gravedad, no perdieran sus botas.

Las “Machita” servían de freno, tren de aterrizaje y mucho más. Nada en mi vida de infancia me hacía sentir tan seguro como mis botas. Muchas veces me pregunté qué tan lejos podía llegar caminando con mis botas puestas… hice algunas pruebas en algunos confines cercanos de mi barrio. Había peligros, pero no del tamaño de los que tenemos ahora. La vida era más simple, con unas reglas más definidas y predecibles. Vivía en medio de una ingenuidad diferente a la de ahora.

Las botas “Machita” fueron las primeras en democratizar nuestro vestuario infantil. En esa época no entendíamos nada de “identidades de género”, “igualdad”, “nivel de ingreso”, “capacidad de consumo”, “estratificación social”, “moda”, “tendencia (trendy)” y en general de nada que nos obligara a encajar de alguna manera. Cuando todos teníamos puestas nuestras botas, fuéramos niños o niñas, simplemente lo que teníamos era un instrumento para desplegar nuestra infancia.

No había que explicar nada, ni poner reglas ni entender con la cabeza. Las botas “Machita” eran el permiso para hacer casi cualquier cosa: desde pisar popo de vaca, brincar charcos y caminar sobre el lecho de pequeños arroyos. Parecía que el mundo no tenía límites cuando tenía puestas mis botas “Machita”, parecía que mis amigos y yo teníamos los mismos súper poderes cuando usábamos esas botas.

Era común que alguno saliera a la calle y desentonara porque no tenía puestas sus botas. Esta era una corrección que se aplicaba rápido: bastaba con volver a casa, cambiarse y volver a salir; ninguna mamá se oponía al uso deliberado de semejante prenda. Siempre gozamos del conveniente beneplácito materno.

El mundo era sencillo. Protegerse solo con unos zapatos era simple. No había seguridad que nos viniera de afuera, más bien las botas “Machita” eran un potenciador de la confianza que ya teníamos, eran como una extensión de lo que ya éramos, un instrumento para sacar lo mejor de nosotros.

Hoy ya no hay botas machita, no hay nada que se les parezca. Hay muchas heridas que sanar porque con el tiempo nos fuimos dando cuenta de que las botas no podían con todo. Eran formidables para protegerse los pies, pero no el alma.

Hoy compramos cosas con la esperanza de que cumplan la misma función de las botas “Machita”: seguros de vida, ahorros pensionales, ropa, símbolos de estatus y mil cosas psicológicas que no existen. Las botas “Machita” estuvieron muy cerca de ser reales, eran casi indestructibles ¿Cómo no sentirse seguros y a salvo con ellas?

Pero este mundo en el que vivimos ahora está lleno de gente dispuesta a quemarlo y a inmolarse con él. Por dentro cada uno de nosotros ya está en llamas, sobrevivimos con el mundo hecho pedazos, aunque por fuera parezcamos recubiertos con una gruesa capa de yeso…, de endeble, polvoroso y delicado yeso.

 

 

 

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