La paradoja de Calvin: simplicidad a través del bien común

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Por qué buscar el bien común permite vivir una vida sea más sencilla

Borrando basura y archivos viejos me encontré esta tira cómica de Calvin y Hobbes. Al volver a revisarla se me ocurrió pensar en todo lo que el individualismo complejiza nuestra vida personal y el funcionamiento de la sociedad en general. ¿Qué tal sería la vida si pensáramos más en el bien común? ¿Qué sería lo siguiente que le diría Hobbes a Calvin?

El bien común

Tal vez Hobbes se explique con buen grado de detalle: Cuando hablamos de bien común no se trata solo de que “yo esté bien”, sino de que en la búsqueda de mi propio bienestar también busque el bienestar de los demás y a su vez, por reflejo, el conjunto general de la sociedad busque que se den las condiciones para que los individuos que la componen prosperen. Así se cultivan seres más plenos, libres y en equilibrio.

Podemos enredarnos un poco si nos metemos a juzgar que es el “bien” o lo “bueno”, pero quedémonos con una explicación resumida y relativamente neutral: bueno es todo aquello que por su naturaleza o propósito mantiene el equilibrio y asegura la sostenibilidad. Lo dicho hasta aquí suena un poco sofisticado, pero entendido de otra forma se puede considerar que lo contrario a lo bueno es cualquier cosa que rompa la armonía, la justicia, el equilibrio o que arriesgue la subsistencia. Ya con esto claro, podemos seguir…

Cómo la búsqueda del bien común simplificaría la vida

Tal vez Hobbes explique esto más como una utopía. Veamos:

1. Tendríamos que cuidarnos menos entre sí: Todo sería más fácil, bastaría con conversar, llegar a un acuerdo sencillo y actuar. Ahorraríamos millones y millones al año, aunque a los notarios se les bajaría el trabajo sensiblemente…

2. Habría que tener menos cosas: Gastaríamos más en lo importante y menos en lo superficial, porque aparentar, impresionar o competir sería mal visto. Bastaría con tener lo necesario, lo útil, lo divertido o lo que sirva a nuestro propósito personal guiado por el bien común. Nadie tendría nada para exhibir o alardear, porque habría muchas cosas que podríamos compartir y ni siquiera sería necesario o práctico comprarlas. Llegaría un punto en el que nos daríamos cuenta del tremendo complique que esto representa.

3. Usaríamos lo indispensable: habría menos vehículos en las calles, menos congestiones, menos presión sobre el medio ambiente, consumiríamos menos tonterías. Mientras menos tuviéramos, menos necesitaríamos. Podríamos trabajar menos horas y vivir con menos dinero.

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4. Podría sobrarnos más tiempo para hacer lo que de verdad nos importa: no tiempo libre para “gastar” en una caminata en el centro comercial o en entretenimiento para “distraer” la mente. También es cierto que hay mucha gente con mucha prisa, que quiere que le sobre tiempo pero que no sabe qué hacer con él… ese es otro problema.

5. El respeto dominaría el mundo: No obstaculizaríamos a nadie. Cada quien podría ser o hacer lo que quisiera sin hacer daño. ¿Cuánta gente de verdad hace hoy día lo que en verdad quiere? ¿Cuánta gente hace aquello que le gusta, aquello para lo que tiene talento y para lo que de verdad es bueno? ¿Cuánta gente de verdad ha tenido la oportunidad incluso de saber en qué es buena? Lo más triste de la historia es que mucha gente actualmente está haciendo lo que “le toca” para poder sobrevivir. En un mundo simple guiado por el respeto, la gente empezaría por respetarse y cuidarse a sí misma; no habría conductores ebrios, ni gente destruyéndose por consumir tonterías.

6. Nadie se esforzaría por tener la razón: en un mundo donde prima el bien común las razones pueden ser muchas y siempre guiadas precisamente por la búsqueda del bien de la mayoría, entonces no importaría discutir algo si está claro que sirve a muchos.

7. El futuro sería menos asustador: no dejaríamos gente desamparada. Volveríamos a ser como “aldeanos primitivos”, donde todos nos cuidamos entre sí, en vez de competir y vivir bajo la filosofía de “sálvese quien pueda y con permiso que voy yo primero”.

8. Seríamos más conscientes y menos abandonados a las circunstancias: al cuidar el bien común dejaríamos de pensar de afuera para adentro, y por el contrario, evaluaríamos mejor cada cosa en términos de su impacto general. Seguramente se cometerían muchas menos tonterías en el mundo, habría menos dictadores, menos banqueros canallas o menos traficantes omnipotentes.

9. Viviríamos como individuos al servicio de otros: ¿Hay algo más delicioso que ayudar? ¿Hay algo más delicioso que servir y recibir el agradecimiento genuino de alguien? Una vida de servicio es una vida gratificante y llena de propósito. Cuando hablamos de servicio no necesariamente es “caridad” o “dar limosna”… No, se trata de ayudar a otros a que su vida sea mejor.

Sin duda alguna seríamos una sociedad más feliz, más libre y más simple…

Aunque Calvin (el pequeño Calvin que nos habita) pronto le diría a Hobbes: Eso suena muy bien para los demás, pero para mí lo quiero todo, estoy cómodo con la rudeza de esta jungla mientras los demás se quedan a pensar si construyen o no una vida más sencilla.

Yo personalmente no pierdo la convicción de Hobbes. Se puede lograr un cambio. ¿Te le mides?

 

 

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2 comentarios en “La paradoja de Calvin: simplicidad a través del bien común

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