
Novela de Stanislaw Lem (Leído)
Creo que desde el colegio no leía ciencia ficción… terminé aceptándo la vida adulta tragándome una programación que decía que “leer ciencia ficción estaba bien para mi niñez y mi adolescencia, pero que ya era grande y debía inclinarme por cosas más serias…”. Fue así como tonta e ingenuamente fui dejando de lado este género que amo y me apasiona… hasta que finalmente las novelas en general casi que salieron por completo de mi vida.
Llevaba un buen tiempo alejado de la lectura de novelas y más entregado a la No–Ficción, como lo atestiguan varias entradas del blog… aunque esa diferenciación de “Ficción y No–Ficción” tiene sus orillas resbaladizas y admite una discusión con alto riesgo de volverse bizantina. En todo caso, gracias a A. Huxley, F. Dostoievsky, H. Hesse y ahora Lem, el “ternero vuelve al redil” y recuperé ese camino. En esta entrada quiero hacer una breve reseña de lo que me ha significado sumergirme en el “Solaris” de Stanislaw Lem, ese mundo–organismo desde lo que la historia me muestra racional y emocionalmente (sin hacer “spoiler”).
1,345 palabras, 7 minutos de tiempo de lectura.
La historia
La novela transcurre en un planeta lejano, al parecer en algún punto detrás de la constelación de Orión como sugiere la ubicación de las balizas de comunicación… Kris Kelvin, el protagonista que narra en primera persona, llega a la estación científica localizada en Solaris para investigar qué pasó con la “salud mental” de los actuales ocupantes de la misma.
Lo que en principio parece una real “salida” de los cabales, según la perspectiva del investigador–protagonista recién llegado y de yo (y tú) mismo como lector, muy rápidamente empieza a tomar un giro inesperado y surgen las dudas que acompañan toda la historia.
Solaris tiene ese ingrediente: Diría que en su esencia es una radiografía amplificada del mar de incertidumbres que caracteriza nuestra mente humana. Lem, en su prosa, nos lleva de una duda a otra constantemente, oscilando entre el protagonista, los demás personajes de la trama, los “fantasmas”, la estación y lo que pasa en ella, así como con los antecedentes de la presencia humana en Solaris. ¿Cuáles son los verdaderos límites de lo real? Ahí está la cuestión, ese es el encierro narrativo que durante toda la novela se vuelve aplastante y le da ese aire de autoridad.
Pasan cosas “antinaturales”, hasta que se aventura una respuesta y se les encuentra una lógica “natural” (aunque no necesariamente correcta). Así es como a la “ignorancia” se le da un toque efímero cuando una explicación encaja en una realidad, porque al final Lem se encarga de ponernos frente a muchas realidades… Desde los muertos y los accidentes ocurridos, hasta las hipótesis sobre “¿qué es Solaris?”, si un planeta, un organismo planetoide, una forma de consciencia animal o no–animal, una alteración mineral con capacidades conscientes, etc.
Desde luego, las explicaciones sobre qué es Solaris también van desde lo argumentando por los observadores directos que han visitado y establecido en el planeta, pasando por los “teóricos – compiladores” de universidad (Instituto) que nunca han puesto un pie en el planeta, pero construyen páginas y páginas interminables de explicaciones sobre lo que se supone que es Solaris basándose en lo que otros han escrito, hasta llegar a los burócratas del gobierno que con sus teorías y percepciones toman decisiones sobre lo que debería o no hacerse (o suceder) en el planeta.
El racional
Me atrevo a decir que Solaris es una referencia a cómo funciona nuestra capacidad perceptiva y cómo la manipulamos para tratar de darle sentido [y más o menos] saber “qué somos” como seres y “cómo estamos” aquí. Solaris nos muestra nuestra “transcurrencia” a través de la narración que construimos como individuos; si ese cuento sobre nosotros se nos olvida, si se le van perdiendo partes o la realidad que lo sustenta cambia, sencillamente eso que “decimos ser o decimos saber” ya deja de ser y hay que volver a empezar o hundirnos.
Creo que Lem “nos clava” con un misterio al principio, pero en mi opinión no le saca tanto jugo al misterio como pudiera… me deja ese sinsabor… Quizás, tampoco esa era su intención: Posiblemente lo que nos quería mostrar es lo endeble que es nuestra capacidad de percibir, especialmente cuando estamos en un campo de realidad que excede nuestro marco de referencia, nuestra percepción y nuestra experiencia.
He de reconocer que, tratándose de una traducción directa desde el polaco (idioma original de Stanislaw Lem), las descripciones son notables y llenas de elementos visuales sin caer en un “barroquismo” molesto ni empalagoso. No es una lectura fácil ni para “matar el tiempo”; las explicaciones científicas son un caramelo para aquellos que las disfrutamos, pero un absoluto ladrillo en la cabeza para quienes no gusten de ellas. Tiene algunos pedazos en los que puede llegar a ponerse densa y lenta.
Al leer las descripciones sobre lo que sucede en el planeta (esta fue una de las partes que más me disfruté) casi que podía estar ahí, viendo las formaciones y fenómenos, al tiempo que me preguntaba ¿qué podría ser?, ¿cómo podría explicarse?Desde luego, la tecnología a la que hace referencia Lem, es la propia de alguien que vive a finales de los años 50 y principios de los 60 del siglo XX; algunas expresiones pueden hasta sonar arcaicas (e. g., “magnetofónico”), pero hay que darle ese voto de indulgencia al autor. Casi al final hay un par de capítulos que, de cuenta mía, eliminaría porque ni le quitan ni le ponen a la narración… pero hay que tener en cuenta que desde la intención literaria de Lem, son una forma de “denuncia encubierta” de la situación política y de la burocracia de su país al momento de escribir la novela.
Lo emocional
Como dicen varias reseñas y resúmenes de la novela, “Solaris” es una novela “claustrofóbica”. El mero hecho de que transcurra en una estación de investigación suspendida sobre el planeta y que se encuentra desordenada y llena de misterios, pero al mismo tiempo protegida herméticamente, da la sensación de que el encierro de un momento a otro hará algo en los protagonistas… como en efecto ocurre.
No obstante, la locura real viene de “no saber” qué es lo que hay abajo luego de varios intentos por descifrarlo (Solaris), qué es lo que se estudia y con qué se interactúa… adicional al hecho de que “ese algo” al final logra manifestar su consciencia más allá de lo que perceptualmente es capaz de concebir la limitada y cargada mente humana.
Solaris, como entidad, manifiesta una curiosidad silenciosa hacia el mundo humano y expande su comprensión creando realidades que confunden lo que los humanos ven, explican y aceptan. ¿Cómo sería vivir al lado de algo así? Solaris se mete a tu psique y recrea materialmente todo lo que temes, te incomoda, extrañas y temes, todo lo que excede tus mayores sueños de grandeza y expansión.
¿Cómo lo hace Solaris…? Y al hacerlo: ¿Qué es lo que busca? ¿Qué pretende con todo esto? La pregunta por la intención siempre es incómoda porque es una muestra clara de consciencia, es deliberación puesta en algo (al margen del efecto buscado…). Toda la novela siempre deja esa sensación convertida en pregunta: ¿Cómo se comporta Solaris? ¿Por qué y para qué se comporta así? ¿Qué “piensa” Solaris de los humanos como seres y como visitantes?
Entonces es así, el planeta siempre deja dudas sobre si es en sí un organismo, si son varios de ellos combinados, si no es un planeta sino una “mega–forma” de vida descomunal flotando en el espacio, etc. Tienes que leer la novela para formarte tu propia opinión… la he terminado sin saberlo y también me quedo con una sensación de que tampoco me importa hallar una respuesta contundente.
Esperaba muchos finales para la novela, son muchas las posibilidades mientras la lees, pero indiscutiblemente Lem también juega con las opciones y parece querer conducirnos a un lugar aparentemente obvio cuando, en realidad, ocurre lo más sencillo y natural: Kelvin confronta la realidad, presenciándola, sin juzgarla y dispuesto a ser parte de ella dejándola ser…
Copia impresa prestada en la biblioteca pública. Si deseas revisarlo visita este enlace.
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¡Argonautas!
Un pequeño y abismal detalle del mundo imaginario, es que nadie ni nada puede hacer algún daño. Mientras del otro lado, el juego se torna serio en la confirmación.
¡Pobres villanos! ¿Dónde tendrían más sentido que en el mundo de los héroes?
Al sumergirnos en el cuento ajeno, no iremos a donde queremos sino a donde está predefinido ir. El escritor se convertirá en amo del tiempo, mientras el lector, en un náufrago aferrado a alguna secuencia.
Lo maravilloso sucede al llegar a tierra firme, en una historia jamás contada, antes invisible y olvidada, sitio en el que se construirá una nueva embarcación, la propia.
También los mitos coexisten, como las personas, en un mismo tiempo. Invisibles hasta que no.
¡Cuántos mundos paralelos!
Vida es cuento y su palabra ficción. Nos encantan, sean bellos o de horror, aunque más compartirlos.
La nave del deseo, eterna e inconmensurable en el sueño, está condenada a morir en la realidad y vivir en la experiencia como canción, siendo inmortal en la paradoja.
Una copa que brinda dulzura o amargura, con tristezas o risas, que embriagan o dan lucidez. También inspira o preserva, que invita al recuerdo o al olvido, para construir o destruir, dudas o certezas. Más siempre ama, porque las libera.
En la carne, el límite extremo e inicial, aprendemos a navegar en el mar de lo defectible, bajo una sinfonía sideral que nos recuerda, una y otra vez, cómo hemos de soñar y vivir la melodía.
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