
¿Cuántas veces has sabido algo antes de saber cómo sabías que lo sabías?
Tengo una confesión que probablemente no impresione demasiado en una época obsesionada con las opiniones, explicaciones, los datos, la evidencia y las decisiones basadas en información: a veces sé cosas que no sé explicar.
Ahora pregúntate:
- “¿Por qué escogiste ese restaurante?”
- “¿Por qué te relacionaste ‘de primerazo’ con esa persona y confiaste en ella?”
- “¿Por qué sentiste que debías aceptar ese trabajo?”
- “¿Por qué supiste que algo no estaba bien antes de poder demostrarlo?”
- “¿Por qué tuviste el impulso de dejar ese producto en el supermercado?, ¿qué te detuvo?”
Simplemente hay algo que me (nos) dice que “por ahí no”, “esto sí” o “espera un momento, aquí hay algo raro”. A ese extraño e incómodo fenómeno solemos llamarlo intuición, y aunque la palabra tiene cierto aire a “señora pitonisa llena de collares, con un trapo en la cabeza y que lee las cartas en una feria esotérica ambientada con una lámpara roja”, sospecho que lo seguimos subestimado. Así que hoy vengo en su defensa, hoy vengo a hacer una apología de la intuición.
Con estas y otras preguntas podríamos darle vueltas al asunto y en casi todos los casos llegar a la clásica respuesta: “No sé, tuve una intuición (un pálpito)”.
“No saber explicar algo” es diferente a “no saber algo”. ¿Cuánto de lo que sabemos llegó primero como una sensación y solamente después encontró palabras? Muchas decisiones las tomamos de esta forma y luego las cubrimos con un glaseado se pseudo–intuición. Decidimos y después racionalizamos echándonos cualquier cuento para justificar una determinación que ni nosotros mismos sabemos explicar. Por ahora también me sustraigo de las emociones que, siendo muy importantes y teniendo todo qué ver con este asunto, no las pongo en la discusión para no desviarme mucho.
La intuición tiene mala fama
Sí, lo que llamamos intuición se puede equivocar y puede ser una brújula imprecisa a ratos. Sabemos cosas que son explícitas, argumentables, conscientes, verbalizables… pero también otras que lucen como sensaciones, impresiones, certezas, incomodidad, atracción – rechazo, o simplemente como un pálpito del estilo: “algo no me cuadra”.
La idea y la sensación de la intuición puede contaminarse de [muchas] experiencias pasadas, miedo, prejuicios, deseos, ansiedad, proyección, necesidad de control, fantasías, falsa auto–afirmación (“yo me creo porque lo siento”, “nada / nadie me borra este sentimiento”), pensamiento mágico (“el universo me dice que…”, “esta es una señal Divina…”), etc.
La intuición no necesariamente habla fuerte ni se posiciona. Es más sensorial, visceral, nebulosa. Se siente, pero muchas veces es complejo ponerla en palabras… y si parece decirnos algo, lo hace de forma concreta y “monosílaba”: “No”, “Sí”, “quieto”, “por ahí no”, “espera”, “silencio”, “todavía no”, “algo aquí no encaja”, “gira por acá…”, etc.
La intuición se recuesta contra la pared y, cuando ve que un pensamiento “racional” con rótulo de “certeza” va a pasar corriendo frente a ella, saca un piecito y le pone zancadilla para divertirse viéndolo caer. La intuición introduce duda a la certeza; la frena o la desvía; es la pequeña grieta por donde entra información que nuestro relato consciente todavía no encuentra cómo integrar.
El precio de escucharla…
¿Te ha pasado que te sustraes de escuchar tu intuición porque no te animas a pagar el precio potencial que trae? Sí, no te sorprendas, nos pasa todo el tiempo. Vivimos montados en relatos, narraciones y creencias fijas sobre lo que denominamos realidad, pero luego nos damos cuenta de que la intuición puede sugerirnos la “sensación – acción – dicotomía” del tipo: irnos – quedarnos, hablar – callar, poner un límite, reconocer que ya no queremos [o nos importa] algo, admitir que queremos [o nos corresponde asumir] algo que nos da miedo, cambiar de vida, aceptar que nos equivocamos, etc.
Acá aparece una cuestión de conveniencia: parece que preferiblemente escuchamos la intuición cuando coincide con nuestros planes. Y aquí de nuevo salta la pregunta: Entonces ¿Sí será intuición la confirmación que me creo? ¿No estaré simplemente haciéndole un “lavado de imagen” a un sesgo de confirmación que tengo y que luego quiero racionalizar (explicar)?
La intuición se me ocurre verla con una forma de inteligencia espiritual, “no mental – no local – no lineal – no esquemática”, que no toma partido, que es neutra, libre de sesgos, que solo susurra, que no pretende controlar. Este punto no lo puedo probar, solo sé que lo vivo y funciona en mí…, así como en mucha gente que conozco. La intuición simplemente me entrega una hipótesis que merece ser validada – investigada. Desde luego, no necesito enredarme en la dicotomía: “No confío en ninguna sensación” Vs. “Toda sensación es una revelación”.
Cómo distinguir y escuchar la intuición
Esto es una aproximación, desde luego; en esta “arena movediza” de la intuición se me dificulta plantear certezas, pero quiero compartir algunos “tips intuitivos” y “preguntas de filtro” que me funcionan:
- ¿Esto me da miedo o simplemente me incomoda?
- ¿Estoy percibiendo algo o estoy anticipando una catástrofe (real o imaginaria)?
- ¿Estoy queriendo que esto sea cierto o falso? ¿Qué evidencia tengo?
- ¿Qué parte de mí está hablando [en realidad]?
- ¿Esta sensación aparece suave o necesita gritarme?
- ¿Estoy intentando justificar y disfrazar de “intuición” una decisión que ya tomé emocionalmente?
- ¿Mi intuición permanece cuando baja la intensidad emocional?
- ¿Estoy llamando intuición a algo que en realidad es un prejuicio, un deseo o una experiencia pasada?
- ¿Puedo escuchar esta intuición sin convertirla inmediatamente en una orden?
Y si se te ocurre otra pregunta, bienvenida (incluso déjala en el espacio de comentarios…). Estas no son todas ni las únicas preguntas que podemos hacernos; la cuestión de fondo que nos queda, es: ¿Puedo escuchar mi intuición sin tener que obedecerla? Y acto seguido, me respondo: “Voy a tomar en serio lo que percibo sin asumir automáticamente que tengo razón…”.
Tal vez la oposición entre razón e intuición sea una dicotomía ilusoria. Tal vez la razón sea una de las formas en que intentamos comprender y aterrizar algo que muchas veces comenzó siendo intuición y que tiempo después se reveló en su dimensión concreta.
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