
La trampa del hombre que vive con miedo a convertirse en adulto.
En épocas de “hombres y mujeres de alto valor”, aparece una figura masculina arquetípica que contradice todo esto. Quizás en varios aspectos exteriores cumpla los preceptos del “valor”, pero por dentro está completamente retrasado y vacío, enquistado en una etapa de su vida que ya no tiene que ver con quien le correspondería ser ahora mismo. Seguro que has conocido a un hombre así e incluso te habrás metido con él como su pareja… y al final no comprendes por qué se te ocurrió “dedicarte a terminar de criar el niño de mamá” o por qué tienes ese “amigo tan pataletoso y voluble”.
Quizás no es tu culpa. Es que no tenías idea de que este patrón psicológico existe. Pero ¿Qué es el puer aeternus (PA)? Aunque es una expresión original de Carl Jung, fue posteriormente Marie–Louise von Franz la que lo desarrolló con más detalle y hasta le dedicó un libro entero. Von Franz comenta:
“El título ‘Puer aeternus’ significa, pues, eterna juventud, pero también lo utilizamos a veces para designar a cierto tipo de joven con un marcado complejo materno y que, por tanto, se comporta de maneras determinadas que me gustaría caracterizar como sigue.
En general, el hombre identificado con el arquetipo del ‘puer aeternus’ mantiene demasiado tiempo una conducta psicológica adolescente. Es decir, que todas aquellas características que resultan normales en un joven de diecisiete o dieciocho años se prolongan en su vida posterior, en la mayoría de los casos, acompañadas de una excesiva dependencia de la madre”. (P. 13)
El PA se forja bajo la sombra de una madre dominante, con altas expectativas, que le impide crecer y afirmarse. Al mismo tiempo, la construcción de la imagen idealizada de la madre “perfecta e inmaculada” que luego se busca en cada mujer, le impide diferenciarse y construir una perspectiva adulta e independiente de sí mismo. El PA siempre está a la espera de lo que pida o reclame mamá.
¿Cómo se reconoce un PA?
El PA Tiene treinta, cuarenta o incluso cincuenta años, siempre tiene un proyecto o hobbie nuevo y rara vez termina lo que empieza, sueña en grande, habla de libertad, de derechos, de igualdad, de justicia. Afirma que: “a todos nos deberían dar lo mismo…”, pero menos a él, porque siempre espera un poco más y mejor porque se siente con derecho.
Hay que tener cuidado de simplificar la cuestión a solo decir que es un hombre “inmaduro”, porque se trata de unas características puntuales y limitadas a cierto contexto particular: la relación con la madre y por ende con las demás mujeres, la relación con el trabajo y el sentido de merecimiento.
El PA evita compromisos duraderos porque, pasado un tiempo, descubre que la mujer que escogió es un ser normal con fallas y defectos, que se aleja de la imagen “idealizada” de mamá que está buscando. Anhela volver a los brazos maternales que le resuelven todo y siempre le están diciendo qué hacer.
La actitud típicamente adolescente (mas no necesariamente “infantil”) se ve reflejada en una actitud romántica e idealista. Se le dificulta enfocarse en algo, especialmente si no le da el “subidón emocional” que busca; no conserva el trabajo o se dedica poco a este independiente de que le guste o no, porque imagina e idealiza continuamente nuevas posibilidades; pronto se desinfla hasta que encara los retos o hasta que “encuentra el pelo en la sopa”; teme a la rutina y se mueve en una concepción pospuesta del tiempo bajo la creencia de que “la vida vendrá después” (vida provisional).
Como menciona von Franz:
“Generalmente, se experimenta una gran dificultad en la adaptación a la situación social, y en algunos casos, hay una especie de falso individualismo: dado que este individuo se considera alguien muy especial, no tiene por qué adaptarse, pues sería imposible para un genio escondido, etc. Además, suele mostrar una actitud arrogante hacia los demás, debida a un complejo de inferioridad y al mismo tiempo a falsos sentimientos de superioridad”. (p. 14)
“Esto suele ir acompañado, en mayor o menor grado, de un complejo de salvador, o de Mesías, con la secreta convicción de que un día podrá salvar al mundo, de que encontrará la última palabra en filosofía, religión, política o arte o cualquier otra cosa. Puede llegar al extremo de convertirse en una típica megalomanía patológica, o puede haber leves indicios de ella en la idea de que su momento “aún no ha llegado”. Lo que más teme un individuo así es estar atado a lo que sea. Siente un miedo terrorífico de ser definido, fijado, de entrar completamente en el tiempo y el espacio y de ser el ser humano singular que cada uno es. Siempre alberga el miedo de verse atrapado en una situación de la que le sea imposible escabullirse”. (p. 15)
¿Cómo se forma la estructura psicológica del PA?
No se trata de una relación causa–efecto perfecta. Una clave básica que hay que observar es la presencia de una madre posesiva–controladora–perfeccionista y la ausencia de un padre psicológicamente ausente que no haga contrapeso a la fuerza de la sombra materna y que, por el contrario, también sucumba al control de la que debería ser su pareja, pero que también termina actuando como su madre.
Especialmente esta imagen de la madre que carga el PA, encarna la sobre–protección, a veces encubierta en una voz suave y modales impecables, que termina por disolver el ímpetu juvenil, la iniciativa y todo deseo de emancipación masculina. La tendencia a la satisfacción inmediata que provee esta madre, termina engendrando un PA altamente impaciente que quiere todo ya, sin moverse o esforzarse.
Al mismo tiempo, el mensaje directo o indirecto que le recuerda al PA que “la única mujer buena y suficiente que vas a conocer, soy yo, tu madre”, termina reforzando una idealización infantil de la búsqueda de pareja. Muchas “novelas mexicanas” se han construido sobre personajes masculinos (muchos de ellos apuestos, ricos y mantenidos, pero casi sin fuerza y altamente manipulables…) que lucharon para poder saber cómo estar con la “contra–mujer–anti–madre”, humilde, ignorante, burda, rebelde, virginal e inocente (no puedo sacar a Thalía de mi mente…), contrarrestando al mismo tiempo la violenta influencia de su madre (¡Te vas a meter con esa marginal!). Este es un motivo que nos ha dado horas y horas de drama humano televisivo.
¿Cuáles son las fortalezas del PA?
No todo son malas noticias. La psique no se queda con nada y naturalmente tiende a la compensación de los opuestos. Por eso el PA, en ese idealismo y desparpajo mental propio de la adolescencia, no tiene las barreras ni las taras que se forjan en la adultez y se muestra creativo, intuitivo, imaginativo, innovador, entusiasmado, abierto a la búsqueda espiritual y ávido de inspiración.
Un ejemplo típico del PA es el caso de Antoine Saint–Exupéry que, en el libro de von Franz, es la extensa fuente de análisis de las características luminosas y sombrías de este arquetipo. No me da para extenderme aquí, pero El Principito y otras obras de este autor, así como su vida personal, retratan al detalle el planteamiento de von Franz.
Nuestra cultura exhibicionista, extrovertida, competitiva y volcada al consumo, también alienta este tipo estructura psicológica. Por la forma como se están educando muchos hombrecitos hoy día, con madres que tienen todo bajo control y padres sin liderazgo masculino, me temo que en unos quince o veinte años en el futuro se nos vendrá una oleada de PA por todas partes.
Hoy hay muchas formas de identificar un PA silvestre: Lo reconoces porque no acepta su edad y quiere seguir vistiéndose como un adolescente; si tiene el dinero suficiente, se compra un auto de lujo, le pone un buen equipo de sonido (si es que ya no lo trae de marca… “Bose”) y no tendrá problema en ubicarse en una calle concurrida, abrir las puertas y sonar a todo timbal la última canción de “Bad Bunny” o “Feid”; al unísono mirará a las chicas y hará el cortejo simbólico respectivo para buscar la que sea digna de él.
Algunos PA que he conodico son más calvos que yo, usan mocasines sin medias, pantalón blanco, se ponen cadenas de metales preciosos y los botones superiores de las camisas (de seda) que usan, los dejan abiertos para exhibir un pecho peculiar que… se cubre con cadenas. En muchos casos puede llegar a ser una escena peculiar.
A este punto, alguien que lea se preguntará si existe la versión femenina del PA. Me temo que no tengo una respuesta técnica para esto, pero por lo menos en mi patria (Colombia) tenemos una versión a la que llamamos “Cuchi–Barbie”. Amerita estudio aparte, pero no será hoy ni aquí.
¿Puede cambiar o transformarse un PA?
Von Franz menciona que sí puede hacerlo, pero que generalmente es un proceso de origen externo y que puede llegar a ser difícil. En su libro asegura sin titubeos, que la pertenencia a organizaciones jerárquicas o normativas como fuerzas militares o una comunidad religiosa, pueden disolver en corto tiempo la grandiosidad y la ilusión de “ser especial” propia del PA. Al pertenecer a una comunidad, tiene que ceñirse a las reglas del conjunto y adaptarse a la conveniencia de todos.
Por otra parte, otro camino se relaciona con asumir y aceptar límites, hacer frente al aburrimiento y encontrar maneras propias de superarlo, sostenerse en un compromiso de principio a fin, reconciliarse con el padre simbólico–arquetípico y la autoridad que este representa, entregarse a una tarea y que ojalá esta sea de servicio a otros.
El acto de “servir”, es una vía de equilibrio para el PA porque le obliga a salir de su propia idea de sufrimiento, desdramatizarla y conectarse con la dificultad del otro para ayudar a trascenderla. Cuando el PA sirve y es útil, se da cuenta de que el mundo no necesariamente está ahí para él, sino que él puede estar para el mundo y que puede entregarse autónomamente a los demás.
Cómo terapeuta o coach: es un gran error destruir la identidad del PA, al contrario, hay que hacerla visible y ayudar a trascenderla conscientemente, es decir, dándole tiempo y autonomía, que es de lo que parece carecer más. Hay varios trabajos adicionales: ayudarle a que aprenda a soportar la frustración, planear mejor el tiempo y las actividades, construir y sostener hábitos, traducir los sueños en planes tangibles y accionables, enfocarse en una tarea concreta, asumir autonomía y responsabilidad progresivas. Una dosis moderada de autoridad respetuosa, funciona muy bien porque es lo que siempre le ha faltado.
Si eres pareja, amigo, compañero (a), colega: ponerle límites muy claros desde el principio, hablarle con contundencia y precisión (el PA es poco hábil para moverse en la ambigüedad), llevarle a que resuelva sus problemas, darle reconocimiento genuino por sus logros basados en hechos y actos concretos que evidencie (no en opiniones), celebrar cuando se compromete con la constancia. El PA, como buen adolescente encapsulado, puede llegar a resistirse a la jerarquía, por lo que es muy importante tratarle desde la autoridad genuina y ganada que él reconozca.
Si eres jefe de un PA: es importante tratarle con cariño y contundencia al mismo tiempo, darle guías y reglas claras, asegurarse de que las entiende, cuidarse de no abrumarle con muchos compromisos (porque le cuesta comprometerse) y darle la oportunidad de que, antes que decirle qué hacer, formule por su cuenta los pasos que llevará a cabo para sacar adelante su tarea. También hay que cuidarse de no caerle en el juego de estar negociando los plazos; se debe establecer un claro balance de consecuencias, es decir, tanto como si cumple como si no, hay repercusiones claras.
¿Qué no hacer o de qué cuidarse con un PA?
Especialmente si tienes un PA como pareja, no intentes salvarlo, rescatarlo o cargarlo; te hundirá en su juego porque esa mecánica del “ven ayúdame con mis cosas” la domina. Desde luego y, consecuentemente, no te conviertas en su madre. Analiza muy bien las excusas que recibas de un PA, porque no todas son justificables. Haz algo similar con sus promesas, es decir, somételas a juicio crítico, contrástalas con promesas anteriores, hazle seguimiento y controla cualquier desviación; igualmente, que sea una promesa al tiempo, no una avalancha de ellas.
Presionar o humillar a un PA es un pésimo camino porque su niño herido saldrá a revelarse y a no querer continuar.
Finalmente, hay que tener en cuenta que no todo hombre creativo es un puer aeternus; no toda dificultad para comprometerse responde a este arquetipo; tampoco el PA explica por sí solo todos los problemas afectivos o laborales de un hombre. En psicología analítica solemos hablar de funciones compensatorias y de patrones simbólicos que ayudan a comprender la experiencia humana, no de etiquetas diagnósticas. Por eso la actitud del PA hay que buscarla más hondo y comprender por qué se da, qué es lo que intenta compensar, por qué ese hombre no quiere o simplemente no puede entrar a la adultez.
El puer aeternus no solo “hace sufrir”, sino que también sufre. Tiene un potencial congelado y encapsulado que casi nunca llega a surgir.