
La puta, la bruja, la santa y la tonta…
En tiempos de revisión y disolución de los roles de género, en medio de tanto activismo ideológico recalcitrante, no deja de ser refrescante una obra que muestra hechos históricos sobre el abuso hacia la mujer. Aunque tiene un tinte de “denuncia” (el cual apoyo…), diría también que es de esos ensayos que “deja ver” lo que tanto tiempo hemos negado como sociedad y que la historia simplemente no ha querido contarnos. Leerse “Las cuatro mueres de Dios – La puta, la bruja, la santa y la tonta” de Guy Bechtel, debería ser un trabajo para hombres y mujeres en cualquier momento de la vida.
Al estar acostumbrados a conocer solo una historia “patriarcal–masculinizada” que se ha sentado a derramar tinta sobre sus logros “fálicos” y de cómo unos hombres le mostraron el “trasero o el pipí” a otros en interminables guerras de poder económico o territorial, comprender qué ha pasado con la mujer es esencial para adquirir una postura más balanceada.
3.713 palabras, 20 minutos de tiempo de lectura.
“Las cuatro mujeres de Dios”, en esencia, cuenta la historia de lo que han sido las representaciones sociales y culturales de la idea y la presencia de la “mujer” en los últimos quince siglos de historia occidental (desde Judea a Galicia, saltando hasta Britania) y los arquetipos en sombra que han estado activos en dicha concepción (aunque Bechtel en ninguna parte araña siquiera la idea de “arquetipo”).
El libro y yo
Esta es la re-lectura de un libro que originalmente había comprado y leído en 2009. Es de esos libros que compré sin ir a buscarlo… simplemente mirando en una librería lo encontré, lo ojeé, me gustó y la tarjeta de crédito hizo el resto. En ese momento estaba acompañando un grupo de mujeres y me pareció muy “sincrónico” que llegara tan fácil a mi vida. No digo más de lo que me significó leerlo y de cómo me rompió la cabeza… fue sencillamente fascinante.
Ahora, casi dieciséis años después, lo vuelvo a leer y como suele ocurrir con los libros re–leídos, ya soy una consciencia distinta y el contenido de este libro resonó muy diferente en mí, lo comprendí muy distinto y me caló mucho más hondo.
Para mi gusto, Bechtel empieza su ensayo de una forma que valoro: explorando las contradicciones de la visión sobre la madre, desnudando en la práctica las ambigüedades que como cultura hemos construido alrededor de la idea que construimos sobre ese arquetipo. Desde luego, el subtítulo del libro podría incluir esta representación y subtitularse: “la madre, la puta, la bruja, la santa y la tonta…”, pero a mi juicio, podría salirse del hallazgo implícito más inquietante de la argumentación de Bechtel: Llevamos dos mil años (y un poco más) tratando a las mujeres como objetos. Cada mujer es según su papel, es un objeto útil que sirve a un fin de control particular, tanto práctico como simbólico.
El libro empieza con esta cita deliciosamente lapidaria y se puede decir que prácticamente con este planteamiento se resume todo lo que sigue en su desarrollo:
“El catolicismo, aunque lleve algún tiempo jurando lo contrario, nunca ha apreciado demasiado a la mujer. Siempre ha sospechado que era portadora de todo tipo de taras. Generalmente la ha representado bajo cuatro formas, y sólo cuatro: como una libidinosa, como una compañera del diablo, como una imbécil y, en raras ocasiones, como una santa, si bien algo molesta. Este fantasma todavía pesa sobre las decisiones de Roma. A lo largo de los siglos se ha traducido en una voluntad deliberada de someter y excluir a la mujer. Durante mucho tiempo se le ha negado la entrada al mundo del trabajo, el saber, la cultura, la ordenación, los derechos civiles, y todo ello con la aprobación de buena parte de la opinión masculina occidental. Lo que queremos escribir es la historia de esta misoginia eclesiástica”. (p. 11)
Las fisuras y contradicciones en el imago de la “madre”
La mujer prototípica era la esposa–madre. La que debía encarnar el cúmulo de virtudes que hacen digna a una mujer; desde este lugar, en los albores del cristianismo católico se fue forjando la imagen de la “Virgen María”.
“El primer concepto que los teólogos cristianos se formaron de la mujer fue el de madre, el de mujer casada con numerosa prole, consagrada al hogar y dispuesta a dar lo mejor de sí misma a su familia. María, madre de Jesús, encarnó desde el origen tan luminosa imagen”. (p. 11)
Aunque Bechtel lo menciona tangencialmente, es claro que la Biblia canónica y la demás jurisprudencia católica ayudó a fundar las bases ideológicas e la visión de la mujer y su papel en el mundo, buscando endosar en ella, como símbolo, toda la representación del mal y el riesgo de depravación moral al que pudiera estar expuesto el mundo [masculino].
Esto no es un juicio ni una acusación. Es amplia la evidencia directa y la que sirve como contraejemplo a esta descripción de crear un código misógino en la visión. Es extraño que un maestro con la lucidez espiritual que pareció tener Jesús, un ser con la capacidad de trascender la idea de dualidad, diera a las mujeres el trato displicente que menciona la Biblia convencional: “quien está libre de pecado que lance la primera piedra” (Juan 8:7-11)
La ambigüedad se extendió a la idea de procreación… estaba bien tener mucha prole, pero no los métodos para engendrarla (o evitarla). El contacto de la carne, en todo sentido, era pecaminoso… especialmente si se trataba del contacto con la carne femenina. En esta visión del mundo, fue la que germinó la idea del celibato, que luego demostró ser también muy conveniente para los intereses financieros y de protección patrimonial de la Iglesia. En síntesis, el epítome de la virtud femenina era el no–uso–vaginal (virginidad)… y si hubieran tenido oportunidad de que esa parte del cuerpo no estuviera ahí, quizás lo hubieran hecho.
No hablemos ya del parto, de por sí considerado sucio y odioso, al mismo tiempo que conectado con un halo de tragedia por lo corriente que eran las muertes tanto de madres como de infantes.
No ha de sorprendernos que las “solteronas” gozaran de beneplácito y admiración [por su aguante] durante siglos, por su capacidad de mantenerse impolutas y libres de pecado… vaya a saber cómo. Si la suma de la virtud es la virginidad, una “mujer ya rasgada por dentro” era una depravación inaceptable.
Si tomamos distancia intelectual, no deja de inquietarme la obsesión cultural por una parte del cuerpo (la vagina y el himen) y la necesidad de armar una doctrina completa sobre su “uso–no–uso” y las ventajas espirituales de darle determinada destinación. De ahí que con el tiempo se busque sacralizar más el matrimonio, la no–consumación del mismo (“no having sex”) y sancionar brutalmente el adulterio (especialmente el de las mujeres). Aunque Bechtel no se adentra en esta cuestión, sí nos deja bastante evidencia y cuestiones que te ponen a pensar.
“La mujer era madre a falta de poder ser algo mejor, a falta de no poder ser virgen, religiosa o santa. La esposa tenía que convertirse en madre como un mal menor, tal como dijo san Pablo: «Más vale casarse que quemarse»”. (p. 23)
La inferioridad de la mujer
Aunque es extensa la cantidad de ejemplos y citas que menciona en este punto, de nuevo plantea críticas y ambivalencias frente a la aparente visión del Jesús bíblico, porque entre sus seguidoras había varias mujeres de todas las edades, concedió e invitó al perdón público de muchas mujeres (aun a costa de violar la ley judía de su tiempo) y quienes lo vieron morir y resucitar primero fueron mujeres (madre, ¿esposa?, discípulas y seguidoras).
Otro tanto hacen las escrituras más antiguas provenientes del antiguo testamento, la concepción del pecado entre los primeros cristianos (especialmente los primeros santos y doctores de la Iglesia). Todos resaltan las “debilidades” femeninas: la carnalidad / bajas pasiones, la irracionalidad, impureza, vicios, belleza física (atracción malsana), entre otras cuestiones. ¿Cómo no pensar esto de un ser que sangraba cada veintiocho días? Pareceían sugerir varios “filósofos”.
“La filosofía y la literatura antifeministas fueron, esencialmente, obra de mentes vinculadas a la Iglesia, que la representaban de una determinada manera y que dirigían las ideas de esta institución. Estos clérigos disponían de una fuerza ideológica considerable, pero nada indica que sus afirmaciones fuesen siempre creídas, ni que sus preceptos fueran forzosamente seguidos”. (p. 57)
Adicionalmente, aparece un elemento cultural que nos toca especialmente a los hombres y tiene que ver con lo siguiente:
“(…) el hombre de la calle se debatía entre tres representaciones:
1. La mujer inferior y lasciva que denuncian los teólogos desde hace al menos mil años, heredera de la Pandora griega y de la Eva judía, impura, ponzoñosa, peligrosa.
2. La mujer del amor cortés, cuya imagen se formó en el siglo XII, con la obra de los trovadores, como Jauffré Rudel o Bernard de Ventadour, y que Dante, Petrarca y, más tarde, Maurice Scève ensalzaron. Esta mujer distante, amada y amante, supuestamente casada pero inaccesible, dotada de una pureza perfecta al tiempo que acepta el cortejo de un amigo de corazón, sin duda es en gran parte mítica; no deja de influir, sin embargo, en el imaginario masculino.
3. Por último, la mujer de todos los días, la mujer leal, honrada, madre, esposa, hija, la que el hombre ve en su familia y a la que respeta por completo”. (p. 57)
Los cuatro personajes
La puta
Quizás el mayor dilema masculino por siglos ha sido el de cómo concebir a ese otro (la mujer) que se desea y por la que se siente cierta lujuria y al mismo tiempo tiene que “sacralizarse” y aproximarse a la visión de casi una santa. El único camino parece haber sido el de la disociación de roles y lugares, es decir, tomar un grupo de mujeres y hacerlas “dignas” de esa visión lujuriosa y hasta cierto punto más libre y terrenal, y separar otro grupo para esa imagen idealizada y “limpia”.
Unas se dejan en la calle y al margen incluso de los centros sociales y urbanos, relegadas a la vista de la mayoría, se les denomina “putas” (a veces con una mezcla de “tontas”) y sobre su cuerpo se puede ejercer la función del placer. Las otras tienen tres niveles representacionales que se encarnan en la mujer/esposa/hija, la santa y la tonta. En el caso particular de la puta, Bechtel aclara:
“Puta, es decir, mujer lúbrica que no puede evitar fornicar y que busca el placer sin parar. Aquí usaremos la palabra en este sentido, reservando el de prostituta a las profesionales”. (p. 69)
Por mucho tiempo la prostitución se vio como un mal necesario de la sociedad (especialmente como aspecto marginal de la milicia, la colonización, la minería y el comercio, etc.). En cierto sentido, la Iglesia se debatió en esta ambigüedad por casi quince siglos, hasta la era moderna donde empezó a reconocer que este oficio no solo envilece a la prostituta, sino a quien hace uso de sus servicios. La prostitución estaba ahí, pero todos miraban para otro lado; no obstante, hubo periodos y situaciones donde fueron perseguidas y proscritas, aunque al final la aparente inevitabilidad de este oficio lo hacía retornar y permanecer de alguna manera (con la mujer de casa no te podías dar las libertades que te dabas con la mujer de la calle).
La puta, en esencia, se constituye como una víbora hábil e inteligente, capaz de todo, que renuncia al amor romántico y se entrega al placer de la carne para obtener lo que se propone. En la edad media, el matrimonio (que casi siempre era arreglado y con permiso) debía estar unido por “amor”, no por placer y lascivia… lo contrario era una forma de fomentar la prostitución institucionalizada o de convertir a hombres y mujeres en algo cercano al animal. El coito dentro del matrimonio estaba excusado, pero algo que se excusa y no se acepta del todo, sigue estando proscrito de alguna manera.
Aunque no se asocie exclusivamente al personaje de la “puta”, la moral sexual femenina en un ambiente de represión y negación constante se convertía en una clase de fetiche normativo–legal soterradamente aprovechado por muchos miembros del clero ya sea a través de los relatos escuchados en los confesionarios o en las torturas y vejámenes impartidos en los juicios por bujería, homosexualidad, masturbación o adulterio (muchas de esas torturas eran abiertamente sádicas y para nuestros estándares actuales clasificarían como “parafilias”…).
La bruja
Entre la puta y la bruja había una línea extremadamente delgada, valga decir. La lascivia era una manifestación demoniaca, y el demonio solo podía habitar en una bruja. La mayoría de juicios sobre brujería recayeron sobre mujeres jóvenes, no tanto sobre ancianas.
Quizás aquí el gran resumen es que la brujería fue el fundamento del gran martirio de las mujeres y una forma conveniente de ejercer control sobre estas a través del miedo. Que te juzgaran de bruja no solo contaba como una fuerte sanción social, sino que te acarreaba un juicio bastante injusto (cuando lo había), penas inhumanas (varias de ellas llevaban a la confesión obligada por dolor corporal intenso e incluso hasta la muerte) y expropiación de los bienes (es llamativo que muchas viudas poco después de quedar solas, fueron acusadas de brujería y sus bienes heredados les fueron confiscados).
La bruja en la antigüedad y hasta muy entrado el siglo XIX, era considerada una representante del demonio y se le perseguía como tal. La bruja–chamana–sabia–curandera era una versión pagana, alejada de la religión oficial. En esencia, la idea diabólica de la brujería y sus cultos acompañó la cultura y el sistema legal europeo por siglos.
El “bien y el mal” de una comarca podrían ser entera responsabilidad de una o varias brujas residentes entre los vecinos. Si la mujer de al lado simplemente te caía mal o querías despojarla de tierra u otros bienes, bastaba con que la denunciaras por brujería, crearas el rumor y tuvieras más testigos… eso sí, también se te podía devolver porque en el juicio y la tortura a la supuesta bruja también te podría denunciar a ti.
No hablaré más de los juicios y quemas de brujas, pero jamás el control por el miedo y el despojo de la dignidad se había institucionalizado tanto. Solo basta decir que la quema de brujas no se terminó por un cambio consciente en el respeto hacia la mujer… simplemente porque llegaron a ser tantos los eventos de hogueras, su logística tan costosa y a acapararon tanto la atención, que se fue optando por hacerlos a un lado.
Mucho del esoterismo y del llamado “saber oculto” que fácilmente conseguimos hoy en cualquier librería o archivo en PDF, hace siglos hubiera podido costarte la vida solo por poseerlo y, si eras mujer, el costo era aún mayor no solo para ti, sino para tu linaje. Las familias, especialmente por la herencia matrilineal, también eran maldecidas. La lucha contra la brujería fue una lucha antigua contra el paganismo, que fue mutando con el tiempo:
“Los concilios endurecieron sus posturas, como el de Ancira (año 306), o el de Laodicea (año 360), que solicita la excomunión, es decir, la expulsión de la Iglesia para «quienes practican la brujería, la magia, la astrología, el cálculo adivinatorio. (…) En la base de estas condenas se halla la voluntad de proteger a los altos personajes del Estado que temen los maleficios y el envenenamiento, reduciendo la libertad privada, a la vez que una preocupación religiosa, la de no dejar que los hombres invadan el terreno divino. No tienen por qué intentar conocer el futuro que Dios sólo revela al hombre poco a poco, para dejarle esa libertad de acción que le hará digno de elogio o de condena, digno del infierno o del paraíso. »”. (p. 120)
Yo Paulo Mesa, escritor de Mantenlo Simple, sería candidato a la hoguera junto con mis amigas brujas, por escribir mis 22 entradas sobre el Tarot. Así de simple. El mundo ha cambiado bastante…, por fortuna.
“Muy probablemente fueron las calamidades del siglo XIV (hambrunas, la guerra de los Cien Años, la gran peste de 1348 y sus réplicas) las que permitieron desencadenar y justificar la guerra total contra los adeptos a la brujería. Ya no los persiguieron individualmente, sino como a bandas de malhechores. Ya no los ejecutaron de uno en uno, sino en grupos que podían alcanzar las diez o veinte personas. En fin, se empezó a acusar más a brujas que a brujos”. (p. 123)
Varias publicaciones marcaron los hitos ideológicos de esta cacería, pero como menciona Bechtel, uno en particular fue letal: el Malleus maleficarum («El martillo de brujas»). El resto de la guerra queda descrita descarnadamente en el resto del ensayo… las mujeres terminaban condenadas solamente por ser ellas.
La Santa
Podría iniciarse este apartado con un resumen simple: la Iglesia pocas veces vio santas; lo que tuvo fue conveniencias perceptuales. Las mujeres consideradas santas normalmente fueron una versión sui generis de la mujer normal, casi siempre asociadas a organizaciones religiosas de monjas y convertidas en un símbolo del ideal femenino. Muchas de ellas tardaron siglos en ser nombradas santas y este proceso estuvo plagado de obstáculos y dudas.
El que una mujer fuera reconocida por su “santidad” o su capacidad de establecer conexión con esferas divinas, no la alejaba del todo de sus atributos femeninos sucios y oscuros; simplemente los había trascendido de alguna manera y los mantenía como en una especie de “latencia controlada”, pero en sí misma, la mancha femenina no se borraba.
“Muchas fueron las llamadas y pocas las elegidas, pues Roma establecía una rigurosa clasificación en la meta: en primer lugar, las santas reconocidas y canonizadas; en segundo lugar, las bienaventuradas o beatificadas; después, el grupo de religiosas nobles a las que ofrecía un ascenso en la Tierra, la dirección de un monasterio, por ejemplo, ya que no podía garantizarles una recompensa en el cielo. En el pelotón de cola estaban las descalificadas, novicias que se aburrían en los conventos, protagonizaban algún escándalo y que finalmente eran expulsadas, a veces acusadas de herejía o posesión demoníaca”. (p. 163)
La tonta
Creemos con facilitad que el estereotipo de la “tonta” es un invento reciente de Hollywood y la publicidad (y más recientemente reforzado por las redes sociales), pero en realidad es casi tan viejo como los demás personajes que ya hemos retratado.
Algunos de los ataques se asociaron a la belleza y los adornos, como maneras de encubrir la esencia demoniaca femenina y de incitar la coquetería. Solo hasta bien entrado el renacimiento y poco después con la ilustración, esto comenzó a cambiar lentamente, sobre todo entre las damas de la alta sociedad.
La creencia generalizada en la incapacidad e inferioridad intelectual de la mujer, terminó marcando siglos de exclusión educativa y alejándolas de las posibilidades de nutrirse mentalmente y de generar reflexión y conocimiento. Sin embargo, y como se menciona en el capítulo de la “Santa”, los conventos de monjas daban la posibilidad de estudiar, leer y aprender algunos rudimentos intelectuales básicos que la mujer promedio, por fuera de la institución religiosa, poco o nada podría experimentar (Spin off: las cartas que Virginia –Sor María Celeste– compartía con su padre, Galileo Galilei, son un bello ejemplo de esta realidad…).
Igualmente, la mujer de cuna noble o que perteneciera a una familia rica, tenía la posibilidad de cultivar su mente, pero de nuevo, esto era una notable excepción a una regla que duró hasta muy entrado el siglo XIX y que siempre estuvo matizada por las dudas de educar a los niños–niñas y de brindar conocimiento luego a las mujeres para que eventualmente se descarriaran o se dedicaran solo a las labores del hogar.
Sumado a lo anterior, a la tontera se añade el “aberrante gusto de la mujer por salir y andar por la calle”, el gusto por el teatro (una mujer de “teatro” era considerada como una “perdida, de vida ligera o alegre”) y la danza, así como el interés por otras artes menos exteriores pero sí marcadamente intelectuales como la escritura, la lectura y sobre todo la novela. Todas estas posibilidades también eran sancionados socialmente.
Impresiones finales
Es fascinante el rigor en la fuentes y ejemplos, además de la postura que nos comparte Bechtel en este libro. Es difícil de encontrar en obras que como esta abordan un tema tan delicado y espinoso hoy día como es este del “género” y de los abusos contra la mujer, sin caer en el cliché siempre disponible del victimismo, el “anacronismo moral”, el “femi–nacismo” y la culpabilización a “lo masculino” por todo lo malo que le ha pasado a “lo femenino”, porque en esta batalla ambos géneros han sufrido…, desde luego, unos más que otros.
Adicionalmente, aunque Bechtel es claro al principio acotando el alcance de su obra, me encantaría conocer cómo se vivían estas representaciones de la mujer en otras culturas, especialmente en visiones totalmente diferentes como las de Asia o África. También me queda faltando un análisis más profundo y dedicado sobre los orígenes de tanta misoginia y temor a lo femenino, aunque Bechtel deja varias pistas en el camino.
A la pregunta sobre si ¿recomiendo leer este libro?, mi respuesta es un ¡Sí rotundo! No solo es ameno, sino que logra una profundidad y alcance de miras amplio sin ser por eso denso o pesado de leer, al contrario, es una narrativa que te atrapa y te da una perspectiva incómoda de los pecados pasados de la Santa Iglesia Católica y del poder civil aliado de estas perspectivas. Salvo la letra tan pequeña (un asunto editorial de mi copia impresa, meramente), por lo demás es un libro extraordinario.
Tanto si eres hombre o mujer, o si te identificas con cualquiera de las variopintas versiones de género que tenemos ahora, lo que deja en claro este libro es que la lucha de la mujer por llegar hasta donde ha llegado ha sido larga, tortuosa y llena de obstáculos… ahora lo que queda es que toda esa lucha se sostenga, se honre, se respete y no se diluya en tergiversaciones y furias (de trapitos de color…) sin sentido.
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