
El salvador y el rebelde como respuestas a una misma herida
Hablemos sobre ese enorme “rabo de paja” que llevamos y que a ratos nos hace sentirnos especiales en este drama cósmico. Los acontecimientos recientes están haciendo aflorar dos personajes en nosotros: “el salvador” y el “rebelde”. Algunos hemos abogado por la suerte de países que no conocemos y hemos reposteado arengas digitales (memes) contra el dictador de turno. Veamos cómo funciona la cuestión.
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Qué son uno y otro
¿Qué es el síndrome del salvador?: Es un patrón psicológico donde una persona siente una compulsión de rescatar, cuidar o «salvar» a otros, a menudo de forma excesiva y a expensas de sus propias necesidades, sintiendo que su autoestima y valor personal dependen de ser “necesitada” por los demás.
Para el / la salvador (a) la ayuda (salvación) que brinde nunca será suficiente, siempre será incompleta y, desde luego, terminará por generar una sensación permanente de agotamiento, desconexión de sus deseos genuinos (vivir a través del otro… sutilmente), frustración y cansancio por el esfuerzo permanente.
¿Qué es ser un rebelde [sin causa]?: Hay dos caminos para resolver esta cuestión: uno más clínico que lo define como “Trastorno oposicionista desafiante”, que se asocia a la hiperreactividad y oposición psicológica hacia la norma… La verdad, creo que es muy extremo irme por esa rama, dejemosla ahí.
Hablaré mejor del rebelde: Es un patrón de comportamiento que mezcla actitudes de inconformismo, desorientación y desafío a las normas sociales o de autoridad, sin tener un objetivo ideológico, político o una alternativa clara, es decir, sin plantear una salida en concreto o simplemente objetando porque sí, porque “te veo como mi adversario”.
El rebelde sin causa no tiene idea de cuál debería ser el nuevo estado de cosas, no tiene un proyecto específico con pasos para el cambio, simplemente se opone porque sí; al preguntársele por “cómo debería ser el mundo” según él / ella, arremete y se defiende al sentir esto como una forma de ataque personal porque teme confrontar su propia confusión y las fisuras lógicas de sus argumentos. El rebelde pone su sentido de identidad en su propia rebeldía.
Arañando un par de hipótesis
Algo que he observado es que estos “salvadores sin causa” podrían estar exteriorizando estrategias compensatorias frente a una misma herida: la dificultad profunda de construir una noción propia de sí mismos y del mundo, la necesidad de “separar” (pensamiento dual) para poder ubicarse en una orilla y “definirse como… tal o cual cosa”.
Entonces si me ubico en una orilla y me quedo ahí: ¿Debo volverme necesario para “salvar” esa orilla (salvador)?, ¿debo pelear–contra–los–otros, destruir–la orilla–opuesta, para definirme como opositor (rebelde)?, ¿soy un instrumento de la salvación de mi orilla y de la “conversión” de la orilla opuesta? Detente unos instantes en estas preguntas… ¿sientes el olorcito a megalomanía (de “soy imprescindible”) que yo siento…?
Prosigamos…
Pensamiento dual extremo
La necesidad de pertenencia es vital para la estabilidad de la psique humana, pero también transmutar esa necesidad es una prueba de progreso espiritual y psicológico… es decir, comprender, integrar y vivenciar la consciencia de unidad (“individuación” como diría Jung).
Entonces, ¿qué intenta compensar el salvador al intentar “ser necesario” y el rebelde al “necesitar oponerse”? Las posibles respuestas a esta pregunta quizás nos lleven a una tercera: ¿Los / las “salvadores (as) sin causa” solo necesitarán encontrar una clase de mecanismo para sentir–saber que existen?, ¿querrán definir su sentido de existencia a través de una forma de reconocimiento a través del sentir que “hacen algo por otros” así no lo hagan en la práctica?
Sería interesante conocer las infancias de estos “salvadores sin causa”, ver cómo fueron las relaciones con sus padres o cuidadores, cómo fue la educación religiosa y moral que recibieron, por qué fueron premiados o castigados… ver en qué punto y por qué se “fastidió” todo. A manera de hipótesis se me ocurre pensar que un patrón subyacente es la poca validación auténtica del / la salvador (a) o su tendencia al reconocimiento condicionado: “te queremos si haces o dejas de hacer tal o cual cosa”, “te ‘queremos’ si eres útil” (incubación del salvador), “te ‘prestamos atención’ solo después de que haces el show y la pataleta” (incubación del rebelde).
Son hipótesis por ahora, pero me acercan a la idea de que salvar y oponerse son las caras de una misma moneda, polaridades de la misma realidad dual: “me defino a mí mismo (a) a través de la acción que ejerzo en el otro, ya sea “sirviendo” (aparente altruismo) o “combatiendo” (aparente autonomía–separatividad). Una pequeña voz gritándonos por allá: “¡Hago lo que sea por ustedes, pero por favor, mírenme!”.

La construcción de un sistema de creencias dual
¿Y el salvador sin causa qué necesita del otro? “El salvador requiere un ‘otro frágil’ que necesite salvación”; “el rebelde necesita un ‘otro opresor’ al que deba repeler”; te has puesto a pensar lo que sale de la suma de esos dos sistemas de creencias cuando se juntan… porque no siempre están separados… piensa, piensa… los ejemplos son tantos y tan cercanos… pero quiero que los digas tú mismo (a) y que los escribas en los comentarios de esta entrada.
Desde luego, hay una aparente lógica subyacente en los salvadores sin causa: “Si encuentro que el otro es autónomo, libre o neutro…, no encajará en un patrón (orilla) y habrá que ponerlo en algún punto para saber qué ‘hago con él / ella’…”. En algunos casos el “salvador sin causa” nombrará a este ser intermedio–no–necesitado como: “tibio”, “insensible”, “apolítico”, “ateo”, “distante”, “desconectado”, “poco–empático”, etc.
Insisto con el cheesecake de queso: hay una necesidad subyacente de construir un sentido de identidad y de pertenencia. Si soy salvador: “Soy bueno”, “soy consciente”, “soy necesario”. Si soy rebelde: “Soy libre”, “no soy como (o no sigo) a los demás”, “no me domestican”, “pienso por mí mismo” (aunque mentalmente esté inscrito en una ideología, moda o corriente de pensamiento). ¿Lo ves?, es bastante sutil e incluso se pueden traslapar con facilitad hasta hacerse indistinguibles.
Por eso, de fondo lo que se construye aquí es una identidad reactiva, no una decisión esencial; se trata de una cierta clase de posición defensiva sutil convertida en hábito y socialmente aprobada por su grupo de pertenencia aprobatorio (los de su orilla).
¿Cuántas fundaciones, ONG’s, organismos multilaterales o grupos armados revolucionarios se han creado y operan bajo este sistema de creencias? Esto nos abre la puerta a otro asuntillo que no es menor: la relación con el poder. El salvador ejerce poder través de la dependencia ajena, aunque se resista a verlo así. El rebelde se va de frente contra el poder, la autoridad y el mando, aunque se aferra a estos e incluso no sabe cómo administrarlos cuando los obtiene. El poder sin control cae muy fácil en la sombra de la brutalidad y la intransigencia, en la ceguera absoluta, el descontrol y el desequilibrio.
Ambas polaridades evitan una relación adulta, espiritual, responsable y consciente con el poder personal… el de ellos y de los demás… al mismo tiempo que oscilan entre el control encubierto y el rechazo infantil de la autoridad. La falta de sentido es un drenaje evidente: Ambos parecen deslizarse desde una falta de sentido propio que intentan llenar: salvando al mundo, apoyando causas lejanas (“¡Salvemos a Palestina!”), luchando contra el mundo, pero sin habitar verdaderamente su mundo interior y el principio de realidad de estas causas.
Una sofisticada manifestación de la sombra psicológica
¿Y si el “rebelde sin causa” sí tiene causa, pero es inconsciente?, ¿y si el salvador sí tiene intención, pero no es libre? Posiblemente aquí estemos frente a la “misma raíz, formas distintas”, es decir, un deseo subyacente de inflar el ego, de darle un sentido de superioridad moral y de valía personal, al mismo tiempo que se proyectan y compensan contenidos propios “desagradables” (sombríos).
El salvador compensa su agresión, egoísmo, necesidad. El rebelde compensa su deseo de pertenecer, miedo a la intimidad, anhelo de cuidado. Ambos encarnan una personalidad (ego) inflada, sostenida por una sombra no integrada. No es la sombra proyectada, sino la herida compensada la que organiza la conducta, ahí está el “saborcito”, la clave: Tanto el salvador como el rebelde sobreviven a través de una estructura compensatoria de identidad, es decir, reorganizan aquello que no admiten de sí mismos (as) y lo llevan al otro extremo de la polaridad, así alimentan esa máscara (ego) contraria.
Veámoslo de otra forma: en la compensación me convierto en lo que me falta, en lo que siento que no tengo o no soy. Leitmotiv: “Esto que no pude ser / sentir / tener, lo compenso siendo esto otro”. Esta compensación del salvador y el rebelde también pueden llevar otra sombra aún más sutil: la hipocresía. El gesto es más grande que la verdad interior o que los hechos objetivos, y la acción sostiene una imagen o un guion (narrativa), no una necesidad interior real. Entonces les queda la encrucijada: Si dejo de salvar o rebelarme ¿Qué me queda?, ¿quién o qué soy?
En síntesis, aquí no se trata solo de la sombra proyectada (expulsada), sino de la herida compensada que en últimas organiza (construye) la conducta. Una señala al otro, la otra se vuelve identidad.
La sutil diferencia
Hasta acá, no hablo de funciones sanas sino de fijaciones neuróticas, de extremos. No todo rebelde se está defendiendo de algo porque sí, ni todo cuidado que se brinde es un síntoma de querer ser un salvador.
Desde luego, no me dejan de afectar los hospitales bombardeados en Gaza, ni la opresión en Venezuela o Irán, ni los migrantes que se ahogan en el Mediterráneo… ni el abuso de poder de algunas potencias… ni tantas otras cosas nombradas como “daños colaterales…”, pero frente a muchas de esas realidades es poco lo que puedo hacer desde mi lejana y perdida casa en los Andes… quizás presenciarlo por TV o redes sociales, orar y envolver todo esto en luz… pero no más. Dentro de mí mismo hay muchos conflictos que resolver, estrés, inseguridades, sabotajes… y todo esto lo estoy resolviendo; a pocos metros de mi casa también hay otras emergencias que no puedo negar… y sobre eso tal vez sí puedo hacer algo.
“¿No es este análisis una forma refinada de mirar desde arriba a quien sí se involucra, sí actúa, sí se indigna?”
No podemos dejar de lado la estructura moral que envuelve todo esto, el contexto social y cultural en el que tienen lugar cada una de estas proyecciones. El salvador puede escurrirse sutilmente en la aprobación y el aplauso social de quien “ayuda” o quien “guía”; al rebelde se le señala más fácil como agitador, desviado, intransigente, destructor, etc., y termina siendo sancionado o castigado. Quizás el salvador esté más ciego a las sombras de su dinámica, el rebelde puede que esté más cerca de las causas que expliquen su propio comportamiento, pero al revés, el segundo se justifica más a sí mismo que el primero.
Por otra parte, tal vez el rebelde cree que se está viendo lo que otros no ven, pero muchas veces solo cambió de máscara, una llena de justificaciones, enemigos, ideas, creencias alejadas de los hechos o sesgos confirmatorios que intenta justificar. Naturalmente, esto le pone una asimetría al asunto… es peligroso hablar de buenos o malos, correctos o incorrectos al llegar a este punto.

¿Cómo evitar (o salir de) el “síndrome del salvador sin causa”?
Si llegaste hasta aquí, el punto es claro, la reflexión suficiente, cambio por completo el tono de lo que sigue. Lo que nos debe ocupar ahora es la acción consciente. Veamos:
El salvador sin causa suele preguntarse: ¿Cómo ayudo?, ¿Qué necesita esta persona?, ¿Cómo puedo intervenir?
La pregunta consciente podría ser: ¿Qué necesidad mía se activa cuando quiero ayudar aquí? La respuesta nos puede servir para localizar y reubicar nuestro eje. Si la respuesta brutalmente honesta incluye:
- Sentirme necesario
- Sentirte valioso
- Sentirte superior moralmente
- Sentirme ejemplar
- Sentirte tranquilo conmigo mismo (a)
Entonces aquí hay compensación activa. ¡Cuidado!
Presta atención a esto: la urgencia moral. ¿Sientes urgencia, impaciencia o ansiedad por “hacer algo” ?, ¿te cuesta tolerar que el otro siga como está?, ¿sientes que si no actúas algo malo ocurre en ti (culpa, angustia, vacío)? Cuando la ayuda no puede esperar, suele no ser libre (desde luego que esto tiene decenas de inflexiones, pero vamos en la línea del Salvador–Rebelde).
Otra observación: identificar el “yo bueno–correcto–moralmente superior”, es decir, el ego inflado. Otro personajillo que se puede filtrar con facilidad, sobre todo en los / las salvadores (as), es el “ego decorado” que viene insuflado por un halo de espiritualidad y presunta iluminación, ya hablamos bastante de eso en otra entrada y te sugiero lo revises.
Pregúntate, sin cinismo: ¿Quién soy yo si no ayudo aquí?, ¿qué imagen de mí se sostiene gracias a este rol?, ¿qué parte mía queda validada cuando el otro depende de mí? El salvador sin causa no ve su ego, porque lo disfraza de excusas llenas de virtud: “Te salvo destruyendo el sistema que te oprime (así no tenga ni puta idea de cómo te oprime o de cómo crear uno nuevo que sea sostenible, que no te oprima… o de cómo ayudarte a que no te vuelva a oprimir y a que salgas por tus propios medios de la situación en la que estás…)”.
¿Entonces no vuelvo a ayudar?, ¿no vuelvo a estar en contra de lo que no tiene sentido, es una injusticia o agrede? ¡No! Rotundamente no… No se trata de eso, no es por ahí. Ver esto así no te vuelve peor; te vuelve consciente. La invitación aquí es a que cualquier elección sea consciente, y la emoción que acompaña tu elección también es un indicador clave del lugar desde el cual decides actuar. ¿Quieres ayudar y el otro no quiere recibir tu ayuda? ¡Bien, entonces no está listo, no es personal, no te pasa nada con eso, sigues tu camino y dejas que el otro lo siga también… y sigues a su disposición cuando te necesite… sin show, sin dramas!
Haz un poco de memoria: Si después de ayudar te sentiste agotado, frustrado, poco valorado, resentido… el lugar desde donde originaste todo no era disposición genuina, era compensación. La consciencia sin acción lo que hace es refinar las trampas egoicas.
Existen otros formas experimentos de consciencia y descubrimiento que nos pueden servir. Veamos de qué se trata:
- Deja de ayudar durante un tiempo, sobre todo en situaciones donde normalmente ayudarías (por ejemplo, deja de dar es cuota de dinero, o de dar ese aventón, etc.; desde luego, depende del caso). ¿Qué vocecita interna te habla…? ¿Qué ansiedad, fantasías, culpa o vacío aparecen? Y lo que emerja como respuesta a estas preguntas es tu sombra hablándote… escúchala, deja que te siente y te de un buen cachetadón, luego la amarás… te lo digo por experiencia propia.
- No hagas por otro lo que el otro puede –aunque no quiera– hacer por sí mismo. Esto implica no resolver, no anticiparte, no dar explicaciones, no insistir (¡Insisto en el no insistir!). Si el / la otro (a) avanza por sí mismo (a), ¡bingo! Si el otro voltea a mirar y te pide que hagas más por él (seas salvador) o que luches en vez de él / ella (seas rebelde), ¡encontraste la trampa… sería bueno que salieras de ahí!
- Chequea las asimetría en las relaciones “otro / salvador–rebelde”. Oscilan entre que uno carga al otro de alguna manera. Si tú eres quien sabes, sostienes, contienes, hablas por el otro, entiendes mejor, etc., si en resumen empiezas a verte como el “estelar y protagónico” de la relación, sea cual esta sea, entonces ahí saltará otra trampita. Obsérvala y si se puede corregir, corrígela… y si no, ya decidirás qué hacer: should I stay or should I go…
No se sale del síndrome del “Salvador sin causa” ganando algo primero; se sale disolviendo la ilusión. ¿Quién soy cuando no salvo a nadie?, ¿Qué hago con mi energía cuando no juego a hacerla “necesaria” ?, ¿puedo amar y respetar la libertad del otro sin ocupar un lugar imprescindible? Gracias por llegar hasta aquí.
🫥