
Partes: III “La corrupción y sus consecuencias” (p. 171) y IV “Caminando por un campo de minas: cómo prevenir los peligros del sendero” (p. 215)
Llegamos a esta tercera entrega: La decoración del ego, como vimos en la entrega anterior, nos da una idea de logro y la sensación de estar consolidando algo que nos coloca por encima de nosotros mismos y, desde luego, de los demás. Es común que esta inflación alimente un personaje y que esa apariencia comience a adquirir poder sobre otras personas que buscan y encuentran la personificación de alguna clase de ideal o guía espiritual.
No quiere decir que en todos los casos se dé así, pero la trampa de la “superioridad espiritual” es el camino de entrada a otra falla: la corrupción. La auto–presunción de iluminación puede hacer que te creas con una clase de poder o capacidad especial que otros no tienen y que te corresponde “guiar” mientras te beneficias de ello.
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Respecto al poder, Caplan afirma:
”El poder no es algo malo en sí mismo. Sólo los individuos verdaderamente poderosos son capaces de producir cambios positivos en los otros y en el mundo. Los grandes políticos, líderes espirituales e individuos menos conocidos que han influido y afectado sus entornos son todos ellos personas poderosas. El poder en sí mismo es una fuerza neutral, objetiva, que sólo se corrompe cuando se usa con propósitos egocentrados o egoístas”. (p. 174)
El poder se corrompe fácilmente cuando se convierte en “algo” que hay que mantener a toda costa y cuando se utiliza para obtener ventajas personales o tribales.
”El poder es una gran potencia. Es una tirita sobre la herida del sufrimiento. Cuando uno se está elevando en las alas del poder, siente que ha trascendido el sufrimiento”. (p. 175)
Decir que “somos o no somos” corruptos tiene sus fisuras. Hay dos caminos para la corrupción: uno es el del ejercicio – participación directa en ella y otro es el de la indiferencia – negación de la misma, es decir, el que la presencia y sabe que ahí está, pero no emprende ninguna acción o mira para otro lado.
A esta altura es importante preguntarse entonces ¿qué es el poder genuino?; sin esta respuesta será difícil diferenciarlo. El poder, por lo menos en la perspectiva del camino espiritual, no es más que encontrar el centro y ser capaz de volver a él, aun cuando las presiones del entorno nos pongan en riesgo de desviarnos de ellas. El poder es presencia, es ser y estar en coherencia.
¿Cómo evitar sucumbir a la corrupción?
Lo primero es comprender que todos somos susceptibles de caer en la corrupción. Está en nuestra sombra y en nuestro inconsciente. Si no ponemos luz sobre nuestros aspectos ocultos, estaremos en riesgo de suavizarlos y ponerlos en un rincón, mientras pasa el tiempo y estos revientan del modo más insospechado y sorpresivo.
La corrupción es la orilla opuesta de la luz y la bondad. Si se tienen claros ambos espacios, se puede facilitar el estar atento hacia cuál banda del río se está desviando la balsa espiritual y corregir el rumbo. Muy al contrario, por “mala” que pueda parecer o ser la corrupción, no es más que un indicador en el camino, una muestra de desviación y de cómo nos corresponde corregir el rumbo. Como veía hace poco, socialmente condenamos al corrupto, no tanto por la corrupción como tal, sino porque niega que ha sido corrupto y no se disculpa de serlo; la aceptación de la propia sombra y reconocer que se hace algo para transformarla, es un paso esencial para superar los desvíos corruptos.
Un río limpio corrompe su agua cuando se ensucia… lo contrario no tiene sentido, un río sucio, al que se vierte más suciedad, ya va sucio en sí (corrupto); solo se le agudiza su corrupción.
Creerse maestro sin estar preparado
Instagram está repleto de guías espirituales. Gente que se graba vídeos, critican algo, siembran una polémica (el gancho para captar atención, dicho sea de paso) y luego dan la solución. Muchos de estos son egos decorados y con una apariencia fabricada que les da un papel como personajes de la historia que ellos mismos han creado. Desde luego, no todos ni todas, pero hay una amplia mayoría que sigue más o menos el mismo libreto.
Es notable el hecho de que tienen una solución para casi todo, que se parece a lo que encuentras desde muchos otros autores o que, en el caso más inquietante, al menor atisbo de despertar espiritual, ya les da el impulso de salir a “transmitirlo” a más gente.
Desde luego, para que haya “un seguido” debe haber “seguidores”, porque no hay estrellas sin aplausos. Es asunto de cada quién decidir qué escucha, a quién y cómo. Es el alumno quien da poder al maestro, pero lanzarse a activar la maestría de otros no es un trabajo a la ligera y debe hacerse con sumo cuidado. Si el maestro no está bien cuajado, si su recipiente no está del todo bien cocido, corre el riesgo de romperse al afrontar y enfrentarse a las diversas fuerzas energéticas que le plantean sus estudiantes.
Por eso la maestría interior exige camino, responsabilidad y preparación. Si los alumnos están esperanzados en encontrar el sendero con un guía que siempre les dirá qué hacer, ese guía se podría sentir indispensable, necesario y con dificultades para soltar la dependencia que ha creado en sus seguidores.
Hace un par de años conocí el caso de un “rudo facilitador de talleres” que abiertamientamente cuestionaba las ansiedades de los participantes de sus encuentros (que eran bastantes) y les invitaba a “exponerse” a duras pruebas para superar su ansiedad (como por ejemplo, ir a pasearse en pijama a un centro comercial) … y que meses después terminó medicado por su propia ansiedad… además de que tuvo que suspender sus “talleres”.
”La mayoría de la gente que asume prematuramente funciones de enseñanza lo hace desde la ignorancia y con buenas intenciones. Simplemente no están dispuestos a soportar el proceso de completo autoexamen necesario para exponer las sutiles manipulaciones y corrupciones egoicas que yacen inmediatamente debajo de su conciencia”. (p. 213)
Cómo superar las trampas en el camino espiritual
El libro plantea varios caminos aquí, trayendo a colación los postulados de varias tradiciones y escuelas. Sin embargo, la que parece llamar más la atención sobre este asunto es la tradición budista que plantea su idea de las tres joyas para el buscador: El Buda, el Dharma y el Sangha (maestro último, la enseñanza y la comunidad).
”Las Tres Joyas están continuamente probando, sosteniendo y afirmando o desconfirmando la propia iluminación. El maestro proporcionafeedback y nos sostiene en nuestras posibilidades más elevadas; el Dharma fortalece nuestra percepción mental y despierta nuestra conciencia para que no nos permitamos tolerar la inconsciencia y las falacias; el Sangha provoca irritaciones continuas que una falsa iluminación no podría soportar”. (p. 228)
Alrededor de todo esto, Caplan abre un debate sobre la forma como se puede o no probar la supuesta “iluminación”. Este es quizás uno de los puntos que más vertientes abre en el libro, porque por una parte dependerá de la noción de iluminación que guíe el sendero, de las supuestas pruebas que se apliquen o del paradigma cultural imperante, especialmente ese en el que se predica que la medida de la iluminación propia es el “progreso del yo interior”, lo que pone un escalón más de dificultad porque ¿cómo y contra qué se compara una noción absolutamente subjetiva?
En este orden de ideas, ¿puede llegar el “yo interior” a decir “si ya está lista” la cocción de la conciencia iluminada? Y de ser así, ¿cómo saber que el dictamen es cierto? La necesidad de control (que opera tan sutilmente…), la imagen de sí mismo, querer saberlo todo, sortear tiempos difíciles, preguntarse si se es libre, atender los resultados y el feedback de las circunstancias… al final las pruebas, las respuestas y el tiempo lo dirán… hay que tener la humildad suficiente de contrastarse.
Y dejo hasta aquí…
Este libro me ha dejado especialmente marcado en mi “camino”. Realmente es un libro que me hubiera gustado conocer hace muchos años y que considero que cualquier persona que se comprometa con su despertar y práctica espiritual debería leer, confrontar e interiorizar.
He atravesado muchas de las trampas y creencias que se mencionan en este libro. Incluso llego a ver que yo mismo, en el punto que estoy, no tengo nada aun por ofrecer a nadie, ni soy de ayuda porque reconozco todo lo que me falta, reconozco mi poca disciplina, presencio mis avances y retrocesos periódicos, y frente a muchas situaciones no soy propiamente un ejemplo de ecuanimidad, compasión, cuidado, amabilidad y autodominio.
Pienso en las tres joyas del budismo y me doy cuenta de que tengo Buda y Dharma, pero me da una profunda vergüenza participar de cualquier Sangha. Por eso cuando lo hago me quedo tan callado… ahora entiendo mejor la cosa. No tengo ni la trayectoria ni los pergaminos suficientes para decir ni hacer nada, al contrario, agradezco lo mucho o poco que me ofrecen.
Aunque hay gente a la que le parezca que soy un maestro, comprendo que su percepción es producto de lo que alcanzan a ver según el lugar en el que están. Si hoy se me rompe un tubo del agua, se estropea la pared y no me puedo bañar… admiraré profundamente al plomero que en pocos minutos venga a mi casa y logre reparar de inmediato la tubería… para mí, él será un maestro, pero su truco será saber solo de plomería… no necesariamente de la naturaleza profunda del agua y su origen, ni de arreglos de mampostería.
Creo que soy ese plomero: hago pequeños ajustes, resuelvo algunos problemas y le permito a la gente volver a tener agua… ya ellos tienen que asumir el resto del arreglo de su casa. Tal vez pueda enseñar algunos rudimentos de plomería, pero nada más, no tengo ningún derecho a decir que puedo hacer nada más por nadie.
Si antes me parecía la vida terrenal limitada, innecesaria e insulsa, con la lectura de este libro se ha ampliado más esa sensación de falta e insuficiencia tan mía…
Pero bueno, así sea solo ejerciendo la plomería, dominando solo el empatado de tubos y la instalación de válvulas, acepto y comprendo que no soy ningún maestro del agua. Sigo siendo un simple y ordinario plomero empírico, uno más, como tantos que hay por ahí, sin nada consistente, especial ni relevante qué ofrecer…, tan solo arreglar tuberías. Llámame si me necesitas…
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La primera parte de este ensayo
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