El arte y la ciencia del chisme

El chisme como narrativa.

Nos guste o no, el chisme tiene su ciencia y puede que tome tiempo dominarla. Si te quieres convertir en un buen referente del chisme o quieres evitar caer en el estereotipo del «¡oh no, ahí viene _<tu nombre>_ hagamos silencio!», te puede servir explorar las ideas y tips que tenemos en esta entrada. Vayamos al grano…

La velocidad de propagación del chisme

Se han hecho estudios serios que han pretendido demostrar el comportamiento matemático de la propagación de chismes. Pasaré muy rápido por acá:

Matemáticamente, ¿qué pasa según la proporción en que se narre el chisme?: Es lineal en la (curva verde) o exponencial (curva azul).

Aunque las matemáticas dicen una cosa, es importante tener en cuenta de que estamos hablando de un fenómeno mediado por la ambigua y cambiante psicología humana. El tamaño de la red de contactos influirá en la velocidad de difusión del chisme o si hay tergiversaciones en el camino. Quizás también las características de la población que lo difunde cambien.

La ciencia del chisme

El poder e impacto del chisme son una función (f(r,a)) directa de dos ingredientes básicos: la relevancia del contenido para los implicados en el chisme (recuerda los personajes que revisamos en la primera entrada) y la ambigüedad que encierre la información. Por ejemplo, si es común que K. cambie de novio cada tres meses, contar que ahora tiene uno nuevo… pues no importa… quizás la respuesta será: “veremos cuánto le dura…”.

Pero si de un momento a otro te dicen que “desde que K. está saliendo con R. empezó a vestirse diferente…”, inmediatamente tu mente empieza a hacerse preguntas: ¿diferente cómo (si es que no sabes) ?, ¿hace cuánto tiempo?, ¿por qué con R. se dio este cambio y no con sus novios anteriores…?, ¿qué más estará cambiando con K. ahora que está con R.? Y así sucesivamente… el chisme empieza a saber distinto por los vacíos de información y porque es “raro” que K. se vista… diferente.

Otro elemento clave para que un chisme adquiera potencia tiene que ver con la “ansiedad de contexto”. Veámoslo con un ejemplo: no es lo mismo solo contar que “F., es una mujer de 36 años, casada y ahora embarazada…”, a contar que “T., hombre de 19 años, no se sabe si en realidad fue él quien embarazó a F.”. ¿Ves que la primera parte del chisme sonaba de lo más normal? Pero resulta que al final la cosa dio un giro que hace que te hagas más preguntas… ¡Bendito chisme!

Otro matiz de la ansiedad de contexto es la necesidad de que tengamos más información sobre lo que ocurre en un lugar al que llegamos y nos sentimos nuevos o inexpertos. Si no tenemos información, la buscamos, pero quizás mucha nos llegue envuelta en el paquete de varios chismes sobre cuestiones que es útil que sepamos y que tal vez no sea prudente comentar abiertamente. La ansiedad se da también porque, en los pedazos (baches) que no tenemos información, podemos tender a llenarlos con nuestras suposiciones o con más chismes sin fundamentos… haciendo que el círculo vicioso de la ansiedad se profundice.

Los eventos sociales críticos exacerban la propagación de chismes. Cuando estamos atravesando crisis, cambios profundos, amenazas, situaciones dramáticas o fortuitas, etc., y sentimos que estamos expuestos a riesgos, es natural la tendencia a que se formen chismes y habladurías; esto no siempre se hace por mal, es tan solo una forma de tratar de sentir que tenemos algo de control sobre la situación. El problema es que no siempre esa información es veraz, no todo el mundo crea chismes bien intencionados y casi todos queremos salvarnos a nosotros mismos.

La homogeneidad de pensamiento facilita la propagación de chismes y, al contrario, los puntos de vista heterogéneos frenan el interés por propagarlos. La probabilidad de que un chisme se disemine se relaciona con el hecho de que las personas que lo escuchen tengan o no una escala de valores que les haga encontrar relevante el contenido de este. Si te llega un chisme con el que no comulgas o no estás de acuerdo con su difusión, pues hasta ahí llega… y viceversa.

Por desgracia, cada vez es más endeble nuestro pensamiento científico, estamos expuestos a toneladas de información falsa (fakes), mentiras repetitivas, mitos urbanos y a la manipulación de muchas fuentes de información. El chisme tiene algo de ciencia, porque implica saber investigar y verificar la información, usando fuentes confiables y contrastando los datos. Además, implica saber analizar y sintetizar la información que vemos o escuchamos, usando criterios lógicos y objetivos para extraer conclusiones.

El chisme como arte

Se requiere de creatividad, curiosidad, habilidad y conocimiento para ser un “buen chismoso”. El chisme es un arte porque implica saber contar una historia de forma atractiva, usando recursos narrativos como la ironía, el sarcasmo, el humor o la exageración. Además, el chisme implica saber adaptarse al público y al contexto, usando un tono y un lenguaje adecuados para cada ocasión.

El chisme bien empleado puede volverse fascinante, porque nos encantan las historias (storytelling) y fijamos mucho mejor la atención y la memorización de aquello que recibimos a través de una narración.

Las vecinas que varios hemos tenido… siempre atentas…

¿Quién es un “mal chismoso”? La primera palabra que viene es “blasfemia”. Un mal chismoso es alguien que levanta injurias, que habla a espaldas de otros, irrespeta la intimidad, que destruye la honra de alguien inocente. Los malos chismosos manipulan a los demás a través del chisme, ya sea por el temor que infunden de que “cualquier cosa íntima que se enteren la van a contar” o porque dicen cosas que no son ciertas.

En el arte del chisme, la clandestinidad termina siendo una característica casi que obvia y fundamental: Si alguien se para en público a gritar ¡Les tengo un chisme! Naturalmente, el evento pasará de inmediato a la categoría de “anuncio”, “despliegue”, “alocución” o lo que sea… el “rigor clandestino” se diluye.

El arte del chisme implica contar con un cierto nivel de lenguaje cifrado que consiste en la unión de antecedentes y hechos conexos, un tono de voz bajo, la pronunciación de frases matizadas con vocales largas (e. g.: “yooo noo séee, peeeero dicen que la vieron…”), cierto tinte de encriptación y sobre todo un espacio reservado donde se pueda compartir con calma. No hay condiciones frente a esto último, pero la discreción de un buen chismoso es clave para asegurar su perdurabilidad en el oscuro mundillo del chisme.

La tensión hipotética también es un recurso narrativo que le da un gancho de misterio. Cuando decimos la frase: “No les voy a decir / no les puedo decir / quién me lo dijo, peeerooo…”, le damos un cierto antecedente de “fuente revelada” a la información que precede al relato y posiblemente la cabeza también nos esté diciendo soterradamente: “¡Tenemos que saber lo que esa otra persona también sabe!”. Es casi como decir: “según un estudio reciente…”.

Finalmente llegan otros elementos que dentro del arte del chisme le dan fuerza. Uno de ellos es la simplificación del contenido, que evidentemente se relaciona con ser claros y precisos con lo que se está contando; a nadie le gusta un chisme lleno de detalles innecesarios, ramas y recovecos… el chisme es una narración y nos gusta sentir que tiene inicio, desarrollo, nudo y desenlace, por eso sirve la simplicidad al narrar.

El arte de acentuar lo que creemos que es fundamental y de unir detalles también es un ingrediente clave para que un chisme sea de calidad. Recordemos que el chisme despierta la curiosidad y da pie a preguntas. La acentuación facilita también la confrontación de lo más “espectacular” del relato, porque le da cierto tinte ideológico… nos encanta sentirnos los jueces del mundo, los jueces de lo bueno y lo malo.

En la próxima y última entrada de esta serie, nos centraremos en revisar cómo frenar chismes.

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Un comentario en “El arte y la ciencia del chisme

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