
He de admitir que muchas veces me he preguntado en qué momento se me ocurrió ser padre… en qué estaba pensando cuando alguna vez aposté por la posibilidad de materializar la vida de otro ser humano. ¿Será que me habré (nos habremos…) equivocado? Y las respuestas a estas preguntas se enredan más… veamos.
Hace poco, en un encuentro de padres en el colegio donde estudia mi hijo, nos formularon estas dos preguntas: ¿Cuáles son los principales miedos que enfrentamos como padres? / ¿Cuáles son los principales desafíos que vemos que hay que superar? En esta entrada, si sentías que “solo a ti te pasa…”, te haré un breve resumen de temores generalizados de lo que concluimos en la plenaria:
Temores:
- Disponibilidad de tiempo: tememos que por estar trabajando y ocupados en mil cuestiones más, no estemos de dedicando el tiempo adecuado y de calidad que se merecen nuestros hijos… y que más adelante esto nos pase factura, como suele ocurrir.
- Poner límites: la disyuntiva entre forjar espíritus libres y poner límites adecuados para que esa libertad se desarrolle en equilibrio, sin desbocarse. ¿Cuál es al final el punto medio adecuado? Esta es una pregunta permanente, abierta, sin una conclusión clara por el momento.
- Respetar su individualidad: nuestros hijos cada vez son más independientes y desean explorar el mundo que se presenta ante sus ojos y oídos… pero ¿cuál es ese mundo?, ¿qué les está ofreciendo?, ¿qué les nutre o qué destruye sus mentes?, ¿cómo ayudarles a que sean ellos mismos sin perderse en la asfixiante presión social en la que vivimos? Solo queda un camino: permitir que se expresen sin que se dañen a sí mismos ni a los demás o al planeta… no queda más por el momento. Ayudarles a que no dependan de la aprobación externa… pero qué difícil es lograrlo en una cultura completamente diseñada precisamente para eso, para capturar la aceptación de otros.
- Coherencia como padres: ser el primer ejemplo de lo que les pedimos que hagan o no hagan: soltar el móvil, hacer ejercicio, beber con moderación, comer sano, hacernos cargo de nuestras cosas, hablar con honestidad, cumplir lo que prometemos, etc.
- Construir una autoimagen neutral: ser capaces de ayudarles a que se acepten tal y como son físicamente, en un mundo que impulsa ciertas líneas de consumo a través de la incesante imaginería de la aceptación social a través de la figura “perfecta” e inalcanzable.
- Estilos de crianza ideal [moderna]: como padres, no sucumbir ante las modas de los estilos de crianza que pululan en cuanto libro o revista de supermercado hay, porque claro, como padre no eres ni nunca serás suficiente: La crianza atenta (mindful parenting), La crianza flexible (flexible parenting), La crianza basada en la autoridad (authoritative parenting), La crianza basada en el respeto (respectful parenting) y otro tanto de cosas… No planeamos dar una discusión aquí, porque también hay muchos padres (especialmente madres) que convierten esto en una ideología con consecuencias palpables que no siempre terminan bien… en la mente de sus pequeños tiranos.
- Capacidad de conectar con ellos: los padres de ahora llegamos tarde a este desafío, es decir, tenemos nuestros hijos no siendo tan jóvenes, y desde luego la brecha generacional se amplía aún más. Es complejo, desde luego, conectar con ellos y viceversa. Entender su mundo, comprender su lenguaje, hábitos, preferencias, especialmente porque viven en un entorno que de muchas formas fue diferente al de nosotros. Hay que observarlos y escucharlos más, hacerlos sentirse atendidos, antes que juzgados.
- Balancear el soltar sin sobreproteger: La idea es clara, el desafío es encontrar el punto medio de dejarlos volar y que al mismo tiempo sepan esquivar los misiles que les lanza el mundo (de nuevo la autoimagen, sexualización desenfrenada, drogadicción, info–toxicación, redes sociales, etc.).
- Comunicación: ¿Cómo hablarles?, ¿cómo ser efectivos en la forma como nos comunicamos con ellos? También entran en juego aquí la paciencia y la ecuanimidad, es decir, el control consciente de nuestras emociones como padres. Todo un desafío, desde luego, porque después de decirles tres veces (calmadamente) que hagan algo y que no lo hagan…, mantener la calma se vuelve complejo. También, la forma como les hablamos incide en cómo ellos nos responden y de la autoridad que vamos construyendo.
- Cuidar la pareja: un error común que cometemos como padres es volcarnos completamente a los hijos, al trabajo y las obligaciones, olvidándonos de ser también pareja… cuando pasa el tiempo y las cosas se diluyen, nos preguntamos: ¿en qué momento pasó?, ¿cuándo nos distanciamos tanto?, ¿qué hicimos mal? Escúchate cada que tu pareja te invite al cine o a que se escapen un fin de semana a la playa y respondas: “pero cómo vamos a dejar a los niños, no me siento bien viajando sin ellos…”. Ahí ya tienes un problema… y es serio, te lo aseguro. Hay espacios y momentos para todo, sin culpa.
- Empatía: también pasamos por el espacio que ellos están pasando, aunque quizás en un contexto distinto, pero probamos sus temores y dudas. Solo nos resta hacer el ejercicio consciente de ponernos en su lugar, comprender qué es lo que les pasa y qué es lo que están viendo de las situaciones que viven.
- Tomar decisiones: ¿Qué hace que una decisión sea buena o mala?, ¿mejor o peor que otra? Nada distinto a las consecuencias que genera y lo que nos enseña. El tiempo es el único encargado de juzgar, porque cuando decidimos tratamos de hacer lo mejor posible que tenemos a mano. Vamos a acertar y a fallar muchas veces como padres, y por mucho que nos cueste comprender, la consecuencia será la mejor posible para nuestro avance y aprendizaje.
- Esclavitud tecnológica: no hay mucho qué decir acá, los hechos hablan solos, son obvios. El primer ejemplo debe partir de nosotros. Estamos con ellos y soltamos el móvil, no pantalla. Propongámonos una vida más analógica y menos digital hasta donde se pueda… es solo cuestión de comprometerse y decidirse a descansar de esa esclavitud autoimpuesta. También tener cuidado de cómo y cuándo les damos acceso a estos dispositivos.
- Forjar buenos seres humanos: en últimas, toda esta cadena de temores junto a muchos más, nos llevan a un lugar común: ¿Sí estaremos forjando buenos seres humanos? Con lo que sea que signifique “bueno”, con el alcance que tenga. Claramente una gran conclusión que extrajimos aquí es que: logremos formar en ellos (nuestros hijos) unas mentes y corazones lo suficientemente fuertes y centrados para ser capaces de sobrevivir y sobreponerse a un mundo especialmente diseñado para querer controlarlos y destruirlos; hacerlos capaces de pensar por sí mismos con criterio y razón. ¿Fatalismo? No creo, acá podría alargar este texto con más hechos y datos que sustentan el punto. Pero prefiero que cada uno abra sus ojos usando su propia lente.
Desafíos:
- Situación social y económica: alguien puede decir que en general estamos en una situación de paz y armonía como no se ha visto en la historia de la humanidad. Que era más peligroso vivir en el Imperio Romano o en la Europa Medieval. Si se ve en cifras y grado de brutalidad, quizás el argumento sea cierto, pero la de ahora es una guerra cultural y mental por el control total y final de la humanidad; a estas alturas ya se hace más que evidente, no hay que sonar como un “conspiranoico”, hay muchos hechos hablando por esto. Pero no viene al caso darle más vueltas: mira el gobierno de tu país (especialmente si estás en México, El Salvador, Nicaragua, Colombia, Venezuela, Chile, Brasil, España, etc.; hasta Canadá, Francia y los Países Bajos se unieron…), los medios de comunicación, las redes sociales… y saca tus propias conclusiones. Nosotros, los padres de ahora, somos los temerarios, irresponsables o confiados que decidimos tener y criar hijos en este momento, ya ni sé. Pero en ese mundo tendrán que crecer y abrirse paso nuestros retoños.
- Hipersexualización: en las imágenes, la música, los hábitos, la presión social… el sexo sigue vendiendo y moviendo los “tickets”, y si se vuelve objeto es más consumible, más aspiracional, hay que tenerlo, te da más “identidad”, “habla de quién eres y qué puedes”. Tu identidad se ha volcado totalmente a la descripción que haces de ti mismo (a) desde tu sexualidad y cómo la expresas; nos fuimos al otro lado de la oscilación del péndulo ¿Qué sería Karol-G haciendo un concierto de pantalones o falda hasta la rodilla… blusa manga corta?, ¿tendría que cantar rock? En fin.
- Exceso de lo “bueno”: psicológicamente hablando, tal vez esta generación de pequeños y jóvenes estará marcada por su endeble tolerancia a la frustración y un confort permanente, por el casi obsesivo bombardeo con ideas sobre la “felicidad como derecho”, donde todo tiene que estar bien, donde viven en burbujitas de cristal, donde todo lo tienen rápido y a la medida (desde luego con notables excepciones y hay barrios de barrios…). Hay que huir rápido de la tristeza, el malestar es inaceptable, la ira hay que reprimirla o solo debe ser canalizada frente a determinadas circunstancias o actores porque de otro modo eres “inadecuado”. Como padres es fácil caer en esto y muchas cosas más, en ese discurso de “mis padres me trataron así y yo no haré lo mismo…” (y viceversa) para luego pendular a otro extremo opuesto, pero igualmente nocivo. Si hoy hay, pues les damos, y si no, pues que sepan que también hay escasez. Tengo amigas y conocidas cuyos hijos nunca han montado en transporte público… siempre andan en auto propio, Uber o taxi. Cosas así veo.
- La irrelevancia humana por la IA: mientrasse escriben estas líneas, la Inteligencia Artificial es una recién llegada, estamos maravillándonos de lo que puede hacer y de las posibilidades que nos ofrece. Pero este es un cambio rápido con consecuencias muy inciertas; la IA es una gran herramienta, pero al mismo tiempo un recurso ilimitado para tomar ventaja sobre otros y obtener ganancias inmediatas… todo esto a una escala magnificada. Para poder competir, muy pronto habrá que volcarse a la IA, automatizar cada vez más y suprimir la lenta, limitada y problemática mano de obra humana. Pero esta tecnología tiene una característica: facilita prescindir de cada vez más gente. ¿En dónde trabajará toda esta masa de desempleados?, ¿qué harán nuestros hijos para ganarse la vida?, ¿producirán más “contenido de calidad”? Tal vez la IA nos termine cansando de la masificación, la puerilidad y el fácil acceso que trae; tal vez el futuro de nuestros hijos esté en las artesanías y cualquier cosa genuina y hecha a mano. Tal vez lleguemos a un mundo donde ya no haya firmas certificadoras de calidad, sino que se den certificados de origen estilo: “calidad humana certificada”. Se hace mayor la insistencia en enseñarle a nuestros hijos a ser más auténticos y humanos en un mundo artificial que cada vez más se llena de ídolos falsos.
- Celebración de adicciones: vender cualquier tipo de droga ha probado ser un gran negocio en los últimos 150 años de historia de la humanidad. Desde luego, esas drogas van mutando… desde el opio hasta el “contenido” que consumimos en redes sociales. Nos vamos volviendo todos adictos a algo, pero la cuestión es ¿a qué?, ¿con qué efectos? Ser adicto, así eso te destruya y destruya a los demás, ya se “normaliza” y se asume como parte del “libre desarrollo de la personalidad”, lo cual en parte puede ser cierto… pero esa es otra discusión que me da pereza dar. El punto es que, como padres, no queremos que nuestros hijos caigan en una adicción que al final termine forzándolos a entregar su vida y su libertad a alguien más que los controle. Ese es un gran obstáculo en el camino.
- Perder el vínculo familiar: sin duda hay distintas formas de familia. En muchas de nuestras culturas, la familia se convierte en la red social básica de apoyo, pero tememos que esta armonía se rompa, especialmente con hijos metidos en su mundo artificial y desconectados de la realidad relacional, que solo salen al baño y a comer, pero que se la pasan el día entero pegados de un dispositivo “interactuando” con los avatares y las voces de otros que están al otro extremo de la red. Tengo casos cercanos de ese enfermizo aislamiento social y el futuro no luce nada bien.
- Salud mental: hoy día hay líneas muy difusas entre lo que se considera “sano” y “enfermo”, entre lo que es “normal” y “anormal”, porque más o menos ya casi todo está permitido, y si te opones eres “retrógrado, opresor o patriarcal”. ¿Entonces quiénes somos?, ¿dónde está bien o mal hacer daño? Tan líquido y relativo se ha vuelto todo… Sin mencionar los estándares de comparación con los que hay que vivir y contra los que nos comparamos casi todo el tiempo.
- Reemplazamos unos valores por otros: empecinadamente pusimos lo individual por encima de lo colectivo, así que estamos forjando una cultura de narcisistas y ventajosos como jamás se había visto. Viviendo así, terminamos funcionando al revés de la naturaleza que nos habita, porque nos empecinamos tanto en separarnos y diferenciarnos, que nos olvidamos de ser quienes somos en el colectivo y de respetar y nutrirnos de las diferencias de los demás… otra discusión que me da pereza dar, pero que también es un desafío enorme en el cultivo de las mentes de estos hijos. Primero ser “sanos” nosotros como padres y luego ejemplificar esto en nuestros hijos; coherencia, paciencia y, sobre todo, mucha consciencia.
Y acá podríamos seguir, pero va un buen resumen. Desde luego son posturas, algunas con sus argumentos, pero sin duda dan pie fundamento a la gran duda que le da título a esta entrada. Si llegaste hasta acá es poque quizás compartes las mismas preocupaciones, sea que vayas a ser padre o madre, o simplemente y lo seas. Lo único que queda es reconocer que, por difícil que logra ser, si salimos de esta, salimos de cualquier cosa en la vida.
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